La rapidez de sus respuestas, y el inagotable acervo de información que maneja y que puede otorgar, son características cautivantes en la inteligencia artificial (IA). Lo mismo ocurre con su aparente empatía con el usuario. No es extraño entonces que, en el campo de distintas carreras, los profesionales respectivos y los usuarios en general recurran cada vez más a esta herramienta para resolver dudas y problemas de toda índole.
Pero este uso, útil para el profesional formado -que, por nuestra seguridad, esperemos que tenga al menos un plan de pago-, podría ser letal para el correcto desenvolvimiento de la propia formación profesional. Para el alumno de cualquier curso o carrera -salvo que posea un elevado sentido del deber- resulta difícil resistir la tentación de recurrir a la IA para reducir trabajo, sea para estudiar, escribir un ensayo o responder algún test (lo que, por lo demás, está revalorizando la importancia de los exámenes orales en carreras como Derecho). En numerosas ocasiones, el estresado y competitivo estilo de vida del siglo XXI empuja también a la elección de ese camino fácil.
Sin embargo, como dijimos en alguna de nuestras anteriores columnas(1), uno de los problemas más recurrentes en las respuestas de la IA es la alucinación, esto es, la divagación en que, a veces, incurre dicho programa. El resultado es información inexacta o derechamente falsa.
Empero, la IA no sabe que está entregando información errada, pues se limita simplemente a aplicar sus algoritmos. De ahí la necesidad del factor que, en mi opinión, marcará el éxito de los profesionales del futuro: el criterio. Llamaremos criterio -a falta de mejor nombre; me disculparán los expertos en educación- a la facultad de contrastar la respuesta de la IA con la formación profesional seria que ya posee el usuario. Esto es lo que le permite determinar si la información de la IA es verdadera o falsa.
La pregunta que se impone a continuación es, entonces, de dónde se obtiene esa formación seria. La respuesta me parece obvia, aunque puedo estar condicionado por mi propia experiencia estudiantil. En mi opinión, esa formación seria es la que resulta justamente de las asignaturas más arrinconadas por el paradigma productivista que se ha tomado la educación de las últimas décadas. En la Educación Media, la filosofía, la matemática, la lógica, la historia, la ética, los idiomas, la gramática. En la Universidad, las tradicionales asignaturas básicas de cada carrera -las del primer año, digamos-, cada vez más menospreciadas en favor de aquella parte de la formación profesional "que es la que da la plata", cumplen el mismo papel.
Todo ello, acompañado del clásico y aburrido método analógico -lápiz, papel y libros- que nos ha permitido contar con los excelentes profesionales y los progresos en ciencia y tecnología de que disfrutamos hoy en día. Algunos países del primer mundo recién parecen estar despertando del hechizo tecnológico, volviendo al lápiz y al papel, al menos en la educación básica(2).
Ojalá los centros educativos, los docentes, los expertos en educación, y los estudiantes entiendan no sólo el peligro del uso temprano e inmoderado de la IA para la formación integral del estudiante y del futuro profesional -es decir, antes de que el alumno haya desarrollado criterios básicos de identificación entre lo correcto y lo incorrecto-. La eliminación de asignaturas básicas aparentemente inútiles y gratuitas, pero que son las que forman el piso ético e intelectual para desarrollar bien las asignaturas prácticas, representa otro peligro igualmente grande. Más acentuado, pero más sibilino, ya que sus efectos tardarán décadas en manifestarse.
El paradigma productivista olvida que, en el futuro, la IA será más productiva que muchos de nosotros. El futuro es de los profesionales que tengan criterio. Estamos avisados.
(1) Los peligros de la IA aplicada al sistema judicial
(2) Educación sin pantallas: qué países ya avanzaron con restricciones en las escuelas