Vivir y encontrarse: el rol de las plazas en la mixtura de usos

La arquitecta Daniela Andino publicó hace unos días un artículo en Arch Daily, donde resaltaba el menor acceso a los "recursos que hacen que la vida urbana sea más que solo habitable"(1) de los barrios periféricos de muchas ciudades latinoamericanas. Esta no es una controversia nueva: ya en 1961 la urbanista Jane Jacobs atacaba el urbanismo imperante en varias ciudades estadounidenses y destacaba la importancia de la mixtura de usos para tener urbes vibrantes, enfatizando la importancia que los distritos garanticen "la presencia de personas que salen de sus hogares en horarios diferentes y que están allí con fines distintos, pero capaces de usar muchos equipamientos en común"(2).

Este debate sigue igual de vigente en Santiago: a pesar de cambios aplicados en las políticas públicas en los últimos años, gran parte de los conjuntos de viviendas sociales construidos en la periferia de la ciudad están planificados para cubrir principalmente el uso residencial, existiendo poco acceso a trabajo, servicios públicos, comercios y equipamientos cívicos o recreacionales.

La baja mixtura de usos existente en gran cantidad de barrios periféricos de Santiago tiene consecuencias directas en la calidad de vida de sus habitantes. Una de las más analizadas es el tiempo perdido de traslado entre la casa y el trabajo. Un estudio de Moreno, Figueroa y Gurdon (2021)(3) identificó que las comunas con el menor tiempo promedio de viaje al trabajo son Las Condes, Providencia y Santiago, donde se evidencia una alta concentración empresarial, de servicios y comercios; mientras comunas como Puente Alto, San Bernardo o La Pintana superan los 60 minutos de viaje en promedio.

Sin embargo, otra importante consecuencia de la falta de mixtura de usos en barrios con mayores carencias socioterritoriales, y que a veces no recibe suficiente foco, es la menor interacción entre vecinas y vecinos, aspecto que repercute negativamente en el sentido de pertenencia y la cohesión social. La falta de servicios (básicos, cívicos, recreacionales, comerciales u otros) limita el tiempo que las personas están en espacios comunes de sus barrios, disminuyendo los momentos de encuentro con vecinas y vecinos, limitando el desarrollo de la familiaridad pública planteada por las sociólogas Blokland y Nast.

Frente a ello, existen espacios -a menudo poco aprovechados- que pueden ser un aliado para abordar esta problemática: las plazas de barrio. Las áreas verdes son espacios de libre acceso que, por sus características de espacio amplio y abierto, tienen la capacidad de albergar gran diversidad de actividades para multiplicidad de públicos, pudiendo además entregarles visibilidad para atraer el interés de transeúntes. En este sentido, invertir en la habilitación y activación de estos espacios bajo criterios participativos, se convierte en una vía estratégica para diversificar las actividades y servicios disponibles en el barrio.

Desde Mi Parque, hemos visto como las plazas se convierten en auténticos escenarios de vida pública con talleres de baile, lotas, almuerzos comunitarios, espectáculos de música y circo, campeonatos de ping pong y juegos típicos, karaokes, entre muchas otras actividades, siendo las propias dirigentas y vecinas/os las/os protagonistas de la mejora de sus barrios. En estas instancias, las personas se conocen, se divierten y resignifican sus espacios cotidianos, aspectos esenciales para la calidad de vida.

Si bien, gran parte de los barrios conformados por viviendas sociales en la periferia de Santiago han sido construidos para un uso casi exclusivamente residencial, las plazas de barrio tienen el potencial de ser ese espacio intermedio entre la casa y la ciudad más lejana, donde devolver parte de la agencia de crear la ciudad a las personas que la habitan -tal como reclamaba Jane Jacobs-, convirtiendo las áreas verdes en puntos de encuentro, de acción colectiva, de recreación, de cultura, de cuidados, de deporte; logrando no solo diversidad de usos, sino también encuentro entre personas de diferentes edades, intereses y orígenes, fomentando así la cohesión social.

(1) Andino, Natalia. Construyendo vida pública: cómo Bogotá y Ciudad de México abordaron la desigualdad urbana. Arch Daily, 24 de junio de 2026
(2) Jacobs, Jane (1961). Muerte y vida de las grandes ciudades. Capitán Swing Libros, colección entrelíneas. Traducido por A. Abad y A. Useros (2011), pág. 182
(3) Moreno Alba, D. F., Figueroa, Ó. y Gurdon, C. (2021). Desigualdades urbanas: costos y tiempos de viaje en el Área Metropolitana de Santiago. Revista INVI, 36(102), 54-79