Colchonero y Rey de Bastos

Por años han ganado los mismos de siempre: los frescos, los aprovechadores, los ventajistas, los que no encuentran límites a su ambición; los interesados, los chantas y charlatanes, los care´ raja; los inadaptados de siempre que sin embargo, se adaptan de lo más bien; los que no entienden que la ética del bien común se funda con amplitud, en la estatura moral del bien individual y que la sociedad se gesta desde los pequeños detalles, desde los actos honestos aparentemente menores, casi invisibles como las energías portentosas del amor.

Por eso estamos como estamos, hay una ambición la que nos devora, la pretensión infinita, como el oro del Rin, el anillo de las tinieblas, el grial oscuro del mal.

Y ahí estamos, celebrando la pillería, el despropósito, incendiando los templos de Diana, quemando los libros de Orwell, vomitando en los fotogramas de Tarkowsky, volviendo al mundo de Ares para no volver a tejer nunca más los hilos mágicos de una vida pródiga de energías vitales constructoras e imperecederas.

Estamos aquí, sumergidos en una amalgama de estiércol y grasa, de ruido y odio, rodeados de aquellos que exaltan la chispeza, la ofensa, el desparpajo, la trampa, la ventaja sobre los demás; que levantan con algarabía la sociedad de la desigualdad por decreto, dedicación monacal y cierto cinismo, levantando falsos héroes: delincuentes, ladrones estafadores y truhanes, sino patudos, ignorantes o envalentonados.

Creemos que el valiente es el que insulta, el prepotente de armas y puños, el de ideas extraviadas con alevosía. Celebramos a los energúmenos, a los barrabrava, al inculto, al que cree que la vida es amasar fortuna, el que desprecia la Historia y el arte, el que cree que la vida se nos va ganándole al otro.

Estamos en medio de la necedad y el disparate, no tenemos tiempo para otra cosa, los días se escabullen entre la mentira y la liviandad de lo aparente; el tránsfuga reina, el auto caro, la plata fácil, el himno alargado, la mano en el corazón signo de un chovinismo siempre falaz, esquivo, innecesario; idolatramos al pergenio que hace un gol con la mano, el periodismo vociferante, al académico dedicado más a rodearse de adláteres que lo elijan a cambio de horas de clases, y todo por un puñado de dólares más, como en las películas de Leone, aunque sin siquiera respetar los elementales códigos del Farwest.

Reina el que se arregla con el parquimetrista, el que da propinas miserables, el miserable que entrega limosnas a cambio de privilegios, el privilegiado que abusa, el trabajador que no trabaja, el policía que hace y que no hace, y que en su hacer o no hacer se arrancan los suspiros del último asaltado, mientras sus generales erguidos bajo sus gorras altivas se desangran para aparentar lo que no son.

Enaltecemos al que engaña mintiendo, el que minimiza, el que oculta parte de la verdad de una cosa; el que ha manipulado las cosas vendiendo a su propia madre, como al alcalde que para tener poder es capaz de desdecir su propia ideología, abrazar una distinta o no tener ninguna, a cambio de pobres pero significativos puntos en la próxima encuesta.

Ya no sirven las ideas ni las utopías, ahora gloria eterna al Poder por el Poder. Ungimos ante Su Santidad al que ha hecho dinero a costa de los otros, como casi todos quienes hacen dinero, aprovechándose de las circunstancias en propio beneficio, recorriendo con sapiencia los intríngulis de palacio y del sistema que se lo permite desde la más tierna cuna; al que se las arregla para no pagar impuestos o pagar menos; el que tiene contratada a la familia para disminuir ingresos, al que birla un cafecito extra en el precio del menú, el que posterga el digno sueldo de un proveedor con un pago de factura retrasado en unas semanas, so objeto de desdeñar los intereses que el capital produce; al que con la plata de todos pavimenta sus propios derroteros, aquellos que sientan hijos en la mesa del poder, instala ministros salidos de su intimidad genealógica, distribuye cargos a los de su clase, su fe o su sangre; al que aprovecha los vericuetos del código penal para exculpar a los culpables de los crímenes, como a su propio hijo que borracho asesinó a un campesino en bicicleta en los caminos del Maule, a los maulosos que driblean con el mazo de cartas adjudicándose los póker o los fules con el mismo descaro que hacen maniobras para destruir el Estado de derecho o torcer las voluntades del pueblo a cuatro columnas en papel de diario o con dos regimientos desplegados en el centro.

Descarados, sinvergüenzas, insaciables gorilones de la sociedad, instalados en cada rincón del poder, distribuidos equitativamente en el anonimato de la población, grandes y pequeños estafadores, influyentes personeros públicos y privados, insignificantes vecinos de barrio, todos cortados con la misma tijera, la de la prepotencia desbordante, las cuchillas filosas de la avaricia de la insolencia y la patraña, regada por incultura y la deseducación, la droga y el pillaje, los falsos ídolos y las ideas falsas, la faramalla farandulera, la idiotez de lo inmediato, la estupidez que no tiene nombre, la voracidad del neoliberalismo formando secuaces de un sistema que lo aturde y lo atonta aún más, cada día, a cada rato, sin darse cuenta como zombis de pantallas incandescentes, como muertos vivientes de un mundo que agoniza a causa de ellos.

Seguiremos chatos, mientras existan los piratas, los farsantes y los embusteros, los vándalos, los saqueadores de barrio y los de cuello y corbata, los adalides de lo posmoderno que antes de tiempo quisieron terminar con la Historia de Napoleón y Quevedo, de Platón y el Renacimiento.

Aquellos que estrujan el sistema en nombre de la democracia, de la República o del Estado de derecho, no habiendo - en realidad - verdadera democracia, ni República ni Estado de derecho, ni nada, solo el beneficio de los beneficios. los márgenes de la riqueza, las infragmentadas dimensiones de la ambición, ya que las ventajas son patrimonio de pocos, de los mismos mismísimos, de los que aprovechan el sistema de gallos y medianoches, burlándose de Fulano y Mengano, de la soberanía y del pueblo, de los cantores y los obreros.

De ahí los militares corruptos, por ambición: la joya de la señora, la perla en la solapa, las cuentas en el extranjero. Hay viajantes y viajeros, turistas de vidas que no tenemos para aparentar lo que no somos, el lujo pobre de una platería opaca, de una vida aparentemente sofisticada pero repleta de resentimiento; la clase política que no deja sus espacios de poder, por poder de ambición de dineros e ideas, las huestes universitarias retorcidas sobre si mismas, aisladas del mundo real, reproduciendo un conocimiento que sólo sirve para aumentar el ego y disminuir el espacio libre en la pared de los galvanos.

La prensa instalando la Verdad del Siglo y la de los avisadores que la financian, avisadores con la suya propia, verdad de marcas y valores, marcas que también tergiversan la realidad para presentarnos una realidad irreal de brillos, modelos y sol, de bienestares efímeros, de miedos telúricos, de escalas de percepciones y zanahorias y garrotes.

Una vez más el forro, el delincuente, el tránsfuga, el corredor de intereses, el lobista, el amigo de los amigos que cerca favores y aprueba amores sociales; el analista de redes, el intermediario de contactos, el oportunista sentado al café todas las mañanas, dispuesto a  medialunas y comisiones; los compañeros, los colegas, los correligionarios, sentados en torno a una misma cofradía para ayudarse y, por cierto, con ello, desayudar a los demás, a los que no están en la  mesa, a los que no tuvieron suerte. Y no la tendrán.

Ambición es el verbo a pronunciar, frágiles ladrillos que subimos para pisotear la visibilidad del otro, del alter ego como un legítimo ser de una conciencia colectiva y definitiva que da razón a nuestro ser.

¿Difícil? Mejor olvidarse que la vida cuesta, la verdadera vida exige luchas verdaderas pero no con los demás sino con uno mismo, para fortalecer su propio ser en el otro, en la bondad de la caridad verdadera que no es sino la educación al prójimo, el amor fraternal y la construcción de justicia humilde no aquella de arreboles y columnas corintias o compuestas, a la sombra de la mujer semidesnuda portadora de una balanza de mármol. 

Celebramos a los matones, a los capos, a los padrinos, a los ricos, a los arrogantes, damos Nobel a los poderosos del verbo y el misil, del obús y la pistola; celebramos a los vaqueros que matan indios, al galgo terrible, al malembe, al buscador de oro y brillos fáciles, al escalador y al arribista; hartos ya del prestidigitador de sermones, el charlatán y sus secuaces, defendemos al cura abusador que bautizó a nuestros hijos con la santa unción del óleo divino, ponemos las manos al fuego por el irlandés confesor de pecados, y nos hincamos como ovejas frente a una imagen de yeso pintado de hombre y otra de greda pintada de virginales blancos; apuntamos a las prostitutas cuando hemos sido nosotros los prostituidos.

Pero todo tiene que cambiar, desde el más sencillo de los afectos humanos a los nuevos pactos sociales traducidos en democracia verdadera; el del abrazo sincero, el del beso sin remilgos, la amistad generosa de los que donan, de los buenos que circulan anónimos por las calles silenciosas desplegando sonrisas y saludando a diestra y siniestra levantando el sombrero.

Solo así, no será lo mismo ser derecho que traidor, ni ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador ¡Todo será distinto, todo será mejor! Distinto un burro que un gran profesor, y por fin, no será lo mismo ser cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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