Si algo nos ha enseñado la geología es que la Tierra tiene memoria. Cada estrato rocoso, cada núcleo de hielo extraído de la Antártida o los Andes es un archivo invaluable que registra la historia de la temperatura, los gases de efecto invernadero y las extinciones masivas. Desde una perspectiva geológica, el cambio climático actual es un terremoto de tiempo profundo, pero con una velocidad inédita. Lo que la naturaleza tardó millones de años en estabilizar en forma del ciclo del carbono y el equilibrio térmico, la humanidad lo está desajustando en apenas dos siglos de industrialización frenética. Los registros fósiles nos muestran que cada vez que el dióxido de carbono aumentó bruscamente, la vida sufrió colapsos. La diferencia hoy es que el agente clave del cambio no es un volcán ni un meteorito: somos nosotros.
La ciencia climática, construida sobre décadas de observación satelital, modelamiento numérico y termómetros en cada rincón del planeta, es contundente. La temperatura global ha aumentado 1,2°C desde la era preindustrial, y Chile no es la excepción: el mega-dragón de la megasequía que azota desde hace más de una década tiene el sello de la crisis climática. Los glaciares de la cordillera de los Andes, verdaderas torres de agua para nuestra zona central, retroceden a tasas que ningún modelo optimista pronosticó para este siglo. La ciencia nos dice que incluso si hoy detuviéramos todas las emisiones, el calor acumulado en los océanos seguirá afectando el clima por décadas. Pero también nos dice algo crucial: aún hay tiempo para evitar lo peor, pero ese margen se mide en años, no en siglos.
Sin embargo, el problema no es solo técnico o geofísico. Es profundamente social. Las primeras víctimas del cambio climático en Chile no son quienes contaminan, sino quienes menos han contribuido al problema: comunidades campesinas en el secano interior, pueblos originarios en la alta cordillera, pescadores artesanales cuyas caletas ven cómo el mar se acidifica y las marejadas arrasan con sus herramientas de trabajo. La crisis climática exacerba las desigualdades. Quienes tienen recursos pueden instalar paneles solares, perforar pozos profundos o emigrar. Quienes no, enfrentan la pérdida de su hogar, su trabajo y su identidad. Por eso, cualquier solución que no tenga justicia social en su centro no será sostenible ni legítima.
Y es aquí donde la política entra en juego. Chile ha dado pasos importantes, como la Ley Marco de Cambio Climático, que establece metas de carbono neutralidad a 2050. Pero las buenas intenciones legales chocan contra realidades incómodas: permisos ambientales que demoran años para proyectos de energías renovables, subsidios implícitos a los combustibles fósiles que persisten en el sistema tributario, y una ciudadanía que con razón exige que la transición no signifique más sacrificios para los de siempre. La política climática no puede ser solo una cuestión de cúpulas técnicas o promesas electorales. Requiere participación ciudadana, justicia intergeneracional y la valentía de enfrentar a los poderes económicos que han construido su riqueza sobre la quema de carbono.
Desde la profunda memoria de las rocas hasta las demandas ciudadanas en las calles de Santiago o Copiapó, el llamado es el mismo: el cambio climático no es una amenaza futura, sino una realidad presente que ya está redibujando el mapa de posibilidades para este país. La pregunta no es si la Tierra sobrevivirá, de hecho, lo hará, como ha sobrevivido a catástrofes mayores, sino si la civilización que conocemos, con nuestras ciudades costeras, nuestra agricultura de secano y nuestra estabilidad política, podrá hacerlo. La respuesta no depende solo de la ciencia o de la geología, en particular, sino de una decisión colectiva que debe tomarse hoy, en cada comité de ministros, en cada junta de vecinos y en cada sala de clases.
Como señala un conocido proverbio ambiental, de autor desconocido: "No heredamos la Tierra de nuestros padres; la tomamos prestada de nuestros hijos". En Chile, ese préstamo se está agotando. La política debe estar a la altura de la geología: pensar en tiempos profundos, actuar con urgencia de incendio forestal y hacerlo con la mirada puesta en quienes más lo necesitan. Porque cuando las rocas escriban la historia de este siglo, no juzgarán nuestras palabras, sino nuestras decisiones.