Año del cerebro. Parte I. Después de los demonios, el cerebro

¿Qué pensaría un médico del siglo XVII si pudiera observar una cirugía cerebral realizada con asistencia robótica y con paciente despierto o ver cómo una persona paralizada mueve un cursor mediante la actividad de sus neuronas? Probablemente creería estar frente a un milagro. Nosotros, en cambio, lo llamamos ciencia.

Lo que hace apenas 50 años habría parecido ciencia ficción, constituye hoy una realidad de laboratorio y, cada vez más, una realidad clínica que millones de pacientes observan con legítima esperanza. Por eso, en el Año del Cerebro que celebramos en Chile, la neurociencia abre sus laboratorios a la comunidad. No sólo para mostrar sus logros, sino porque la historia del cerebro es también la historia del intento por contestar quiénes somos, por qué sufrimos y por ciento, cómo llegamos a comprender que detrás de nuestros pensamientos, emociones y recuerdos no había demonios ni fuerzas sobrenaturales, sino un órgano tan extraordinario como enigmático y que aún seguimos intentando comprender.

Sin embargo, y digámoslo sin ambigüedades, toda época corre el riesgo de enamorarse de sus propios descubrimientos. Y las neurociencias no son la excepción.

Paradójicamente, algunas de las advertencias más lúcidas han surgido desde la propia neurociencia. Eric Kandel sostuvo que una comprensión biológica del cerebro es indispensable, pero insuficiente por sí sola para explicar la complejidad de la mente humana, insistiendo en la necesidad de integrar dimensiones psicológicas, sociales y culturales en el estudio de la experiencia humana. Mientras que Raymond Tallis criticó el reduccionismo neurobiológico contemporáneo mediante su noción de neuromania; y Sally Satel y Scott Lilienfeld cuestionaron el creciente neurocentrismo y la sobreinterpretación de las neuroimágenes.

La advertencia merece atención. No porque los avances sean ilusorios, sino precisamente porque son reales. La tentación de convertir cada descubrimiento, en una promesa de explicación total es real.

Una de las reflexiones más profundas sobre la mente no ha surgido exclusivamente desde las neurociencias. A comienzos del siglo XX, el filósofo japonés Kitarō Nishida denominó junsui keiken ("experiencia pura"), a la vivencia inmediata sin colocar delante una grilla previa. Esta idea sería posteriormente retomada y discutida, desde otros marcos teóricos, por el neurobiólogo Francisco Varela.

La intuición de Nishida, y del propio Varela, conserva una sorprendente actualidad. Podemos identificar las redes neuronales que participan cuando recordamos a un ser querido o contemplamos una puesta de sol. Pero, la descripción de esas redes no parece agotar completamente la experiencia de recordar o contemplar. Entre el mapa y el territorio persiste, en consecuencia, una distancia que la ciencia aún no logra cerrar.

Y es precisamente esta tensión la que vuelve tan fascinante la historia de las neurociencias. Es relevante recordarlo, aun cuando no guste del todo, que el estudio científico del cerebro en Chile, no comenzó con microscopios ni resonancias magnéticas. Comenzó con una revolución moral.

Es 1656, reina Luis XIV (sí, el mismísimo Rey Sol), y mediante un edicto se aíslan a quienes eran considerados locos. Encierra a mendigos, prostitutas, delincuentes y enfermos incurables en un solo gran espacio físico (galpones). No se trataba de una política sanitaria. La locura, debía desaparecer de la vista pública. Se debían "limpiar las calles" decía el edicto real francés. Es decir, se estaba lejos de interrogar por la enfermedad que padecía una persona, sino más bien, por saber qué fuerza oscura o maligna la gobernaba. El problema no estaba en el cerebro. Estaba en el alma, en el pecado, en la desviación moral o en algún posesivo demonio.

Fue la Ilustración la que comenzó a transformar radicalmente esta mirada. En ese contexto emergió Philippe Pinel, médico francés cuya figura quedó asociada al gesto simbólico de retirar las cadenas de los pacientes psiquiátricos. Más importante que el gesto, fue la idea de que el enfermo mental no era un poseído ni un criminal. Era un paciente. Así y por primera vez, el cerebro comenzó a sustituir al demonio como objeto de estudio.

Aquellas ideas cruzaron rápidamente el Atlántico. Entre quienes las trajeron a Chile estuvo Lorenzo Sazié, médico francés que participó en la formación de una incipiente Escuela de Medicina de la Universidad de Chile. Sus relatos, muestran que nuestro país había reproducido prácticas similares a las europeas. Los enfermos mentales de familias acomodadas eran ocultados en las quintas alejadas de la ciudad, por su parte, las familias pobres, confinaban a sus parientes dementes junto a otros grupos marginados (en una suerte de foso común). No existía tratamiento. Existía ocultamiento.

Los esfuerzos de Lorenzo Sazié y posteriormente de su hijo Carlos contribuyeron a institucionalizar la psiquiatría moderna en Chile. Lentamente, y en una suerte de epifanía intelectual del tipo "desencantamiento del mundo" (Entzauberung der Welt) propuesto por el alemán Max Weber, el cerebro comenzó a ocupar el lugar que antes habían ocupado las supersticiones. Por cierto, esos esfuerzos pertenecían a un Chile que ya caminaba hacia la modernidad de su sociedad.

Durante el siglo XX, esa transformación encontró continuidad en una notable tradición científica nacional. Los trabajos pioneros, en cucarachas, de Joaquín Luco (paradójicamente apodado "el loco Luco") sobre plasticidad cerebral, abrieron un camino que más tarde recorrerían investigadores como Mario Luxoro, Francisco Bezaniila, Ramón Latorre, Cecilia Hidalgo, Nibaldo Inestrosa, Humberto Maturana, Francisco Varela, María Teresa Pinto- Hamuy, Héctor Croxatto y Carlos Eyzaguirre, entre muchos otros. Gracias a ellos y a las nuevas generaciones de investigadores, hoy sabemos que la enfermedad mental no responde a posesiones demoniacas ni a castigos sobrenaturales, sino a complejas interacciones biológicas, psicológicas y sociales.

Esa historia nos deja una enseñanza: las neurociencias nacieron cuando dejamos de buscar demonios y comenzamos a estudiar cerebros. Pero el progreso científico no consiste sólo en ampliar el conocimiento, sino también en reconocer los límites de nuestras explicaciones. Una sociedad madura no reemplaza un dogma por otro; sustituye la certeza por la pregunta.

Hoy, en el Año del Cerebro, esa pregunta adopta nuevas formas. La convergencia entre neurociencias e inteligencia artificial promete restaurar funciones perdidas y expandir las posibilidades terapéuticas, pero también obliga a interrogar la privacidad mental, la autonomía cognitiva y el significado mismo de la libertad cuando la frontera entre cerebro y máquina se vuelve cada vez más difusa. No es casual que Chile haya sido pionero en el debate sobre neuroderechos. La protección de la identidad mental podría convertirse en una de las grandes discusiones éticas del siglo XXI.

Quizás, el mayor triunfo de las neurociencias no consista en haber resuelto el enigma humano, sino en haberlo vuelto más profundo. Porque cuanto más conocemos el cerebro, más advertimos que la experiencia humana sigue siendo más vasta que cualquiera de nuestras explicaciones.