Todavía puede amanecer

En Chile, la Navidad siempre ha tenido algo entrañable. Huele a pan de pascua, a mesa apretada, a fin de año con calor y cansancio. Tiene música, luces, niños, regalos, recuerdos. La Navidad conmueve, humaniza y acerca el misterio de Dios a nuestra fragilidad. En un niño nacido en la periferia, en un pesebre pobre, reconocemos que Dios entra en la historia desde abajo.

Pero para la fe cristiana, la fiesta decisiva no es esa sino Pascua de Resurrección. Y no por una sutileza litúrgica ni por una jerarquía de especialistas. Cada día nace gente en hospitales públicos, en clínicas privadas, en pueblos del norte y del sur, en campamentos, en casas de esfuerzo silencioso, en medio de la alegría o de la incertidumbre. Nacer es el comienzo de la vida. Han nacido millones de seres humanos. Pero, para la fe cristiana, solo uno ha resucitado. Y en ese hecho incomparable se concentra la esperanza radical del Evangelio.

La resurrección no es un consuelo piadoso para después de la muerte sino la afirmación histórica y teológica de que la muerte, la injusticia y la opresión no tienen la última palabra. Resucitar, para la fe cristiana, es la derrota de la muerte. Y esa victoria no se le atribuye a nadie más que a Jesús. En eso la Pascua supera cualquier sentimentalismo religioso, pues no celebra solo un recuerdo, sino que una promesa activa de transformación.

Por eso la Pascua es el corazón del cristianismo. Sin resurrección, Jesús sería apenas un hombre extraordinario, admirable, conmovedor incluso, pero finalmente vencido. Un profeta más aplastado por el poder. Un justo más devorado por la historia. La resurrección afirma que el verdugo no tuvo la última palabra, que el sepulcro no selló definitivamente el destino del crucificado, que Dios no abandonó a su Hijo del lado de la muerte.

Siempre me ha producido, eso sí, una cierta incomodidad que el gran símbolo del cristianismo sea la cruz. Entiendo su fuerza. Entiendo que ahí se concentra el drama humano. La injusticia, el miedo, la traición, la cobardía, el abuso del poder contra quien incomoda. La cruz desnuda al mundo. Pero, aun así, algo en uno se resiste a que la fe quede clavada para siempre en ese madero. Resuena con fuerza la crítica que popularizó Antonio Machado y luego Serrat: "Oh, no eres tú mi cantar / no puedo cantar / ni quiero / a ese Jesús del madero / sino al que anduvo en la mar". En esa intuición hay una verdad profunda. El Jesús que salva no es el de la agonía perpetua, sino el que caminó sobre las aguas, liberó, sanó, convocó a los últimos a la primera fila del Reino.

Porque cuando la cruz se separa de la resurrección, el cristianismo corre el riesgo de volverse una pedagogía de la resignación. Sabemos de una religión que a veces les habló a los pobres más de obediencia que de dignidad, más de aguantar que de levantarse, más de premio en el cielo que de justicia en la tierra. Una religión que podía terminar bendiciendo el sufrimiento en vez de combatir sus causas. Adorar permanentemente la cruz sin pasar a la Resurrección es quedarse en el viernes santo, es hacer del sufrimiento un fin en sí mismo, es justificar, en el peor de los casos, el dolor de los pobres como si fuera voluntad divina.

La Pascua no puede leerse desde los balcones de la historia, sino desde abajo, desde donde viven los crucificados de este mundo. Y en Chile esa palabra no suena abstracta. Aquí los crucificados han tenido cuerpo y biografía. El obrero maltratado, la madre de la población que estira la olla, el campesino olvidado, el joven al que se le cierran todas las puertas, el extranjero estigmatizado, la mujer golpeada, el anciano con pensión miserable, el niño que parte dos cuadras más atrás que los demás.

Desde esa mirada, la resurrección no es una evasión piadosa ni un truco para consolar derrotados. Es la gran desmentida de Dios a los poderes que administran la muerte. Es Dios diciendo que la injusticia no es eterna, que la víctima no queda botada en la cuneta de la historia, que el dolor no tiene rango sagrado y que el miedo no merece la última palabra. La Pascua no canoniza la cruz. La desautoriza.

Eso cambia por completo el sentido de la fe. Porque creer en la resurrección no consiste solo en esperar que algo ocurra después de morir. Consiste en ponerse del lado de la vida aquí y ahora. Del lado del hambre que debe ser saciada, de la dignidad que debe ser reconocida, de la comunidad que debe ser reconstruida. Consiste en negarse a aceptar como natural que unos pocos vivan como si Chile les perteneciera entero, mientras otros apenas sobreviven. Consiste en afirmar que este país no está condenado para siempre a la desigualdad, al abuso y a la intemperie moral.

Nuestro Dios es el Dios de la vida, no del sacrificio por el sacrificio mismo. Ese acento importa. Porque a veces pareciera que algunos cristianos admiran tanto la cruz que olvidan para qué fue removida la piedra. La verdadera paradoja es que la cruz solo tiene sentido porque está vacía. El crucificado ya no está allí. La obsesión con el Jesús del madero ha servido demasiadas veces para adormecer las conciencias, invitando a la resignación. La Pascua de Resurrección es otra cosa. Es un llamado a la insurrección de la esperanza.

Por eso la Pascua es más grande que la Navidad. En Navidad celebramos que Dios entra en nuestra precariedad. En Pascua celebramos que ni siquiera esa precariedad, ni la violencia, ni la muerte pueden expulsarlo definitivamente del mundo. Navidad enternece. Pascua sacude. Navidad contempla a un niño. Pascua anuncia una victoria. En Navidad celebramos que Dios vino. En Pascua celebramos que la muerte no pudo con Él ni, por tanto, con nosotros.

Si bien el pesebre es el inicio del camino, la tumba vacía es la meta. En este mundo de sombras, la Pascua recuerda que la vida, y no la muerte, es el destino final de la humanidad. Cristo ha resucitado. Y con Él, debe resucitar nuestra voluntad de transformar el mundo.

Tal vez por eso, si el cristianismo quiere volver a decir algo verdadero en Chile, no debiera quedarse solo mirando el madero. Debiera mirar también el sepulcro vacío, la piedra removida, la mañana nueva. Aprender a celebrar la Pascua con la misma intensidad con que celebra la Navidad. No al Jesús del madero como término, sino al que anduvo en la mar. Al que resucitó. Al único que lo hizo. Porque la fe no nació para enseñarnos a adorar el dolor, sino para recordarnos que la vida, incluso cuando parece derrotada, guarda una última reserva de sentido. El crucificado ha resucitado. La historia no está cerrada. Todavía puede amanecer.