11 de marzo: balances y diagnósticos

Se suele decir que las mudanzas son el tercer evento más estresante de la vida. Después del matrimonio y el divorcio. El 11 de marzo en La Moneda tiene mucho de eso: cajas de cartón mal selladas, cuadros que se descuelgan y escritorios que, despojados de sus decretos, revelan su modesta desnudez de enchapado. Pero también enseña prudencia: lo importante no desaparece con el traslado. En política pasa algo parecido: cambian las autoridades, pero la sociedad -con sus tensiones- permanece; se va un gobierno, llega otro, y el país sigue ahí, mirándonos con la misma cara de incertidumbre de siempre.

Y, como en toda mudanza, queda una tarea inevitable, casi doméstica. Detenerse un momento y mirar qué quedó, qué se rompió en el traslado y, sobre todo, por qué nos cambiamos.

Aparecen entonces los balances. Y, con inventario en mano y con un mínimo de buena fe -virtud escasa en estos tiempos de Twitter y hoguera-, estos hitos no pueden desconocerse: alza histórica del sueldo mínimo, 40 horas, copago cero en Fonasa, royalty minero y estrategia del litio; avances en pensiones; creación del Ministerio de Seguridad; Plan Nacional de Búsqueda; y una reducción significativa de la inflación, entre otros. Todo eso desmiente la idea de una administración hecha sólo de palabras. En un país fatigado y desconfiado, importa.

Y probablemente, como ha ocurrido otras veces, con el paso del tiempo -y a la luz del desempeño del próximo gobierno- esos logros puedan valorarse más.

Pero hay un segundo balance, más latente: el de las expectativas.

Porque el juicio sobre un gobierno no se mide solo por los metros de pavimento, sino por la distancia entre lo prometido y lo posible; entre el entusiasmo inicial y la experiencia final. El actual Presidente no llegó como un administrador de paso corto, sino como portador de una expectativa mayor: el estallido había develado por fin el conflicto estructural y la política debía girar para ponerse a la altura. A eso se sumó la pandemia, que no sólo movió cifras: desordenó la vida. Con estallido y pandemia, Chile no estaba simplemente "exigiendo políticas"; estaba exigiendo sentido.

Tras el rechazo de la primera propuesta constitucional, la gestión cambió. En retrospectiva se repite una frase tranquilizadora: "la realidad se impuso", como si la realidad fuera un equipo de fútbol que ganó por goleada en el último minuto. Describe el giro, pero cubre lo esencial: una cosa es ajustar la gestión al nuevo equilibrio y otra distinta es revisar el diagnóstico que sostuvo la promesa. Se puede moderar la conducta sin abandonar la premisa. Se puede hablar de orden sin haber pensado de nuevo el malestar.

El problema, entonces, no es sólo de desempeño: es de interpretación. La política no actúa primero; interpreta. Y si el diagnóstico es parcial, las políticas pueden ser razonables y aun así fallar en lo principal: no dar con lo que insiste, que tarde o temprano, cobra.

El gobierno que está por asumir, en las antípodas del que se va, con el pecho inflado por una victoria de gran magnitud, obligará a preguntarse cómo se llegó hasta aquí. Pero Chile no despertó con otra alma; el país sigue ahí. Lo que ocurre es la emergencia de una corriente que estaba ahí y que ahora encuentra cauce. El punto delicado es que esta derecha pretenda convertirla en mandato de restauración: no sólo "poner orden", sino reorientar el rumbo económico y cultural del país. Porque cuando se habla de orden cultural -de qué vidas, qué ideas, qué conductas vuelvan a ser aceptables- se suele estar hablando también, aunque no se diga, de derechos concretos: reconocimientos, apoyos, garantías y protecciones que sostienen la vida cotidiana.

Si 2019 obligó a reconocer un malestar ignorado, 2026 obliga a reconocer otro -distinto, contradictorio- que también fue desoído. Chile no habla con una sola voz: habla en ambivalencia, como un coro desafinado. Puede querer dignidad y exigir castigo; demandar derechos y pedir autoridad. La política fracasa cuando elige una sola cuerda y cree que con eso interpreta toda la música.

Para la izquierda y la centroizquierda, la tarea no es sólo defender o relativizar el legado del Presidente Boric. Es más ingrata: revisar el diagnóstico. Porque si el diagnóstico permanece intacto mientras la realidad se mueve, la política se vuelve repetición: insiste, se indigna, acusa, y pierde contacto con la calle -no la simbólica-, sino la de la experiencia cotidiana.

Porque la política no se mide sólo por lo que hace, sino por lo que comprende. Y cuando no lo logra, incluso sus aciertos se vuelven frágiles: quedan sin relato, sin arraigo, sin futuro. El 11 de marzo, entonces, no debería entenderse como un cambio de piel, sino asumirlo como una advertencia colgada en la puerta de la casa nueva: las sociedades no perdonan que se las interprete mal. Y menos aún, que se insista en hacerlo.

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