Gaza, cuéntame tu dolor

¡Por favor paren, basta de herirme! Las estocadas han sido múltiples. Duelen los castigos colectivos cruentos que en la historia del tiempo presente me han propiciado. Me han derribado una y otra vez mis ciudades, aldeas y villorrios. Me han azotado sin misericordia el 2005, 2009, 2014, 2021 y desde el 2023 hasta hoy, llegando al delirio de pretender asfixiar a todos mis habitantes.

Las lanzas que soporto por estos días han sido la más lacerante, porque han conseguido vaciarme de quienes constituyen el alma de mi existencia: los niños.

Me pregunto, ¿quiénes serán esos extraños seres que quieren dominarme, sin reconocer que yo soy tierra, mar, cielo y su pueblo? Algunos les gustan como soy, a otros no, pero el ser es lo que es. Entiendo que sus actos son justificados por intereses situados en asuntos mundanos. En efecto, siempre he soportado la codicia de los conquistadores, pero lo que hoy me ha dejado taciturno es que el deseo de poseerme signifique la destrucción absoluta de mi fisonomía, atropellando a todos mis niños y sus padres.

La conquista del gas les permitirá vender energía y así vivir sus pasajeras existencias con ciertos privilegios, pero olvidan que lo que está en juego es la vida eterna, la que exige una vida con sentido. Quienes hemos acompañado el devenir de la sociedad desde su inicio, reconocemos bien lo importante de lo banal, accesorio e intrascendente.

Los hechos hablan por sí mismo. Los que me azotan no me conocen ni aman. Me transformaron primeramente en un territorio carcelario (2005) para los que se resistieron a la ocupación de los forasteros; luego me destruyeron físicamente, buscando despojarme de mi patrimonio e identidad; ahora dan un paso más: buscan eliminarme. Ser un lugar donde instalar rascacielos. ¿Por qué? Y ¿para qué?... que valor trascendente tiene: ninguno, es solo frivolidad y delirios de poder que se desvanecerán, siendo recordados como tiempos de desalmados.

Déjenme contarles que durante mi historia han transitado y disfrutado de mi existencia, e incluso intentado colonizar, distintos grupos humanos, pero nunca me habían intentado despojar el alma.

¿Mis niños dónde están?, ya no ríen, tampoco hacen travesuras. Los siento en mis entrañas. Allí depositaron sus cuerpos inermes. Se equivocan, pensaron que esos actos bárbaros los conducirían a la victoria sobre mí, pero no saben que esos inocentes asesinados riegan mi voluntad y esta se hará más inquebrantable.

La codicia, la conquista y la opresión en el marco de una sociedad inmoral pasarán. Habrá nuevos líderes, como siempre los ha habido, que se reconectarán con el sentido de la vida. Estos volverán a valorar el respeto y la decencia. Las palabras del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos es una muestra de que no hay corrupción moral y del intelecto que puedan pisotear permanentemente los valores esenciales de nuestra existencia.

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