El legado de Mandela

Ha muerto el padre de la Sudáfrica moderna, un hombre bueno, justo, sabio, modesto, respetuoso, digno, tolerante, consecuente y valiente. Ha concluido una larga y hermosa vida consagrada a los demás y a trabajar por una paz basada en la justicia.

Tras 27 años como el prisionero N° 46664, Mandela fue el primer Presidente de Sudáfrica elegido democráticamente (1994-1999), recibiendo el Premio Nobel de la Paz.Logró la unidad nacional, el fin del apartheid y del aislamiento del país. Los mundiales de rugby (1995) y de fútbol (2010), habrían sido imposibles bajo el aislamiento del país debido a la segregación racial, repudiada internacionalmente por violar la dignidad y los derechos humanos.

En su larga prisión fue víctima de extremos agravios y crueldades. No fue autorizado para asistir a los funerales de su madre y de su hijo mayor trágicamente fallecido. No obstante ello, Mandela superó la opción inicialmente confrontacional del Congreso Nacional Africano (CNA), y adquirió las virtudes de un gran mediador: escuchar y ponerse en el lugar del otro (empatía), concibiendo la acción política como un esfuerzo por crear confianza y seguridad para todos.Buscando relacionarse mejor con blancos y mestizos, en prisión aprendió su idioma: el afrikáans.

Durante la campaña presidencial de 1994, percibiendo el temor de los dominadores blancos hacia la mayoría negra excluida y segregada por años, postuló enfática y reiteradamente una Sudáfrica segura para todos, asegurando que los oprimidos de ayer no devendrían en los opresores de mañana; donde ni el odio, ni la venganza, ni la opresión racial, sino la verdad, la justicia, la libertad, la inclusión, el respeto y la tolerancia, serían los pilares de una patria para todos.

Durante la campaña presidencial de 1994, la guerra civil fue alentada por graves y diarias provocaciones de quienes persistían en mantener el apartheid. Aún incluso ante la violenta muerte de decenas de manifestantes pacíficos e indefensos, Mandela llamaba a la calma y unidad del país.

La Sudáfrica unida, inclusiva y pacífica de hoy, no habría sido posible sin la lucha y el liderazgo de Mandela y centenares de sus compañeros de lucha, tales como, Hilda y Lionel Berstein, Ahmed Kathrada, Albert Luthuli, Winnie Mandela, Thabo Mbeki, Albertina y Walter Sisulu, Adelaide y Oliver Tambo y tantos otros. Muchos de ellos, como Steve Biko, Ruth First y Chris Hani, víctimas del odio racial, no pudieron ver el fin del apartheid, por el que ofrendaron sus vidas.

Su vida austera y modesta en extremo, fue un ejemplo moral que encarnó el ideal de Mahatma Gandhi: “debemos vivir la vida simplemente para que otros simplemente puedan vivir”.

Cual Quijote contemporáneo, Mandela practicó la ética del sacrificio. Antes que una segunda presidencia, prefirió consolidar la democracia, no en torno a él, sino a instituciones. Con mucha razón, Richard Stengel, en El legado de Mandela, dice que somos muchos quienes lo sentimos como un padre espiritual, moral y político, cuyo ejemplo siempre inspirará nuestras vidas.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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