Lucy López: la líder que encendió la llama en otros

El 27 de julio Chile despidió a Lucy López, una mujer cuya vida quedó ligada a una imagen que muchos vimos con emoción. Durante la inauguración de los Juegos Panamericanos de Santiago 2023, cuando tenía 93 años, fue la última portadora de la antorcha y, junto a Nicolás Massú y Fernando González, encendió el pebetero. No era un reconocimiento casual. Más de siete décadas antes, en Buenos Aires 1951, había obtenido la medalla de plata en salto alto y se había convertido en la primera mujer chilena en subir a un podio panamericano.

Sin embargo, si recordamos a Lucy solo por esa medalla o por la antorcha, su historia queda incompleta. Entre ambos hitos hubo una vida dedicada a formar a otros. A los 36 años se tituló como profesora de Educación Física en la Universidad de Chile. En esa misma casa de estudios enseñó atletismo y contribuyó a formar profesores que posteriormente asumirían labores de entrenamiento. También trabajó durante más de dos décadas en el colegio Villa María, formando a generaciones de alumnas y atletas.

Quienes la conocimos en el Villa María la recordamos caminando erguida, labios rojos, cronómetro en mano, cercana, y al mismo tiempo exigente. Su manera de enseñar partía de una convicción que hoy está ampliamente demostrada por la evidencia y la investigación educativa: todas las personas pueden aprender, cuando encuentran oportunidades, apoyo y alguien que cree y confía en lo que pueden llegar a ser.

En una época en que todavía no hablábamos con tanta frecuencia de liderazgo educativo, Lucy ya lo ejercía en su forma más concreta: estando presente, fijando metas, acompañando con rigor y enseñando con el ejemplo. Nos enseñó el amor por aprender, esa fuerza para salir adelante cuando se pierde, a pesar del esfuerzo, y a recorrer el camino junto a otras, con entusiasmo y optimismo. Fue, en ese sentido, precursora de una forma de liderazgo que hoy sabemos decisivo para el aprendizaje.

El liderazgo educativo no se limita a un concepto teórico, o a una práctica ejercida por unos pocos. Se despliega día a día desde una sala de clases, una cancha o una pista de atletismo, cada vez que un adulto amplía el horizonte de un estudiante y le transmite la convicción de que puede superarse. Liderar es movilizar a otros hacia una meta compartida, pero también crear las condiciones para que cada persona descubra sus capacidades y desarrolle autonomía para construir su propio camino. Eso fue lo que hizo Lucy durante décadas.

En una entrevista, realizada ya hace un tiempo, ella resumió el mensaje que siempre intentó transmitir en sus clases: "Lo que yo quisiera decirles es que luchen por sus proyectos y se propongan metas y den lo mejor de sí mismos. Lo que hagan, hacerlo bien, lo mejor que se pueda". Es difícil encontrar una definición más sencilla y, al mismo tiempo, más profunda de liderazgo educativo: ayudar a otros a descubrir un propósito, acompañarlos para que sostengan el esfuerzo y enseñarles que la excelencia no consiste en superar permanentemente a los demás, sino en comprometerse con entregar lo mejor de uno mismo.

En educación solemos buscar nuevas metodologías, programas y herramientas. Todo ello importa, siempre que la innovación se traduzca en aprendizajes e impacto concreto para los estudiantes. La historia de Lucy López nos recuerda algo esencial: ninguna herramienta reemplaza la presencia de una persona que cree en sus estudiantes, los desafía con afecto y sostiene altas expectativas incluso cuando ellos todavía no reconocen sus propias posibilidades.

La llama que Lucy encendió en el Estadio Nacional fue visible durante una noche. La que encendió en sus estudiantes ha pasado de una generación a otra por más de medio siglo. En estos días de despedida, agradecer su vida es también recuperar ese modo de liderar: con propósito, coherencia, perseverancia y una confianza profunda en la capacidad de las personas para aprender y superarse. Ese legado sigue plenamente vigente y nuestras comunidades educativas deben mantenerlo encendido.