El domingo 16 de agosto los obispos católicos de Chile invitaron a vivir el Domingo de Oración por los Cristianos Perseguidos, una jornada para recordar y acompañar a quienes sufren a causa de su fe. Puede parecernos una realidad lejana, pero en pleno siglo XXI más de 220 millones de cristianos viven en lugares donde seguir a Cristo puede significar discriminación, amenazas, desplazamiento, secuestro e incluso la muerte.
Pero 220 millones no es solo una cifra. Son millones de historias, nombres y familias. Personas que trabajan, estudian, tienen sueños y proyectos, como cualquiera de nosotros, pero que cada día deben preguntarse qué consecuencias tendrá manifestar públicamente su fe.
Pienso en Shagufta Shafqat, de Pakistán, quien junto a su marido fue acusada de blasfemia, torturada y condenada a muerte. Les ofrecieron recuperar la libertad si se convertían, pero ella respondió: "Jesús murió por mí en la cruz, y no me convertiré". Permanecieron ocho años en el "corredor de la muerte", separados el uno del otro y de sus cuatro hijos. En 2021 fueron liberados.
Pienso también en el padre Jonathan Ukuma, párroco en la aldea de Yelwata, en Nigeria. La noche del 13 al 14 de junio de 2025, ese lugar se convirtió en el escenario de una de las mayores masacres de cristianos registradas en Nigeria en los últimos años: 259 personas fueron asesinadas. Después de sobrevivir a este brutal ataque, el padre Jonathan decidió permanecer junto a su pueblo, pese al peligro: "Seguiré sirviendo a la gente de aquí. Como sacerdote, mi deber es animarlos, hacerles saber que, a pesar de la situación, Dios no nos abandona".
Desde Ayuda a la Iglesia que Sufre somos testigos también de otra realidad: cuando la violencia obliga a muchos a marcharse, la Iglesia permanece. Sacerdotes, religiosas, catequistas y laicos siguen junto a sus comunidades, acogiendo a refugiados y desplazados, acompañando a víctimas del trauma, educando a niños y jóvenes y llevando consuelo y esperanza a quienes lo han perdido todo.
Por eso, más allá del 16 de agosto, los invito a que "220 millones de personas" no se nos queden en una cifra. Pensemos en Shagufta, en el padre Jonathan, y, a través de ellos, en cada hombre, mujer y niño cuyo nombre quizás nunca conoceremos, pero que hoy necesita saber que no está solo.
Ellos han decidido no renunciar a su fe, incluso cuando hacerlo podría hacerles la vida más fácil o salvarlos del peligro. Este domingo, nosotros podemos tomar una decisión mucho más sencilla: recordarlos, rezar por ellos y no dejarlos solos.