¿Solidaridad versus subsidiariedad?

Cada 18 de agosto, al conmemorarse la muerte de san Alberto Hurtado, Chile celebra el Día de la Solidaridad. No podría haber una mejor oportunidad para recordar que la solidaridad, lejos de ser un gesto ocasional de generosidad, es un principio que debiera orientar nuestra convivencia.

La Doctrina Social de la Iglesia Católica ha insistido en ello. León XIV, en "Magnifica Humanitas", recuerda que la solidaridad es a la vez principio y virtud: parte de reconocer que nuestro bien está ligado al de los demás y exige una disposición perseverante a trabajar por el bien común, con especial atención a los más débiles.

Pero esa reflexión queda incompleta si no se la vincula con otro principio igualmente importante: la subsidiariedad. Si la solidaridad nos recuerda que no podemos ser indiferentes frente a la suerte del otro, la subsidiariedad nos advierte que ayudar no significa sustituir. Las personas, las familias, las comunidades y los cuerpos intermedios deben conservar la posibilidad de ser protagonistas de sus propias decisiones y de su propio desarrollo.

Ambos principios no se contradicen; se necesitan. Una sociedad que invoca la subsidiariedad pero olvida la solidaridad corre el riesgo de convertir la autonomía en indiferencia y de abandonar a su suerte a quienes parten desde condiciones muy desiguales. Pero una sociedad que proclama la solidaridad sin respetar la subsidiariedad puede terminar transformando la ayuda en dependencia, debilitando precisamente las capacidades que pretende proteger. El Estado no debe desentenderse de los más vulnerables, pero tampoco reemplazar permanentemente la responsabilidad de las personas y de los cuerpos intermedios.

Esta tensión es especialmente relevante en Chile. Defender el mérito, el esfuerzo y la responsabilidad individual resulta indispensable; pero esos valores pierden parte de su sentido cuando una discapacidad, una enfermedad, la pobreza, el abandono o la falta de oportunidades impiden a una persona siquiera desplegar sus capacidades. La solidaridad no consiste entonces en negar el mérito, sino en procurar que todos tengan una oportunidad real de ejercerlo. Y la subsidiariedad no consiste en reducir al Estado, sino en recordar que su tarea también es crear condiciones para que las personas, las familias y la sociedad civil puedan actuar por sí mismas.

Por eso la solidaridad no es una responsabilidad exclusiva del Estado. Compromete también a las empresas, universidades, organizaciones sociales, familias y ciudadanos. Una sociedad cohesionada no se construye esperando que todo lo resuelva la autoridad ni confiando en que cada cual pueda resolverlo todo por sí solo. Se construye reconociendo que necesitamos de los demás, pero también que cada persona tiene dignidad, libertad y una capacidad propia que debe ser fortalecida.

Celebrar el Día de la Solidaridad debiera significar, entonces, algo más que recordar la extraordinaria vida de san Alberto Hurtado. Debiera invitarnos a mirar a quienes suelen quedar fuera de nuestra vista y a preguntarnos qué condiciones necesitan para ponerse de pie, participar y construir su propio futuro. Tal vez allí se logre ubicar el mejor punto de encuentro entre solidaridad y subsidiariedad: ayudar al otro no para reemplazarlo, sino para que pueda ser verdaderamente protagonista de su vida.