El otro Mundial

Ya comenzó el Mundial. Con ceremonia, música y millones de ojos pegados a una pantalla, la Copa del Mundo 2026 volvió a poner a gran parte del planeta a hablar un idioma común. Por primera vez en la historia, 48 selecciones compiten en tres países a la vez: Estados Unidos, México y Canadá. Es la mayor fiesta del deporte más popular del mundo.

El fútbol tiene ese poder extraño y hermoso de detener el tiempo. De hacer que una persona en Ghana y otra en Irak puedan experimentar exactamente la misma emoción cuando la pelota entra al arco. Durante 90 minutos, las diferencias parecen desaparecer y millones de personas vibran juntas. Incluso en países que no estarán presentes en la cancha, como Chile, el ambiente mundialero ya se hace sentir. Porque, de una forma u otra, todos terminamos siendo parte de la fiesta. Y eso está bien.

Porque para muchos de los países presentes en este Mundial, clasificar ya fue una victoria. Detrás de varias de las banderas que veremos en los estadios, hay pueblos que conviven desde hace años con guerras, desplazamientos, pobreza o violencia.

Irak vuelve a una Copa del Mundo después de cuatro décadas. Lo hace con jugadores que tuvieron que dejar a sus familias en un país marcado por años de guerra e inestabilidad. Jordania debuta por primera vez, siendo al mismo tiempo uno de los países con mayor número de refugiados por habitante del planeta. En él conviven millones de refugiados palestinos y cientos de miles de personas llegadas desde Siria, Irak, Yemen y Sudán.

República Democrática del Congo, Senegal y Ghana representan a sociedades que, pese a la pobreza, los desplazamientos y distintas formas de violencia, siguen luchando por ofrecer un futuro mejor a sus habitantes. Y Haití, que disputará su segunda Copa del Mundo, vuelve al torneo en medio de una de las crisis humanitarias más graves del continente americano.

Por eso, para sus compatriotas, ver a sus selecciones en un Mundial no es un asunto menor. Es una alegría auténtica. Un momento de orgullo compartido. Un respiro en medio de las preocupaciones cotidianas. Quizás solo se trate de un partido, pero para quien vive rodeado de malas noticias, una celebración colectiva puede ser más importante de lo que podemos imaginar. Muchos de los jugadores que veremos estas semanas crecieron precisamente en esos contextos. Algunos han conocido de cerca la guerra, el exilio o la separación de sus familias.

Mientras tanto, lejos de las cámaras, existe otro campeonato que continúa disputándose todos los días. El de las familias desplazadas que intentan reconstruir sus vidas. El de quienes sobreviven en campos de refugiados. El de las comunidades que siguen adelante en medio de conflictos olvidados por la opinión pública.

Y en esos lugares, hay personas que permanecen. Profesores, médicos, voluntarios y trabajadores humanitarios. También sacerdotes, religiosas y misioneros que, en silencio y sin ocupar titulares, siguen acompañando a quienes sufren. Son presencias discretas, pero esenciales. En aldeas remotas, barrios destruidos o campamentos improvisados, suelen ser de los pocos que deciden quedarse cuando tantos otros se marchan.

El Mundial terminará en poco más de un mes y el planeta volverá a su ritmo habitual. Pero las guerras seguirán dejando víctimas. Los refugiados seguirán esperando una oportunidad. Y las familias que lo perdieron todo continuarán intentando reconstruir sus vidas. Cuando se apaguen las luces de los estadios, ese otro partido seguirá jugándose cada día.

Tal vez esa sea una de las lecciones más valiosas que deja el fútbol. Que es posible emocionarnos por personas que viven a miles de kilómetros de distancia y sentir, aunque sea por un instante, que formamos parte de una misma humanidad. Ojalá esa capacidad de alegrarnos con los demás no dure solo lo que dura un campeonato.