Vietnam y Chile: lecciones estratégicas para el futuro

La inauguración del XIV Congreso Nacional del Partido Comunista de Vietnam, este 20 de enero en Hanói, trasciende la mera liturgia partidaria; se posiciona como un hecho político de relevancia sistémica para las naciones del sur global. En un escenario internacional definido por la policrisis y la reconfiguración de las cadenas de valor, la experiencia vietnamita ofrece una tesis fundamental: la viabilidad del desarrollo no reside en la inercia del mercado, sino en la capacidad de conducción política sobre el proceso económico.

A 40 años del Doi Moi, Vietnam ha consolidado un modelo que la academia suele observar con asombro y que Chile, en su actual coyuntura, debería analizar con interés. Los resultados son elocuentes: el crecimiento promedio del PIB en el período 2021-2025 alcanza aproximadamente 6,3% anual, ubicándose entre los más altos del mundo; el PIB en 2025 supera los 510.000 millones de dólares (1,47 veces el de 2020); el ingreso per cápita llega a aproximadamente 5.000 dólares, incorporando a Vietnam al grupo de países de ingreso medio alto.

El Índice de Desarrollo Humano (IDH) alcanza 0,766 con un ascenso de 14 posiciones; el Índice Mundial de la Felicidad avanza 33 posiciones, ubicándose en el puesto 46 de 143 países; y la tasa de pobreza se reduce del 4,4% en 2021 a 1,3% en 2025. La economía de mercado con orientación socialista vietnamita no opera como una hibridación azarosa, sino como una planificación situada que ha sabido integrar el dinamismo del sector privado sin abdicar de la soberanía nacional. Mientras en Chile la discusión pública se agota en la dicotomía estéril de "Estado versus mercado", Hanói demuestra que la potencia del segundo depende, irremediablemente, de la robustez estratégica del primero.

Uno de los rasgos más elocuentes del XIV Congreso es su horizonte estratégico: 2030, 2035 y 2045. Las metas son concretas: alcanzar un crecimiento promedio del PIB de al menos 10% anual en el período 2026-2030; lograr un PIB per cápita de aproximadamente 8.500 dólares para 2030; convertirse en un país en desarrollo con industria moderna e ingreso medio alto para 2030; y materializar la visión de ser un país desarrollado de altos ingresos para 2045. En Vietnam, el tiempo largo no es una declaración retórica, sino una herramienta política. La planificación socialista permite subordinar la coyuntura a un proyecto histórico, evitando que el mercado o la especulación definan el destino del país. Vietnam no discute solo el próximo ciclo gubernamental, sino que planifica su desarrollo con metas concretas hacia mediados y finales de siglo, una mirada de largo plazo que escapa al cortoplacismo que domina la política chilena.

Chile vive la situación inversa. El neoliberalismo ha fragmentado toda posibilidad de proyecto nacional, reduciendo la política a la administración tecnocrática del modelo heredado. Desde los territorios, todo parece indicar que la principal lección de Vietnam es clara: sin planificación democrática, sin control social de los recursos estratégicos y sin un Estado con capacidad de conducción, no existe soberanía ni desarrollo.

El XIV Congreso define tres avances estratégicos fundamentales: primero, avances contundentes en desarrollo institucional, descentralización, ciencia y tecnología, innovación y transformación digital, desarrollando nuevas capacidades productivas; segundo, transformación estructural y elevación de la calidad de los recursos humanos, valorando y promoviendo el talento; tercero, perfeccionamiento integral de la infraestructura económica y social, con énfasis en transporte, tecnología y energía. La lección que emana desde el Sudeste Asiático es que el desarrollo sostenible es, ante todo, un subproducto de la cohesión social y la inversión en capital humano. En los márgenes de nuestra propia geografía, en comunas como Cerro Navia o La Pintana, la desigualdad no es solo un indicador estadístico, sino el síntoma de un Estado que renunció a su rol de conductor. Vietnam, en cambio, sitúa la prosperidad y la unidad nacional como ejes de un sistema de valores que dota de sentido al crecimiento macroeconómico.

La vinculación internacional de Vietnam no se limita a tratados comerciales: es una política que busca defender intereses nacionales, diversificar alianzas y fortalecer la soberanía. Este enfoque permite una diplomacia no subordinada, sino habilitante para el desarrollo.

Chile, país profundamente abierto al mundo, debiera avanzar hacia una inserción internacional más estratégica, combinando apertura económica con soberanía política, cooperación Sur-Sur y diversificación productiva. El XIV Congreso Nacional del Partido Comunista de Vietnam nos recuerda que el desarrollo no es un accidente ni un mero resultado del mercado. Es una construcción histórica, política y colectiva.

Chile, con su historia, recursos y capacidades humanas, tiene condiciones para iniciar una nueva etapa de desarrollo. Pero eso exige conducción política, planificación estratégica, y una clara prioridad en la justicia social y la cohesión comunitaria. En este año 2026, cuando Chile y Vietnam conmemoran 55 años del establecimiento de relaciones diplomáticas (1971-2026), mirar a Vietnam implica recuperar una pregunta que parece extraviada en el debate nacional: ¿qué país queremos ser en los próximos 30 años?

Sin esa pregunta, seguiremos administrando el presente. Con ella, podremos -como Vietnam- atrevernos a construir futuro.

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