Hay una forma de ejercer el poder que se parece mucho a la pirotecnia, que hace mucho ruido, que brilla un instante en la oscuridad del descontento y que, al final, solo deja un penetrante olor a pólvora quemada y un puñado de cenizas en el suelo. El paso fulminante de Mara Sedini por la secretaría general de Gobierno (Segegob) pertenece a esa categoría de espectáculos efímeros que, sin embargo, logran retratar a la perfección la fisonomía moral de quienes hoy gobiernan.
Sesenta y nueve días duró el idilio. Apenas el tiempo necesario para constatar que los sets de televisión, con su ferocidad de mentira y su aplauso fácil, son un pésimo refugio cuando toca enfrentarse a la terca realidad de un país. Resulta enteramente conmovedor, por no decir patético, el lamento tardío de la exministra. Salir a denunciar en las pantallas que una mano negra y poderosa la obligó a "actuar", a despojarse de su propia voz para camuflarse en el anonimato de un "gobierno de fomes", no es un acto de valentía; es el despecho de quien descubre, demasiado tarde, las reglas del juego que ella misma ayudó a alimentar.
Durante semanas la vimos tropezar en vivo y en directo con las cifras del Banco Central, enredarse en argumentos jurídicos y balbucear ante las crisis cotidianas. El activismo de trinchera y el desprecio tuitero rinden dividendos en el reino del ruido digital, pero la administración del Estado exige una densidad y, sobre todo, una decencia intelectual que no se improvisa en un set de televisión. No la persiguieron las sombras; la persiguieron sus propios límites. Pero lo verdaderamente pavoroso de esta teleserie no es la caída de una funcionaria inexperta, sino la reacción de la tribu que la cobijaba. Cuando el veterano ministro García Ruminot despacha el asunto diciendo que la pataleta de Sedini "no es una buena idea", no está haciendo un análisis político; está emitiendo una orden de silenciamiento con la frialdad del burócrata que sabe que las piezas son intercambiables.
La guinda de este pastel autoritario la puso la diputada Macarena Santelices, al invocar la "traición a la patria" para castigar la indiscreción de la exvocera. Hay que tener una concepción muy retorcida, muy patronal de la democracia, para confundir la lealtad al anillo de hierro de un gobernante con el amor a la patria. Un ministro jura servir a sus compatriotas, no firmar un pacto de sangre con los estrategas que habitan el Segundo Piso de La Moneda. Pretender que la trastienda del poder sea un secreto de confesión de una secta hermética o un Club de Toby es un síntoma de una pulsión autoritaria que estremece. Los mismos que llegaron al poder prometiendo aire limpio y el fin de las viejas cocinas políticas, han tardado exactamente cuatro meses en mimetizarse con lo peor del secretismo, exigiendo una omertà corporativa a la vista y paciencia de todo el mundo.
Esta fractura expuesta nos regala, sin embargo, una lección indispensable en tres direcciones. Al ciudadano de a pie le abre los ojos frente a un gobierno que prefiere culpar a los hilos invisibles antes que asumir la incompetencia de sus rostros. Al periodismo le confirma un secreto a voces: que el círculo íntimo del Mandatario opera como una trituradora de carne, aislando a los suyos para que las encuestas del domingo no sangren. Y a la oposición le entrega la certeza de que la mentada "eficiencia" de la nueva derecha no era más que un decorado de papel que se desmorona ante la primera ráfaga de viento.
Las costuras del experimento autoritario han quedado a la vista. La vieja guardia conservadora ha salido a limpiar la sangre y a purgar el estilo tuitero que los llevó a la cima. Saber cómo se corta el queque en las sombras no es un chisme de farándula; es la evidente comprobación de que este proyecto político, a solo cuatro meses de instalarse, ya es incapaz de sostener sus propios mitos y prefiere devorar a sus hijos antes que confesar su propio vacío. Claro, ese decorado no se ve bien frente a las cámaras.