Chile es un país que se integra, considerando su compleja geografía. Por eso debe valorarse que en la Región de Magallanes se abra formalmente la conversación sobre una conexión fija entre el continente y Tierra del Fuego, a través de un túnel bajo el mar. No es una obra lista para licitar, ni corresponde presentarla como si sus desafíos estuvieran resueltos. Pero es una buena noticia que se inicie el camino de estudios, costos, beneficios, tecnología y la institucionalidad que se haría cargo de la iniciativa.
Las grandes infraestructuras no nacen el día en que se licitan, sino cuando una comunidad política se atreve a formularlas seriamente. Así ocurrió con el Puente Chacao, cuya historia supera medio siglo; así sucedió con los Canales de Suez y Panamá, y así podría comenzar a ocurrir con el Estrecho de Magallanes. Apoyar su partida no significa desconocer las dificultades: implica asumir que el desarrollo exige imaginar, estudiar y luego decidir con rigor.
La comparación con el Puente Chacao es inevitable. En Chacao, la distancia principal es del orden de 2,7 kilómetros; en la Primera Angostura, entre Punta Delgada y Bahía Azul, bordea los 3,7 kilómetros. Las escalas físicas no son comparables. Sí lo son los grados de madurez: el Puente Chacao está en construcción, con inversión pública y una historia de más de medio siglo; el Túnel del Estrecho de Magallanes debe demostrar su factibilidad.
También es relevante la comparación demográfica. La provincia de Chiloé tiene cerca de 184 mil habitantes. En Tierra del Fuego la población total es de 199 mil personas aproximadamente, pero la mayor parte vive en territorio argentino. No toda esa población se traduce automáticamente en demanda, pero sí obliga a mirar el proyecto como infraestructura de integración austral entre ambos países.
La demanda será una prueba principal. En el Canal Chacao existe un flujo de viajes probado. En el Estrecho de Magallanes el tránsito por barcaza es menor, pero estratégico. Con todo, la pregunta no es solo cuántos vehículos cruzan hoy, sino qué valor tiene la continuidad operacional, la menor incertidumbre climática y la resiliencia territorial.
Después vendrán las preguntas difíciles: costo real, rentabilidad social, financiamiento, tecnología, impactos ambientales y la institucionalidad. Precisamente, por eso hay que iniciar los estudios. La historia enseña que estas preguntas no invalidan los proyectos; los ordenan. Suez, Panamá y el Eurotunel fueron, antes de ser obras, visiones discutidas y estudiadas.
Por eso corresponde apoyar la partida. No para reemplazar análisis por entusiasmo, sino para afirmar que los países avanzan cuando se atreven a pensar en grande y luego someten esas ideas al rigor técnico, económico, ambiental e institucional. El Puente Chacao demuestra que una idea de décadas puede llegar a construirse. La Región de Magallanes merece comenzar seriamente ese camino. Espero tome menos tiempo concretarlo.