Antes que todo, gracias. Gracias por este reconocimiento, gracias al jurado y a la Asociación Nacional de Mujeres Periodistas. Gracias a Radio Cooperativa que es mi segunda casa, a la Universidad de Chile, que es mi alma mater y nos ha recibido tan generosamente este mediodía.
Gracias a la Universidad Católica y a la Universidad Finis Terrae que me han confiado parte de la formación de sus futuros periodistas. Gracias a quienes pensaron que yo podía estar en este lugar hoy, recibiendo un premio que lleva el nombre de una mujer enorme, de una periodista cuya trayectoria sigue diciendo algo importante, incluso hoy. Que este oficio se puede ejercer con inteligencia, con carácter y con sentido público.
Gracias también porque los premios a veces llegan en momentos en que una necesita volver a hacer ciertas preguntas o hacerse ciertas preguntas. No por la vanidad del momento, que debería durar poco, espero; sino por el sentido, por lo que significa hacer periodismo después de tantos años, sobre qué vale la pena defender, sobre qué no debería cambiar, aunque cambie todo lo demás.
Yo llevo gran parte de mi vida adulta haciendo radio, aprendiendo radio, corrigiéndome en la radio, equivocándome también en la radio. Y si algo me ha enseñado este oficio es que el periodismo no puede ser una pose ni una identidad para exhibir. Tampoco es una credencial moral, como creemos algunos periodistas o como tienden a pensarlo algunos.
El periodismo es ante todo un trabajo, un trabajo exigente, imperfecto, a veces ingrato, muchas veces agotador, pero también es un trabajo profundamente necesario, bonito y gratificante.
Con los años he llegado a una convicción muy simple. El periodismo es una carrera profesional, sí, por supuesto, pero por sobre todo es un oficio que se aprende todos los días. Un oficio hecho de método, de paciencia, de oído, de calle y de criterio. Un oficio que no consiste y no puede consistir solo en tener opinión, sino en saber preguntar y saber explicar. En no conformarse con la primera versión, en exigir pruebas, fechas y contexto, y en distinguir lo relevante de lo meramente llamativo.
Eso que parece tan básico, hoy se ha vuelto más difícil y más urgente. Porque el periodismo está cambiando y no lo digo con nostalgia ni con dramatismo. Las transformaciones tecnológicas, culturales y económicas han cambiado la manera en que circula la información, la manera en que las personas se informan y también las condiciones en que nosotros trabajamos.
Sería absurdo negarlo. Estamos en medio de una transformación profunda. Pero no creo que esto signifique el fin del periodismo. Creo más bien que nos obliga a volver al centro, a distinguir con mayor claridad qué es lo esencial. Puede cambiar el soporte, puede cambiar la velocidad, puede cambiar el lenguaje y la plataforma donde una historia se cuenta, pero hay algo que no debería cambiar: la responsabilidad de investigar, la disciplina de no confundir intuición con evidencia.
La honestidad de corregir cuando una se equivoca, aunque sea difícil, y la conciencia siempre viva de que detrás de cada dato hay personas y por lo tanto consecuencias en vidas concretas.
En medio de esta transformación está el hecho de que hemos empezado a convivir con otro elemento, la inteligencia artificial. Yo no estoy entre quienes creen que toda la tecnología es una amenaza en sí misma. Sería una mirada simplista y además inútil, si lo inunda todo la inteligencia artificial; que puede ser una herramienta muy valiosa, puede ayudar a ordenar información, a procesar grandes volúmenes de datos, a detectar patrones, a agilizar ciertas tareas.
Pero precisamente, porque puede ser tan poderosa exige más criterio humano, no menos. El periodismo si quiere seguir siendo periodismo, no puede delegar en una herramienta aquello que define su alma. La decisión humana de qué publicar, cómo publicarlo, cuándo dudar y cuándo callar también, algo que nos cuesta tanto a los periodistas.
Por eso, más que hablar de miedo, yo hablaría de precauciones, precaución frente a la fascinación tecnológica y frente a la tentación de reemplazar el reporteo por el resumen. Ante la comodidad de confiar en una respuesta sin someterla al mismo escrutinio que le exigiríamos a cualquier fuente. Precaución frente a la ilusión de que porque algo está bien escrito, está bien informado. Y precaución también frente a un riesgo más profundo, que terminemos naturalizando un periodismo sin presencia humana, sin contexto, sin conversación real con el mundo, porque el riesgo no es solo técnico, aquí hay un riesgo para la democracia.
Vivimos en un tiempo en que se ha vuelto frecuente desacreditar el periodismo y no hablo de Chile, hablo del mundo, miren Estados Unidos. A veces con razón, cuando cometemos errores que deben ser reconocidos, pero demasiadas veces no se trata de crítica legítima, sino de una estrategia de desgaste, de hostilidad, de intimidación, de la instalación sistemática de la idea de que preguntar molesta, que fiscalizar estorba, que verificar es un gesto de mala fe.
Y cuando una sociedad empieza a mirar así a la prensa, lo que está en juego no es el prestigio de la periodista o el periodista; lo que está en juego es la calidad de la democracia. Porque sin periodismo profesional, independiente, persistente, a veces incómodo, la democracia queda más sola, más expuesta a la propaganda, a la mentira eficaz, a la emoción sin evidencia y al poder sin control.
Yo no creo en el periodismo de trinchera, no creía en eso hace años y no creo ahora. Pero tampoco creo en un periodismo neutro en el sentido vacío de la palabra. Creo en un periodismo comprometido con ciertos principios irrenunciables: la verdad como horizonte, aunque nunca se alcance del todo; la verificación como método, la autonomía frente al poder, la conciencia del servicio público, la voluntad de mirar también a quienes no suelen ser vistos. Eso es especialmente importante en un país como el nuestro, donde tantas veces la discusión pública se concentra arriba, en las élites, mientras la vida de la mayoría sigue transcurriendo con problemas, urgencias y desigualdades que no cambian y que son tan concretas.
El periodismo tiene el deber de no olvidar a quién le debe su trabajo. Y yo sigo creyendo, profundamente, que los periodistas no trabajamos para nuestro ego, ni para nuestra tribu, ni siquiera solo para nuestro medio: trabajamos para la gente. Tal vez por eso este premio, además, tiene para mí una dimensión muy especial: viene del mundo de las mujeres periodistas.
Porque si una mira la historia de este oficio, y la mira de verdad, encuentra talento, coraje y excelencia femenina por todas partes, incluso en tiempos en que a las mujeres se nos exigía demostrar dos veces lo mismo para recibir la mitad del reconocimiento. ¿A cuántas no les ha pasado o no les ocurrió en el pasado que se fueron con prenatal y volvieron a un puesto que ya no existía, e iniciaron la carrera una vez más, de nuevo?
Mujeres que hicieron periodismo de alto nivel cuando el espacio público les era más estrecho, cuando la autoridad se vestía de hombre, cuando la conciliación entre trabajo, familia y vocación se resolvía, demasiadas veces, en silencio y a puro pulso.
Recibir un premio como éste obliga también a pensar en esa genealogía. En las que estuvieron antes. En las que abrieron puertas. En las que empujaron límites. En las que hicieron preguntas cuando no era cómodo hacerlas. En las que sostuvieron redacciones, micrófonos, libretas, coberturas y familias -con guagua incluida- al mismo tiempo. En las que pagaron costos por hablar fuerte, por saber mucho, por no pedir permiso.
Y obliga, también, a mirar hacia adelante. Porque no basta con celebrar a las mujeres cuando llegan. Hay que preguntarse en qué condiciones llegan. Cuánto les cuesta. Cuánto se les exige. Cuántas veces siguen siendo interrumpidas, puestas a prueba, encasilladas o juzgadas con criterios distintos. Y hay que preguntarse, además, qué tipo de liderazgo femenino queremos en el periodismo: uno que simplemente imite viejos modelos de poder o uno que aporte otras maneras de mirar, de trabajar, de conducir equipos.
En lo personal, una de las mayores alegrías de los últimos 15 años para mí ha sido hacer clases y encontrarme con estudiantes que llegan llenos de dudas, de entusiasmo, de ansiedad, de talento. Jóvenes que viven en un ecosistema informativo radicalmente distinto al que vivimos quienes partimos hace décadas. Jóvenes que han crecido entre pantallas, sobreexpuestos a la velocidad, a la opinión permanente y a la confusión entre visibilidad y relevancia.
Y, sin embargo, cuando una conversa en serio con ellos descubre algo muy alentador: que siguen buscando sentido. Que quieren aprender a contar bien. Que quieren entender el país. Que les importa la gente.
A esos estudiantes yo no quisiera entregarles un periodismo cínico. No quisiera enseñarles que todo da lo mismo, que todo es relativo y que basta con sonar convincentes, porque eso no es tan difícil... me están escuchando, uno suena convincente. Quisiera transmitirles algo más exigente, y al mismo tiempo más esperanzador: que el buen periodismo todavía importa. Que todavía hay diferencia entre la información trabajada y el ruido. Que todavía se puede ejercer este oficio con rigor, con humanidad y con sentido democrático. Que la credibilidad no se declama, se construye. Y que ninguna tecnología, ningún algoritmo, moda va a reemplazar del todo a una periodista o a un periodista que sabe mirar, escuchar, verificar y contar con honestidad. Pero también es mi deber -ojalá haya un alumno mío por aquí- pedirles más, exigirles llegar a cada clase informados, saber distinguir entre información y su opinión; y también que sea capaces de cuestionar y cuestionarse.
A esta altura de la vida, una ya sabe que el periodismo no salva el mundo. Pero también sabe que puede evitar que el mundo se oscurezca un poco más. Puede poner una luz donde alguien preferiría sombra. Puede hacer una pregunta incómoda. Puede abrir espacio a una voz que no estaba. Puede explicar mejor una realidad confusa. Puede evitar una injusticia. Puede acompañar en una emergencia. Puede ayudar a una persona a entender algo que afecta su vida. Y eso, aunque a veces parezca pequeño, no es poco. Nunca ha sido poco.
Por eso agradezco este premio con emoción, sí, pero también con responsabilidad.
Lo agradezco pensando en mi radio, en mis colegas, en mis maestros, en mis estudiantes, en mi familia, en mis hijos, en quienes han confiado en mí, en quienes me han corregido, en quienes me han acompañado y también en quienes me han exigido siempre más. Lo agradezco como mujer y como periodista.
Lo agradezco, sobre todo, como alguien que sigue creyendo que este oficio tiene sentido. Que vale la pena hacerlo bien, defenderlo y enseñarlo. Que vale la pena ejercerlo incluso en tiempos difíciles, de transformación. Incluso en tiempos en que todo parece tan veloz, tan hostil, tan frágil. Porque el periodismo será siempre una profesión, que así sea, que se mantenga en las universidades. Pero sobre todo seguirá siendo un oficio.
Y porque, al final, pese a todo, sigo creyendo lo mismo: sin periodismo, básicamente, no hay democracia ni el futuro mejor que todos y todas soñamos. Muchas gracias.
* Este fue mi discurso de aceptación del Premio Lenka Franulic 2025.