Los trastoques de Venezuela

El ataque militar contra Venezuela por parte del gobierno estadounidense del ultraderechista Donald Trump y la captura del dictador ultraizquierdista Nicolás Maduro, ocurridos el pasado 3 de enero, tal como en los peores años de la Guerra Fría, han generado un sinnúmero de reacciones que revelan los más ignominiosos trastoques ideológicos.

Tales trastoques consisten en alterar o torcer el sentido de ciertos valores políticos, esenciales para una convivencia civilizada, como son la democracia, la soberanía de los pueblos y la protección de los derechos humanos, con arreglo a la ideología o interés particular que cada sector político pretende imponer a los demás como verdad absoluta.

De este modo, ciertos personeros latinoamericanos de la derecha, particularmente ultraconservadores, al mismo tiempo que pregonan su condena a las violaciones a los derechos humanos en un país distinto del suyo, como Venezuela, justifican el ataque estadounidense y la extracción de Maduro con similares excusas con las que en el pasado apoyaron los golpes de Estado y sus consecutivas dictaduras militares.

Amparándose en el narcotráfico de la dictadura chavista y una pretendida situación de anarquía internacional, las derechas más radicales han apoyado un acto de agresión unilateral que ha prescindido de la consulta a los demás Estados americanos y de la aprobación del Congreso norteamericano, legitimando un manifiesto imperialismo que contradice su retórica nacionalista.

Porque Trump y Rubio ya no utilizan el subterfugio de exportar la democracia (como sucedió en Irak), sino que han explicitado su pretensión de "recuperar" las reservas del petróleo que, según ellos, les fueron "robadas" a los capitales de EE.UU. Tal como ahora han manifestado su intención de anexionarse Groenlandia, provocando una alta tensión con Europa.

Por su parte, el comportamiento patético de Corina Machado, la principal líder opositora venezolana, de obsequiarle su medalla del Premio Nobel de la Paz al déspota norteamericano, no es sino otra manera de trastocar el sentido de su lucha democrática por la que ese galardón le fue otorgado. ¿Acaso para derechistas como ella la única democracia que importa es aquella que sirve de instrumento para los derechos de propiedad y de libre empresa sometidos a la ley del más fuerte?

Asimismo, muchos personeros y partidarios de izquierda, especialmente de la ultraizquierda, han mantenido una actitud desmemoriada (o, mejor dicho, oportunista) al negar o, peor aún, justificar las violaciones a los derechos humanos cometidas por el régimen chavista.

Los mal llamados "progresistas" han incurrido en los mismos trastoques ideológicos de sus adversarios, acusando de "golpistas" a los disidentes, después de haber sufrido ellos mismos la censura, el encarcelamiento arbitrario, la tortura y el exilio durante las dictaduras militares de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay.

Ello explica la falta de proactividad de los demás países latinoamericanos en nombre del principio de no intervención, el que también ha sido trastocado al convertirlo en tabú a través de su aplicación mecánica, como dijo críticamente Octavio Paz.

Paz condenó la invasión norteamericana de Panamá en 1989 como "una acción anacrónica y reprobable". Pero advirtió que "el principio de no intervención se deriva de otro, básico y que es su fundamento: el principio de soberanía, el derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos", y "cuando hay un conflicto entre dos principios, debe escogerse aquel que es fundamento del otro". De modo que el principio de no intervención se niega a sí mismo cuando se ignora la violación de la soberanía.

Y en este sentido, el gran error de los demás países de la región fue, precisamente, su falta de voluntad política para acercar posiciones con el régimen chavista en favor de la soberanía de los venezolanos. Sobre todo cuando la usurpación de una elección popular por parte de Maduro en 2024, recibió una condena internacional de simples palabras.

Los latinoamericanos deberíamos asumir esta crisis mundial como una nueva oportunidad de hacer esfuerzos mancomunados para la recuperación de la democracia en Venezuela sin trastoques ideológicos. Máxime si queremos fortalecer a nuestros propios Estados democráticos, contrarrestando la ley del más fuerte con la ley del más débil como fundamento de la soberanía de nuestros pueblos.

En una magistral conferencia ante sus interlocutores de América del Sur en 1949, el célebre escritor francés Albert Camus dijo: "Ningún hombre en el mundo, ni hoy ni mañana, puede decidir que su verdad es tan buena como para poder imponérsela a los demás. Porque solo la conciencia común de los hombres puede tener esa ambición. Y es preciso recuperar los valores que sustentan esa conciencia común, hoy destruida por el terror. Lo que significa que todos debemos crear, al margen de los partidos, unas comunidades de reflexión que entablen el diálogo por encima de las fronteras y proclamen, con sus vidas y sus planteamientos, que este mundo debe dejar de ser el de los policías, los soldados y el dinero para ser el del hombre y la mujer, del trabajo fecundo y el ocio sensato. Por último, la libertad que debemos conquistar es el derecho a no mentir".

En un mundo aquejado por la extensa sombra de las dictaduras, tanto de derechas como de izquierdas, la gran pregunta que los latinoamericanos debiéramos responder no es cuál es "la verdadera democracia" ("burguesa", "popular" o "protegida"), sino de qué manera la democracia (sin adjetivos) se recupera como un valor que sustenta nuestra conciencia común y cómo entablar ese diálogo por encima de las fronteras. No sólo para limitar el poder de los gobernantes, sino para frenar todo exceso de poder, sea estatal o privado.

Porque es justamente la puesta en práctica del derecho a no mentir la que nos permite superar el trastoque ideológico de una democracia puramente instrumental, expuesta a los vaivenes del autoritarismo de los más ricos y poderosos o de la falsa promesa redentora del caudillismo autoritario.

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