Tras participar en el reciente Congreso Internacional de Seguridad del Paciente, realizado en la FEN U. de Chile, me surgió una pregunta que merece mayor atención: ¿Estamos midiendo lo que realmente importa?
La discusión no giró en torno a la necesidad de contar con indicadores, cuya importancia nadie cuestionó. El debate estuvo más bien en la pertinencia de aquello que se mide. Mientras los establecimientos enfrentan crecientes exigencias de reporte y monitoreo, resulta cada vez más relevante distinguir entre los indicadores que generan información útil y aquellos que terminan convirtiéndose en un ejercicio de cumplimiento administrativo.
Al final del día, detrás de cada indicador existe una persona cuya atención puede verse afectada por una decisión clínica, una omisión, una demora diagnóstica o una falla en los procesos asistenciales.
La discusión es especialmente relevante. En muchos sistemas de salud, los profesionales dedican una parte importante de su tiempo al registro y el seguimiento de indicadores. Sin embargo, durante el Congreso quedó en evidencia que el debate no se limita a cuánto medir, sino a qué medir.
Mientras algunos participantes planteaban la necesidad de fortalecer la medición de ámbitos históricamente subregistrados, como los eventos adversos y el impacto que estos generan tanto en los pacientes como en los propios profesionales de salud, otros cuestionaban la pertinencia de ciertos indicadores o medidas cuyo fundamento no siempre es comprendido de la misma forma por los equipos clínicos. También surgieron ejemplos de establecimientos obligados a reportar indicadores asociados a procedimientos que realizan de manera muy ocasional, generando esfuerzos de monitoreo, cuyo valor para la gestión local resulta discutible.
Desde la perspectiva del control de gestión, un indicador no debería existir simplemente porque es posible medirlo. Su función es monitorear el avance hacia los objetivos que una organización ha definido como estratégicos y proporcionar información relevante para la toma de decisiones. En ese sentido, los indicadores contribuyen al alineamiento organizacional, orientando conductas y esfuerzos hacia prioridades compartidas.
Cuando la medición pierde ese propósito y se desconecta de los objetivos que se buscan alcanzar, corre el riesgo de transformarse en una carga administrativa más, consumiendo tiempo y recursos sin producir mejoras significativas en la atención de los pacientes.
La pertinencia también depende del propósito de la medición. Algunos indicadores buscan verificar el cumplimiento de procesos, protocolos o normativas; otros permiten monitorear riesgos relevantes para los pacientes y la organización. Confundir ambos propósitos puede llevar a instituciones que miden mucho, pero aprenden poco.
Pero reconocer este problema no implica restar importancia a la medición. Por el contrario, existen riesgos cuya magnitud justifica plenamente el seguimiento sistemático de indicadores.
La OCDE estima que los eventos adversos representan cerca del 15% del gasto hospitalario. Los pacientes que experimentan un evento adverso presentan una probabilidad de muerte significativamente mayor y generan costos adicionales considerables para los sistemas de salud. A ello se suman los errores diagnósticos, donde estudios recientes sugieren que una gran proporción de los daños asociados podría prevenirse, mediante mejores procesos de detección, coordinación y seguimiento.
La pertinencia de los indicadores no solo exige cuestionar aquello que medimos, sino también aquello que dejamos de medir. La clave no está en medir más ni en medir menos. Está en medir aquello que realmente importa.
Los indicadores más valiosos son aquellos que permiten anticipar riesgos, prevenir daños y apoyar la toma de decisiones. Pero más importante aún, son aquellos que permiten aprender. Un sistema de medición efectivo no solo identifica desviaciones, sino que ayuda a comprender sus causas, compartir experiencias y fortalecer la capacidad de la organización para prevenir futuros eventos.
En tiempos donde los recursos son limitados y las demandas sobre los sistemas de salud continúan creciendo, la pertinencia de los indicadores deja de ser una discusión técnica, para transformarse en una cuestión estratégica. Su verdadero valor radica en ayudar a las organizaciones a enfocar sus esfuerzos donde generan mayor impacto. Después de todo, la pregunta no es cuánto medimos. La pregunta que me gustaría que nos planteáramos es si estamos midiendo lo que realmente importa.