Dejé la Prorrectoría de la Universidad de Santiago de Chile y retomé plenamente mi dedicación a las labores académicas como profesor titular del Departamento de Física de la misma universidad. Pero uno no vuelve exactamente igual después de haber debido tomar decisiones en momentos donde conducir una institución deja de ser un ejercicio teórico y pasa a vivirse desde la complejidad de sus decisiones.
Las universidades no son estructuras abstractas ni edificios llenos de procedimientos. Son organismos complejos, profundamente humanos, donde conviven proyectos, tensiones, expectativas, convicciones y desacuerdos. Y como toda institución pública, no se ponen verdaderamente a prueba cuando todo funciona bien. Se ponen a prueba cuando aparecen las crisis, las diferencias se profundizan y las decisiones dejan de tener costos teóricos para transformarse en responsabilidades concretas.
Asumí como prorrector en noviembre de 2025. Meses después, me correspondió asumir como rector subrogante en un contexto particularmente desafiante para nuestra universidad. No pretendo reconstruir aquí una cronología institucional. Lo importante es una convicción que esa experiencia reforzó profundamente en mí: liderar instituciones públicas rara vez consiste en administrar momentos cómodos. Muchas veces consiste en asumir el costo de decidir cuando la incertidumbre crece, los consensos se tensionan y la institución necesita conducción.
Gobernar una universidad pública rara vez admite soluciones simples. Convergen variables humanas, legales, financieras, académicas y políticas que difícilmente caben en diagnósticos rápidos. Y hacerlo hoy implica, además, enfrentar desafíos asociados a transformación tecnológica, sostenibilidad institucional, competencia global por talento y conocimiento, confianza pública y nuevas expectativas sociales.
No es una tarea simple. Tampoco debería serlo. Las universidades públicas no solo forman capital humano avanzado y producen conocimiento. También sostienen movilidad social, alimentan deliberación democrática y amplían la capacidad de un país para imaginar y construir futuros posibles. Por eso, en sociedades donde la confianza institucional parece erosionarse con facilidad, contar con universidades robustas, legítimas y capaces de navegar la complejidad no es un asunto administrativo secundario: es una necesidad estratégica para la democracia, la cohesión social y el futuro.
Sin embargo, quizá uno de los aprendizajes más importantes de estos meses tiene que ver con algo menos visible: las instituciones requieren conducción, pero también equipos capaces de dar continuidad a sus procesos incluso en contextos de incertidumbre.
En medio de contextos exigentes, hay funcionarias y funcionarios que mantienen procesos críticos funcionando; académicas y académicos que continúan formando estudiantado e impulsando conocimiento; profesionales y equipos administrativos que permiten que una universidad siga operando incluso cuando la incertidumbre parece dominar el ambiente. A veces hablamos de las instituciones desde sus estructuras formales, pero en realidad también descansan sobre personas concretas que, silenciosamente, sostienen su funcionamiento cotidiano.
Ese compromiso merece mucho más reconocimiento del que solemos otorgarle.
Las universidades necesitan crítica. La deliberación, la discrepancia y el pensamiento crítico forman parte de su ADN. Pero también necesitan algo menos frecuente: voluntad de construcción institucional. Existe una diferencia importante entre cuestionar para mejorar y cuestionar sin asumir nunca la carga de proponer, decidir o sostener.
Quizá por eso volver plenamente al Departamento de Física no se siente como abandonar una responsabilidad, sino como cambiar de lugar desde donde ejercerla.
En la universidad, servir no ocurre únicamente desde cargos directivos. También ocurre desde una sala de clases, desde un laboratorio, desde una tesis dirigida, desde un proyecto de investigación, desde una conversación con el estudiantado o desde la construcción paciente de conocimiento útil para la sociedad.
Los cargos son transitorios. Las instituciones permanecen.
Y quizá una de las lecciones más importantes que me deja esta experiencia es precisamente esa: servir a una universidad pública no consiste en aferrarse a posiciones de liderazgo, sino en estar dispuesto a contribuir donde la institución más lo necesita en cada momento.
Porque, al final, las universidades públicas no se sostienen por la ausencia de conflictos, sino por la voluntad de sus comunidades de hacerse cargo de ellas. Tal vez ahí resida también una parte importante de la fortaleza -o fragilidad- de nuestras instituciones.