Irán y la narrativa occidental

Desde que comenzó el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán han proliferado comentarios en la prensa y la televisión occidentales que repiten un libreto conocido: Irán sería un país que fomenta el terrorismo, gobernado por un régimen teocrático represivo donde se violan derechos civiles, se reprime a los disidentes y se oprime a las mujeres.

Sin perjuicio de la mayor o menor veracidad de estas afirmaciones, lo cierto es que rara vez estas se invocan por genuina preocupación por la población iraní. Su función principal es otra: justificar intervenciones militares. El razonamiento es tan absurdo como sostener que, si en una casa existe violencia intrafamiliar, la manera de liberar a las víctimas sería incendiar la casa con todos sus habitantes dentro.

Quisiera estar exagerando. Pero hace pocos días, mientras Israel y Estados Unidos se presentaban como los salvadores del pueblo iraní, bombardearon una escuela de niñas asesinando a 165 estudiantes de entre 7 y 12 años. Mientras escribo estas líneas, dos escuelas más en Teherán han sido bombardeadas. ¡Vaya liberación! Es el mismo método aplicado en Gaza, donde la infraestructura civil ha sido arrasada y donde al menos 20 mil niños han sido asesinados.

Es el cuento de siempre. Se utilizó en Irak en 2003, bajo el pretexto de una mentira evidente, las "armas de destrucción masiva" que jamás existieron, y cuando se prometió que la invasión estadounidense traería democracia y estabilidad. Se repitió en Afganistán, donde la ocupación militar supuestamente modernizaría la nación. El resultado: países devastados, sociedades fracturadas y poblaciones que, lejos de ser liberadas, terminaron viviendo en condiciones peores que antes de la intervención.

En este proceso, los grandes medios occidentales han jugado un rol decisivo. A fuerza de repetición del discurso oficial, instalan en la opinión pública la idea de que la guerra no solo es inevitable, sino incluso necesaria.

La bomba que siempre está "a semanas"

La narrativa actual se sostiene además sobre la propaganda permanente del supuesto desarrollo de la bomba nuclear iraní. Durante más de dos décadas, el gobierno israelí ha advertido que Irán estaría a meses -o incluso semanas- de obtenerla.

Sin embargo, los organismos internacionales encargados de supervisar el programa nuclear iraní han señalado reiteradamente que no existe evidencia concluyente de que ese país haya tomado la decisión política de fabricar un arma nuclear.

Diplomacia saboteada

Conviene recordar que el principal marco diplomático destinado a limitar el programa nuclear iraní -el acuerdo JCPOA firmado en 2015- fue cumplido por Teherán, según los informes del Organismo Internacional de Energía Atómica hasta 2018, cuando Donald Trump decidió retirarse unilateralmente del acuerdo y restablecer las sanciones económicas contra Irán.

Dos años más tarde, en 2020, el mandatario republicano ordenó el asesinato del general Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria iraní, mediante un ataque con drones en Bagdad, bajo el argumento de que se preparaban ataques "inminentes" contra personal estadounidense en la región, sin que se presentaran pruebas públicas concluyentes de tal amenaza.

Más recientemente, en junio de 2025 y mientras se desarrollaban conversaciones con EE.UU., Irán fue nuevamente blanco de los llamados ataques preventivos israelíes, que desencadenaron la denominada Guerra de los Doce Días, con más de 900 muertos en Irán y 28 en Israel.

Pese a estas constantes traiciones, hasta el día previo al actual ataque coordinado, Teherán mantenía negociaciones indirectas con Washington -mediadas por terceros- para establecer nuevos mecanismos de verificación internacional y discutir un eventual levantamiento de las sanciones económicas. Los propios mediadores habían señalado que existían avances y que era posible alcanzar un acuerdo en las semanas siguientes. Todo ello fue dinamitado por la escalada militar unilateral israelí-estadounidense.

La contradicción resulta evidente: si la preocupación real fuese la bomba nuclear iraní, ¿por qué sabotear precisamente los mecanismos diplomáticos destinados a limitarla?

Las acciones sugieren una motivación distinta: debilitar o incluso provocar el colapso del régimen iraní y reconfigurar el equilibrio geopolítico de una de las regiones más estratégicas del planeta.

El cálculo equivocado

Para Israel -y para su régimen sionista- este objetivo no es nuevo. Desde hace años ha intentado empujar a Estados Unidos hacia una confrontación directa con Irán. Fue el propio secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, quien dejó entrever que la ofensiva israelí precipitó la entrada de Washington en el conflicto. Aunque posteriormente afirmó haber sido malinterpretado, el hecho de que Donald Trump iniciara una guerra sin la aprobación del Congreso revela hasta qué punto el primer ministro israelí ha logrado manipular la política exterior norteamericana.

Otro error de cálculo fue suponer que los ataques y el alevoso asesinato del líder iraní provocarían un levantamiento popular contra el régimen. La experiencia histórica muestra lo contrario: cuando un país es atacado desde el exterior, incluso sectores críticos del gobierno tienden a cerrar filas en torno a la defensa nacional.

Algo de eso parece estar ocurriendo hoy en Irán. Pese a las tensiones internas y a las críticas al régimen, la agresión extranjera ha desplazado el foco hacia la defensa de la soberanía nacional. Lejos del levantamiento que algunos analistas occidentales anticipaban, las primeras reacciones muestran a una sociedad movilizada frente a una amenaza externa y existencial.

Es imposible predecir cómo terminará esta guerra. Pero queda claro que Estados Unidos ha abdicado de su papel como primera potencia mundial, cediendo el cetro al Estado de Israel. Simplemente patético y vergonzoso.

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