Cuando la eficiencia nos vuelve ciegos: el costo de saber solo lo que buscamos

Hay decisiones que parecen técnicas hasta que comenzamos a mirar el futuro que producen. Las nuevas bases de Fondecyt de Postdoctorado permiten concentrar hasta 70% de las adjudicaciones en 10 áreas consideradas estratégicas. Inteligencia artificial, minería, energía, tecnologías de frontera o ciberseguridad aparecen entre ellas. Con recursos escasos, priorizar parece razonable. El problema comienza cuando priorizar significa decidir de antemano qué merece ser conocido.

La paradoja resulta especialmente evidente con la inteligencia artificial. Apostamos por acelerar su desarrollo mientras debilitamos las disciplinas que necesitamos para comprender qué estamos desencadenando. Podemos perfeccionar algoritmos, pero necesitamos entender qué ocurre con el trabajo, la educación, la desigualdad, la confianza, las identidades y la democracia cuando esos algoritmos comienzan a organizar buena parte de nuestra vida cotidiana. El FMI estima que la IA afectará cerca del 40% del empleo mundial y ha advertido su capacidad de profundizar las desigualdades.

Las Ciencias Sociales no están al margen de estos desafíos. Están en su centro.

Vivimos sociedades envejecidas, fragmentadas y crecientemente solitarias. Al mismo tiempo, observamos retrocesos democráticos, xenofobia, debilitamiento de los derechos humanos y una gobernanza global cada vez menos capaz de responder a problemas que inevitablemente nos desbordan. Sobre ese paisaje avanza una revolución tecnológica de una velocidad desconocida, concentrada además en pocas corporaciones que acumulan infraestructura, información y una capacidad inédita para orientar nuestra atención, deseos y decisiones.

La soberanía del siglo XXI no dependerá solamente de controlar minerales, energía o centros de datos. Dependerá también de conservar la capacidad de interpretar nuestra propia realidad, formular nuestras preguntas y decidir qué futuros consideramos deseables. Perder esa soberanía cognitiva significa terminar pensando el mundo desde categorías, tecnologías y prioridades definidas por otros. Es allí donde la idea del tecnofeudalismo deja de parecer exagerada: no refiere solamente a concentración económica, sino a la concentración de nuestra capacidad de imaginar alternativas.

Gobernar este mundo exige anticipación. No para predecir el futuro, sino para reconocer señales débiles, comprender vulnerabilidades y actuar antes de que las transformaciones se conviertan en crisis. Para eso necesitamos diversidad de conocimientos, incluso aquellos cuya utilidad inmediata no sabemos demostrar. Una ciencia organizada solo en torno a las preguntas que hoy consideramos relevantes puede ser muy eficiente para resolver problemas conocidos y profundamente ciega frente a los que todavía no sabemos nombrar.

Hay, además, una pregunta más incómoda. Las guerras culturales promovidas por distintos gobiernos de ultraderecha han convertido a las universidades, las humanidades y las ciencias sociales en adversarios recurrentes. Se las acusa de ideológicas, improductivas o desconectadas de las necesidades reales. Pero cabe preguntarse si incomoda solamente su supuesta falta de utilidad. ¿O también su capacidad para cuestionar aquello que se presenta como inevitable, visibilizar relaciones de poder y ofrecer lenguajes para organizar el descontento y pensar alternativas?

Conviene formular esa pregunta ahora. Porque probablemente esta discusión no terminará en Fondecyt. Las universidades públicas pueden convertirse en la próxima frontera. Un sistema ya debilitado por décadas de financiamiento insuficiente difícilmente resistirá nuevas restricciones sin perder capacidades que demoraron generaciones en construirse. Y destruirlas siempre será mucho más rápido que recuperarlas.

La eficiencia importa. Las prioridades también. Pero cuando un país decide saber solamente aquello que cree necesitar, aumenta precisamente su vulnerabilidad frente a lo inesperado. Quizás la mayor ceguera sea esa: creer que ya sabemos qué es lo que necesitaremos saber.