Tiene casi 40 años. Trabaja. Probablemente tiene hijos, o padres mayores a su cargo, o ambos. Es la primera persona de su familia en llegar a la educación superior. Estudia de noche, o los fines de semana, o en los intersticios de una jornada que ya estaba llena antes de que decidiera formarse. Probablemente es mujer: en la educación técnico-profesional online, ellas son mayoría.
Este perfil representa más del 40% del total de la matricula del subsistema técnico profesional. Según el estudio "Caracterización de la Educación Superior Técnico Profesional en Modalidad Virtual y sus Estudiantes en Chile" que publicó este mes Vertebral, el Consejo de Rectores de Institutos Profesionales y Centros de Formación Técnica Acreditados, el estudiante promedio de carreras online en Chile tiene 39,7 años, el 89,6% trabaja mientras estudia, el 58,3% tiene personas a su cargo, y el 75,2% es primera generación universitaria.
Y sin embargo, el sistema sigue imaginando al joven recién egresado de la Enseñanza Media, que entra al campus, que estudia en jornada diurna, que tiene tiempo y pocas responsabilidades que balancear para dedicarse a sus estudios. Ese joven existe, por supuesto. Pero el sistema es mucho más diverso que esa imagen del estudiante tradicional.
Esta brecha entre el estudiante que el sistema reconoce y una realidad mucho más diversa que efectivamente llega a las aulas no es un detalle estadístico. Tiene consecuencias concretas. Se expresa en horarios que no consideran jornadas laborales reales. En procesos administrativos que asumen disponibilidad para realizar trámites presenciales en horas de oficina. En currículums que no reconocen que la persona que está sentada del otro lado lleva, a veces, quince años de trayectoria laboral.
Lo notable es que el sector privado ha avanzado mucho más rápido en reconocer y valorar a estos estudiantes. Los empleadores ya están contratando a estos titulados, reconociendo la calidad de su formación con remuneraciones equivalentes. La pregunta es por qué el diseño del sistema de educación superior, sigue tratando a estas modalidades como si fueran una opción alternativa cuando en realidad representan cerca del 48% del crecimiento total de la matrícula del subsistema técnico profesional
Hay además una razón que obliga a reconocer la importancia de la irrupción del adulto trabajador como el perfil del futuro del estudiante en educación superior: Chile tiene una esperanza de vida al nacer cercana a los 82 años, una de las más altas de América Latina. Las trayectorias laborales serán cada vez más largas, con más cambios de ocupación a lo largo de la vida y con menos jóvenes entrando a relevar a los que se van. En ese escenario, formarse una sola vez -a los 18, a los 22- y no volver al sistema deja de ser viable. La educación a lo largo de la vida es una condición necesaria para asegurar empleabilidad sostenible para la población y competitividad internacional para Chile
Adaptarse a ese estudiante no es facilitarle la vida, sino crear las condiciones que le permitan balancear sus necesidades formativas con sus responsabilidades. Significa educación online de calidad. Significa reconocer aprendizajes previos, valorando lo que la persona ya sabe hacer en vez de obligarla a demostrarlo desde cero. Significa trayectorias formativas flexibles, que se armen y desarmen según lo que cada persona necesita en cada momento de su vida laboral. Y significa -esto quizás sea lo más importante- dejar de mirar estas modalidades como concesiones al estudiante que no pudo seguir la ruta tradicional, y empezar a mirarlas como lo que son: la forma en que la educación superior se pone a disposición de la mayoría.
La responsabilidad de abrir rutas formativas viables es del sistema, no del estudiante. Quien trabaja de día y estudia de noche, quien cuida a un hijo o a una madre mientras rinde un examen, quien vuelve a un aula veinte años después de haber dejado la última, no debería tener que adaptarse a un sistema diseñado para otros. El sistema debería adaptarse a quienes efectivamente lo necesitan sin exclusiones. Este es el compromiso más concreto que puede asumir hoy la educación superior chilena.