Más allá del ingreso: el legado del programa de mujeres rurales

El reciente anuncio del término del Programa de Mujeres Rurales Indap-Prodemu marca el final de una de las políticas de desarrollo agrícola más consolidadas en nuestro país, y la única que se enfocaba exclusivamente en la atención a las agricultoras. Con una trayectoria que se extiende por varias décadas y habiendo acompañado a miles de productoras agrícolas, esta iniciativa declaraba como su propósito central el incremento de los ingresos. Sin embargo, reducir su valor a una métrica económica es ignorar un legado profundamente multidimensional.

La realidad del campo nos demuestra que el progreso económico no camina solo; está indisolublemente entrelazado con el despertar psicosocial y el fortalecimiento de la confianza personal de quienes sostienen nuestra seguridad alimentaria.

Para dimensionar lo que se pierde con esta descontinuación, resulta imperativo revisar el perfil de las usuarias que dieron vida a este espacio. Las mujeres de la pequeña agricultura no responden a los estereotipos clásicos de baja escolaridad. Una proporción significativa de ellas cuenta con estudios secundarios completos e incluso de nivel superior, superando los promedios generales de sus propios entornos geográficos. No obstante, esta preparación colisiona de forma constante con barreras de género muy arraigadas.

La gran mayoría se sigue autoidentificando primordialmente como dueñas de casa, destinando la mayor parte de sus jornadas a un trabajo de cuidados no remunerado. Esta encrucijada estructural se traduce en ingresos personales muy acotados, que representan una fracción menor del presupuesto familiar, y en una marcada informalidad donde la comercialización se restringe a circuitos locales, como la venta directa en el predio o a vecinos.

Frente a este escenario adverso, los impactos del programa trascendieron la billetera. Un beneficio rotundo y celebrado por las propias agricultoras fue el aprendizaje de valorar su propio trabajo, un cambio de autopercepción crucial si consideramos que la falta de autoestima suele ser un primer freno para el emprendimiento femenino. A esto se sumó la adquisición de herramientas técnicas para organizar mejor sus cultivos, incorporar innovación y proyectar sus negocios hacia el futuro. En este camino, la relevancia de la mayor autonomía emerge como un factor determinante.

En un estudio que realizamos para la zona central, identificamos con claridad que aquellas mujeres con un perfil más empoderado, muchas de las cuales lideraban hogares numerosos o tomaban decisiones de manera unilateral debido a la ausencia de una pareja, mostraron una actitud más receptiva y provechosa hacia las capacitaciones. Para ellas, la urgencia de aportar al sustento familiar transformó la actividad agrícola de un mero complemento secundario a un verdadero proyecto de vida, demostrando que la necesidad económica, cuando se combina con la independencia en la toma de decisiones y un acceso físico eficiente, potencia exponencialmente el éxito del negocio.

De igual manera, la relación con otras agricultoras constituyó la columna vertebral de la experiencia dentro del programa. La asociatividad no funcionó únicamente como una estrategia comercial para mejorar las ventas, sino como un catalizador social fundamental. El trabajo en equipo y el intercambio de vivencias permitieron construir redes de apoyo mutuo que rompieron con el histórico aislamiento geográfico de la mujer en el campo. Para un grupo importante de participantes, especialmente aquellas más abocadas a las tareas del hogar, el valor principal del programa no radicaba en la optimización de los ingresos, sino en el hecho de encontrar un espacio de reunión, un refugio de validación colectiva y un alivio emocional ante las demandas incesantes del rol tradicional de cuidados.

La clausura de este ciclo institucional nos hereda una lección política y social ineludible. Las políticas públicas dirigidas a la ruralidad femenina no pueden diseñarse ni evaluarse desde la lógica única del aumento neto de los recursos monetarios. Desconocer que las mujeres rurales deben compatibilizar constantemente sus legítimas aspiraciones productivas con estructuras familiares tradicionales es condenar cualquier esfuerzo al cortoplacismo.

El gran aprendizaje que nos deja este recorrido es que la transformación del campo requiere una mirada integral. Si el Estado pretende construir un desarrollo rural auténtico, debe asumir que el fortalecimiento de los lazos asociativos, la conquista de la autonomía personal y el bienestar emocional de las agricultoras siguen siendo pilares tan urgentes como cualquier indicador de rentabilidad financiera.