Kast y la guitarra: entre estrategia y disonancia

Coescrita con Hernán García Moresco, licenciado en Educación en Matemática y Computación, magíster (c) Ingeniería Informática

En un análisis previo, por parte de estos mismos autores, se destacó la capacidad de José Antonio Kast para instalar un gabinete que sorprendió por su composición, marcado menos por la irrupción de independientes y más por la fuerte presencia del mundo privado (la Cancillería es la máxima expresión). Aquella decisión se interpretó como parte de un "gobierno de emergencia", de carácter misional, cuyo desempeño permitiría evaluar con el tiempo su grado de pragmatismo en la conducción política.

Sin embargo, los primeros días de gestión evidenciaron tensiones entre discurso y práctica. El anuncio de un recorte presupuestario del 3% en todos los ministerios -justificado en el deterioro de las arcas fiscales- se percibió distante de la realidad cotidiana de la población (ahora ha retrocedido en seguridad pública). Más que una convicción programática, fue el contexto internacional el que terminó imponiendo decisiones abruptas y rudas, tensionando la estrategia gubernamental y afectando su posicionamiento en la opinión pública, que pronto buscará revertir.

En este escenario, la metáfora de "distinto es con guitarra" resulta ilustrativa (muy usado para el gobierno de Boric). Por ello el gobierno buscará, cambiar cuerdas antes de cumplir su primer micro-ciclo, ajustando su tono frente a los costos políticos emergentes (sin éxito). La narrativa de un país en quiebra, promovida por la administración Kast (con Cristian Valenzuela como principal asesor de la comunicación política del gobierno), no logra instalarse con credibilidad, incluso generando discrepancias entre sus propios aliados y gabinete. Así, el énfasis misional-ideológico terminó desplazando o relegando, la necesaria gradualidad en la implementación de medidas sensibles, como el alza de combustibles, optando por un enfoque de shock que profundizó el malestar.

Estas decisiones se vuelven aún más difíciles de sostener cuando se contrastan con medidas paralelas, como la reducción de impuestos corporativos al gran empresariado, el aumento de remuneraciones en equipos asesores o los gestos simbólicos de alto costo político (en materias de DD.HH., por ejemplo, como es colocar en pausa lo referido a Colonia Dignidad o tensionar el Plan Nacional de Búsqueda). La sensación de "emergencia" parece entonces no radicar en el Estado, sino en la tensión entre la realidad construida por el gobierno desde la campaña hasta ahora y sus efectos sobre la ciudadanía, donde el alza de los combustibles en NO gradualidad, muestra indolencia y definición misional.

En política exterior, el distanciamiento hacia a Michelle Bachelet para instancias internacionales marcó un quiebre con la tradición diplomática chilena. Argumentos como la inviabilidad de la candidatura o la dispersión regional de otras candidaturas resultaron poco convincentes frente a presiones geopolíticas más amplias, evidenciando una orientación estratégica alineada con intereses poco diplomáticos, particularmente en relación con Estados Unidos. Se impuso la definición misional versus la pragmática.

Paralelamente, decisiones iniciales (como la revisión de decretos ambientales o promesas emblemáticas en materia migratoria), han perdido centralidad en la agenda pública, desplazadas por nuevas controversias y ajustes (vértigo kastiano). Las reacciones sociales, aunque presentes, han tenido un impacto menor, frente a la caída en las encuestas. Revelando que el principal termómetro del gobierno seguirá siendo la opinión pública más que la movilización social (por el momento), a menos que en su diseño, igualmente busque relevar la idea de la Geografía de la Multitud, en otras oportunidades comentada.

En este contexto, la posición de quienes defienden intereses empresariales frente a un gobierno cuyas decisiones impactan directamente a trabajadores y trabajadoras contribuye a instalar, a lo largo y ancho del país, una sensación de abandono y un profundo incumplimiento de los compromisos asumidos en campaña por Kast.

En un escenario donde disentir frente a los errores del gobierno no implica mayores costos, la oposición enfrenta el desafío de ordenar su estrategia y discurso. Esto resulta clave, ya que, en la medida en que el gobierno avance en la implementación de su programa y "lógrese" validación ciudadana, una crítica desarticulada puede volverse políticamente ineficaz, dejándola sin relato ni respaldo. En este marco, factores externos como el alza del precio del petróleo -atribuida a la coyuntura internacional y a liderazgos como el de Donald Trump- operan hoy como un argumento central de crítica acelerada por la acción de shock gubernamental; sin embargo, si dicho contexto cambia, también lo hará la capacidad de sostener ese cuestionamiento.

Así, mientras el gobierno define el ritmo y la melodía, la oposición no logra afinar sus instrumentos (aún). El resultado es un escenario donde la política pierde armonía y la ciudadanía se repliega hacia lo individual, sin perjuicio de las movilizaciones que se emplacen en esta loca geografía nacional. Cuando cada actor toca su propia guitarra, no hay proyecto colectivo posible, solo ruido. Y en ese ruido, se diluye la posibilidad de construir una alternativa que convoque, represente y proyecte un horizonte compartido en la diversidad territorial y social actual y futura.