Mientras el mundo vuelve a reunirse para debatir sobre ciudades inteligentes, conviene detenernos en una pregunta anterior y quizás más importante: ¿Están nuestras ciudades preparando a las personas para los empleos del futuro o continúan formándolas para un mundo que ya dejó de existir?
La inteligencia artificial, la automatización y la economía basada en el conocimiento están transformando el trabajo a una velocidad inédita. El Foro Económico Mundial estima que, de aquí a 2030, cambiará el 39% de las competencias esenciales que hoy requieren los trabajadores. Aprender, desaprender y volver a aprender dejó de ser una etapa excepcional para convertirse en una condición permanente.
Ese desafío no se resolverá únicamente desde las universidades, las empresas o los gobiernos. Se juega, sobre todo, en los territorios, allí donde esos actores pueden compartir capacidades y construir respuestas comunes. La Unesco denomina Ciudades que Aprenden a aquellas que movilizan sus recursos para ofrecer oportunidades inclusivas de aprendizaje durante toda la vida. Más que multiplicar cursos, se trata de crear ecosistemas donde el conocimiento circule, se conecte con las necesidades reales de las personas y genere bienestar.
La experiencia internacional demuestra que es posible. Singapur convirtió el aprendizaje continuo en una política de Estado mediante SkillsFuture, articulando formación, empleabilidad y corresponsabilidad entre trabajadores, empresas y Estado. Barcelona ha vinculado su estrategia de ciencia e innovación con las universidades, el emprendimiento y nuevas rutas de formación modular. Ambos casos comparten una convicción: el talento es la infraestructura estratégica del siglo XXI.
Chile posee condiciones extraordinarias para avanzar en esa dirección. Contamos con universidades de excelencia, capacidades científicas, centros tecnológicos, gobiernos regionales con mayores atribuciones y un ecosistema creciente de empresas basadas en el conocimiento. Sin embargo, estos activos aún operan de manera fragmentada. Tenemos iniciativas valiosas, pero todavía no una arquitectura que las conecte, les otorgue continuidad y permita medir su impacto.
Las universidades debemos asumir un liderazgo renovado. El modelo de formar durante cuatro o cinco años y graduar a una persona con un título ya no responde a trayectorias profesionales que cambiarán múltiples veces a lo largo de la vida. Debemos acompañar a estudiantes y egresados mediante programas flexibles, microcredenciales y formación híbrida; fortalecer la investigación aplicada y la transferencia tecnológica; y abrir nuestros campus a la colaboración con empresas, gobiernos y comunidades.
Con frecuencia hablamos de ciudades inteligentes como si la tecnología fuera suficiente. Pero una ciudad puede instalar sensores, plataformas digitales y sistemas automatizados; si sus habitantes no cuentan con oportunidades para desarrollar nuevas capacidades, esa inteligencia será incompleta. La inteligencia de una ciudad no se mide por sus sensores, sino por la capacidad de aprendizaje de sus habitantes.
Chile necesita un pacto metropolitano por el talento: anticipar las competencias que demandarán las transiciones tecnológica y ecológica; articular una oferta de formación continua reconocida por universidades, empresas y organismos públicos; impulsar innovación orientada a resolver desafíos territoriales y garantizar oportunidades para quienes enfrentan mayores brechas.
Como rector de una universidad pública y estatal, estoy convencido de que nuestra misión no termina al entregar un título. Debemos articular los ecosistemas de aprendizaje de nuestros territorios y conectar ciencia, educación, innovación y desarrollo social. El futuro no pertenece a las ciudades con más tecnología, sino a aquellas capaces de aprender colectivamente y convertir el talento en un verdadero bien público.