Cada junio se conmemora el Mes de la Salud Mental Masculina, una instancia que busca visibilizar una realidad que, pese a su gravedad, continúa siendo poco discutida. Mientras la salud mental ha ganado espacio en las conversaciones públicas durante los últimos años, existe un aspecto que sigue rodeado de silencios: los hombres son quienes más mueren por suicidio.
La cifra no solo resulta alarmante, sino también reveladora. Nos obliga a preguntarnos por qué ocurre y qué elementos de nuestra cultura podrían estar contribuyendo a este fenómeno. La respuesta no es simple ni única, pero existe un factor que aparece de manera recurrente: la profunda carencia de educación emocional que históricamente ha marcado la vida de los hombres.
Durante décadas, e incluso siglos, la crianza masculina se ha construido sobre una serie de estereotipos que han definido cómo debe comportarse un hombre. Desde pequeños, muchos aprenden que demostrar tristeza es una señal de debilidad, que el miedo debe ocultarse, que la vulnerabilidad no tiene espacio y que pedir ayuda es sinónimo de fracaso. Se les enseña a resolver solos sus problemas, a soportar el dolor en silencio y a cumplir con un ideal de fortaleza que, en la práctica, termina desconectándolos de su mundo emocional.
En mi libro "Los hombres y sus emociones" abordo precisamente esta realidad. La mayoría de los hombres no recibió educación emocional durante su infancia. Aprendieron a identificar logros, responsabilidades y obligaciones, pero no necesariamente a reconocer, comprender y expresar lo que sienten. Como consecuencia, muchos llegan a la adultez con un vocabulario emocional limitado y con pocas herramientas para gestionar el sufrimiento psicológico cuando aparece.
El problema es que las emociones no desaparecen por ignorarlas. El dolor, la angustia, el estrés, la frustración o la desesperanza continúan existiendo, aunque no se expresen abiertamente. Cuando una persona siente que no puede hablar de lo que le ocurre, es más probable que su sufrimiento permanezca oculto y se profundice con el tiempo.
Por eso, la salud mental masculina no siempre se manifiesta de la manera que solemos imaginar. Muchas veces no aparece como llanto o tristeza evidente. Puede expresarse mediante irritabilidad constante, aislamiento social, dificultades para dormir, hiperactividad laboral, consumo problemático de alcohol o drogas, conductas impulsivas o incluso molestias físicas recurrentes. Son señales que frecuentemente se interpretan como problemas de carácter o estrés cotidiano, cuando en realidad pueden estar reflejando un malestar emocional mucho más profundo.
Lo preocupante es que estas conductas suelen normalizarse. El que evita hablar de sus sentimientos es considerado reservado. El que enfrenta las dificultades sin expresar emociones es percibido como fuerte. Sin embargo, detrás de esas conductas puede existir una persona que está atravesando una crisis sin encontrar espacios seguros para expresarla.
Cuando observamos que los hombres representan la mayoría de las muertes por suicidio, resulta inevitable preguntarnos cuánto influye esta educación basada en la represión emocional. ¿Cuántos hombres han aprendido a callar antes que a pedir ayuda? ¿Cuántos han sido socializados para creer que deben enfrentar solos cualquier dificultad? ¿Cuántos han sentido que mostrar vulnerabilidad los hace menos hombres?
Hablar de salud mental masculina no significa afirmar que los hombres sufren más que otros grupos ni competir por quién enfrenta mayores dificultades. Se trata de reconocer una problemática específica que requiere atención. Si los hombres representan la mayoría de las muertes por suicidio, entonces existe una realidad que debemos analizar con seriedad y sin prejuicios.
Necesitamos enseñar a niños y jóvenes que todas las emociones son legítimas, que expresar tristeza no es una debilidad, que pedir ayuda es una muestra de inteligencia emocional y que la fortaleza no consiste en ocultar el sufrimiento, sino en saber enfrentarlo de manera saludable.
El Mes de la Salud Mental Masculina es una oportunidad para abrir una conversación que no debería limitarse a una fecha en el calendario. Detrás de cada estadística existe una persona, una historia y una red de seres queridos afectados por una pérdida que, en muchos casos, pudo haberse evitado.
Si queremos reducir las cifras de suicidio, debemos comenzar por derribar la idea de que pedir ayuda es una debilidad. Necesitamos formar hombres emocionalmente alfabetizados, capaces de reconocer lo que sienten, comunicarlo y buscar apoyo cuando sea necesario. Porque expresar emociones no resta masculinidad; al contrario, fortalece la salud mental, mejora las relaciones humanas y puede salvar vidas.
Hablar de emociones también es una forma de prevención. Y hoy, frente a una realidad donde los hombres siguen siendo quienes más mueren por suicidio, esa conversación ya no puede seguir esperando.