Estamos acostumbrados a la que la tentación de relativizar las reglas se presente con la excusa de la urgencia o emergencia, o bien bajo de criterios de pragmatismo, o incluso acompañados de un relato de cierta nobleza. El actual escenario internacional parece confirmar esa vieja fórmula. Los recientes ataques de Estados Unidos contra Venezuela e Irán, ejecutados al margen de los mecanismos tradicionales del derecho internacional y sin un respaldo del sistema de Naciones Unidas, deben ser considerados como una flagrante violación de principios fundamentales que arrastra al planeta a una dinámica extremadamente peligrosa.
No se trata de gastar ni una línea en defender ni justificar gobiernos impresentables. El punto es otro, y se ha perdido de vista: cuando el orden jurídico internacional se debilita, lo que queda no es un espacio más justo, sino más arbitrario, donde rige sin límites ni pudor la ley del más fuerte. La historia enseña que cada vez que el derecho retrocede, la fuerza ocupa su lugar. Y cuando la fuerza manda y se impone, la legitimidad se vuelve un lujo prescindible.
Estamos en medio de una etapa refundacional del derecho internacional, donde el líder de una potencia busca poner las nuevas reglas y crear las instituciones que regirán en adelante. Las reglas generadas tras la Segunda Guerra Mundial -la prohibición de la guerra como instrumento ordinario de política, la solución pacífica de controversias, el respeto a los procedimientos multilaterales- están siendo dejadas sin efecto por decisiones unilaterales teñidas de excepcionalidad y que se justifican en nombre de la seguridad, la estabilidad, la democracia o la defensa de valores superiores. Pero también sabemos que el problema de las excepciones es que rara vez se quedan en excepciones: abren la puerta a que cada cual invoque su propia causa justa para prescindir de las reglas dadas entre la comunidad.
Además de todo lo que implica lo anterior, como desprecio al derecho, a la conquista cultural y a la propia inteligencia, este fenómeno debe inquietarnos también pues no se limita al plano del derecho internacional. También se viene percibiendo, con otras formas y otros discursos, en el ámbito de la justicia interna. Cada vez es más común escuchar voces que, ante la lentitud de los procedimientos judiciales o la frustración frente a decisiones impopulares para la ciudadanía, proponen "atajos". Se exige, bajo un discurso que no esconde su populismo y superficialidad, flexibilizar las garantías, relativizar los principios, y sacrificar las formas en nombre de los resultados. Se nos advierte que lo importante es llegar a una solución "correcta", y que garantías, principios y reglas deben reinterpretarse en función de dicho fin.
Sin embargo, el derecho -y especialmente el derecho procesal- descansa precisamente en la idea tan central como contraria: tanto como la meta, importa el recorrido. La primera es la resolución lo más justa posible del conflicto; el segundo, el puñado de reglas y principios esenciales sobre los cuales se levanta la idea misma de justicia, cocinada a fuego muy lento desde hace miles de años, como una respuesta evolutiva a necesidades biológicas y sociales para sustituir la venganza y evitar la violencia entre los miembros de una comunidad, como lo explica con finos detalles mi amigo Jordi Nieva en su "Origen de la Justicia" (disponible además de nuestra lengua, en portugués e italiano).
Lo que está pasando en el mundo hoy debe alertarnos sobre el origen y existencia de reglas e instituciones que hasta ahora dábamos por sentadas y obvias. Las reglas no son un obstáculo para la justicia, sino su condición de posibilidad. Sin reglas claras sobre independencia, imparcialidad, igualdad de armas, contradicción, defensa y prueba, entre otros aspectos nucleares, lo que llamamos justicia se convierte en mera voluntad de quien decide. Y la voluntad, por "bien intencionada" que sea, no basta para legitimar el poder. Se allana, institucionalmente, la situación al más fuerte.
En este contexto aparece una nueva tentación que evoluciona a un ritmo que hace imposible pronosticar cual será la situación a una década plazo. Es una tentación seductora pero, por lo mismo, peligrosa: la de creer que la tecnología, y en particular la inteligencia artificial generativa, puede ofrecernos una autopista de alta velocidad hacia decisiones más eficientes, más rápidas y aparentemente más objetivas y racionales. La promesa resulta atractiva: menos demora, menos error humano, más coherencia. Pero también aquí la pregunta decisiva sigue siendo la misma de siempre: ¿Bajo qué reglas? ¿Con qué controles? ¿Con qué garantías?.
La Justicia no puede convertirse en un experimento tecnocrático donde, por paradójico que resulte leerlo, el resultado justifique el procedimiento. Tampoco puede delegarse la Justicia en algoritmos sin exigirles el mismo estándar de transparencia, contradicción, responsabilidad y control que exigimos a los jueces. La velocidad no es sinónimo de legitimidad, y la eficiencia no reemplaza al debido proceso. El algoritmo no es el pastor.
Las reglas sí importan. Importan en el derecho internacional, porque sin ellas la convivencia entre Estados se reduce a la ley del más fuerte. Importan en el proceso judicial, porque sin ellas la decisión deja de ser justicia para convertirse en imposición. E importan también en esta frenética era de la inteligencia artificial, donde el riesgo de avanzar demasiado rápido es olvidar por qué esas reglas existían.
Conviene recordarlo, sobre todo cuando las circunstancias parecen justificar lo contrario: un "buen" fin no puede legitimar cualquier medio cuando de justicia y proceso hablamos. Menos aún en un tiempo en que la tecnología nos ofrece caminos cada vez más rápidos y más cómodos para saltarnos los límites. La ley del mínimo esfuerzo no puede imponerse acá.
La justicia, para seguir siendo justicia, necesita reglas. Y necesita que tengamos la convicción -incluso cuando resulta incómodo- de que hay líneas que no deben cruzarse. Por eso, como dijera Antonio Machado, y completamente a contracorriente de los tiempos actuales que nos toca vivir: despacio y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas. Las reglas sí importan (y están ahí en tutela de los más débiles).