Normalizar la tragedia es una mala señal. No podemos acostumbrarnos a hablar de temporada de incendios o de temporada de aluviones como si fueran parte del calendario. El costo de reconstruir no solo es alto: cuando todo se reduce a cifras, se pierde de vista lo esencial. Las historias, los recuerdos y los esfuerzos de toda una vida no tienen precio.
En los incendios de enero de 2026 en las regiones del Biobío y Ñuble, entre dolor y cenizas, impactaron las imágenes de Lirquén previo al incendio, registradas por estudiantes que fotografiaban sus lugares más emblemáticos. De mucho de eso hoy queda poco. Esas pérdidas dejan cicatrices profundas. No podemos normalizar; debemos aprender y avanzar. Reconstruir no es solo levantar muros, es corregir las condiciones que hicieron vulnerables a tantas familias.
Aún no es tiempo de balances, pero sí de reflexiones. Tras cada desastre se repite un ritual conocido: promesas urgentes, anuncios grandilocuentes, planes que suenan bien en conferencias de prensa y que luego se diluyen en trámites interminables. Cuando la noticia deja de ser portada, comienza el verdadero proceso: catastros, formularios, certificados, visitas técnicas. Mientras tanto, las familias duermen en viviendas de emergencia y enfrentan el invierno con incertidumbre.
Primera idea fuerza: en una emergencia, el Estado no puede moverse al ritmo del escritorio. Si la ayuda llega tarde, deja de ser ayuda y se convierte en frustración. Para responder más rápido, la prevención debe ser parte de nuestra cultura cívica: la titularidad debe estar regularizada, los terrenos saneados; las construcciones, en zonas seguras y, sobre todo, los planes de mitigación y reconstrucción activables desde el primer día. Ya sabemos que hacer.
Cuando el fuego arrasa, no solo consume casas: quema certezas. Lo vimos en 2024 en la Región de Valparaíso y lo vemos hoy nuevamente en el sur. La tragedia no es una postal de ceniza; es la fila para acreditar que lo perdiste todo y el duelo postergado por la urgencia de hacer trámites.
Hay otra herida menos visible: la desconfianza. No es ingratitud, es memoria. Segunda idea fuerza: la política social pierde legitimidad cuando no cumple lo que promete. Recuperarla exige coherencia, plazos realistas y soluciones transitorias oportunas -arriendos, barrios de emergencia, viviendas dignas- mientras llega la definitiva.
Las familias no quieren solo ayuda: quieren información clara, participación y certeza jurídica. Quieren reconstruir su barrio con dignidad.
El fuego destruye en horas. Reconstruir toma años. La pregunta es si tendremos el coraje de simplificar, acelerar y hacer mejor para que actuemos rápido y no lleguemos tarde.
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