La elección de noviembre del año pasado dejó al actual oficialismo con un sinsabor, pese a haber sido una buena elección. José Antonio Kast pasó a segunda vuelta, pero los números en el Congreso no alcanzaron para una mayoría propia, aun cuando los tres candidatos del sector sumaron poco más del 50% de los votos. La pregunta que surgió entonces era si Kast, en caso de llegar a La Moneda, encabezaría un gobierno más sin mayoría sólida, como los de Boric y Piñera II, o si esta vez sería distinto. Transcurrido el primer trimestre legislativo, la respuesta empieza a perfilarse, y por ahora se inclina por lo segundo.
Lo que se vio en el Congreso durante estos primeros meses no fue producto del azar, sino la puesta en marcha de una estrategia que ya se venía anunciando. Estaba en el discurso con que Kast aceptó el triunfo, cuando llamó a las fuerzas del Rechazo de 2022 a ordenarse en torno a la seguridad, el control migratorio y el crecimiento. Y estaba también en la conformación de un gabinete que privilegió perfiles de Chile Vamos y Demócratas por sobre los de su propio Partido Republicano.
Antes que desplegar una agenda propia consolidada, el Gobierno activó lo que ya dormía en el Congreso y lo ordenó en torno a sus prioridades, con foco y jerarquía. Durante los primeros 100 días, el Ejecutivo puso urgencia a 127 proyectos, frente a los 71 que activó Boric en igual período. De esos, solo 17 eran iniciativas propias. Los otros 110 ya estaban en el Congreso, en su mayoría heredados de la administración anterior.
Gobernar, en el arranque, fue sobre todo escoger del inventario disponible aquello que calzaba con el programa y reescribirlo con indicaciones. No es un sello exclusivo de Kast, pues a Boric le ocurrió lo mismo. La diferencia estuvo en el foco. Con 29 proyectos promovidos, la seguridad encabezó la agenda y fue también el eje de los mensajes propios, como Escuelas Protegidas y el Registro Nacional de Actos Vandálicos.
Si los números muestran el foco, el Plan de Reconstrucción Nacional muestra el método en su forma más acabada, y no puede leerse como un proyecto más. Por su envergadura, ya que reúne materias tributarias, laborales, de permisos y de reconstrucción física, concentró buena parte del debate público del trimestre y fue la apuesta económica con que el Gobierno abrió su gestión.
Su tramitación mostró cómo pueden gestarse los grandes proyectos de esta administración. Más que imponer, el Ejecutivo negoció con quienes tenía que negociar. Sumó los 14 votos del Partido de la Gente a cambio de avanzar parte de su agenda y mantuvo alineados a los diputados oficialistas en la Cámara, algo menos sencillo de lo que suele reconocerse. Con esa aritmética armada voto a voto, el Plan no solo fue despachado al Senado. Allí ya avanzó en la primera etapa del segundo trámite, la votación en general, que aprobaron tanto la Comisión de Hacienda como la Sala, quedando pendiente el debate en particular.
Nada de esto garantiza que la estrategia sea sostenible, y seguramente requerirá ajustes. Lo que queda de año la pondrá a prueba en el debate en particular del Plan y en reformas anunciadas como la de modernización del Estado. Pueden ocurrir, además, muchas cosas que alteren el cálculo, desde eventuales desafueros a senadores oficialistas hasta el peso que llegue a tener el control preventivo del Tribunal Constitucional sobre proyectos específicos, como ya pasó con Escuelas Protegidas.
Pero la pregunta que abría estos 100 días, si una correlación tan estrecha lo dejaría maniatado como a sus antecesores, ya tiene una primera respuesta. Kast ha sido lo suficientemente hábil para gobernar con ella, ordenando la discusión en torno a sus prioridades y construyendo las mayorías caso a caso. Queda por ver cuánto tiempo le rendirá esta forma de hacer las cosas, y si una oposición que hoy no tiene respuestas encontrará el modo de pasar de incomodar a detener.