Consigna y pandemia... ¿quédate en casa?

El #QuédateEnCasa es una de las principales consignas actuales, pero también privilegio imposible para muchos y muchas. Que además de lidiar con la angustia de salir cada día, deben asimismo soportar la culpa de tener que hacerlo.

Como si ésta fuera de ellos. No lo es.

Los que sí pueden, es en gran parte, gracias a ese rezago de vínculo jurídico que todavía nos queda, que da protección a quienes trabajan. Y a un Estado que, aún, tiene memoria para resguardar ese derecho.

No es culpa entonces de los que tienen que salir, para entre otros objetivos también resguardar a los que se quedan. Si no más bien, es el resultado de una sociedad que reniega de la protección, en aras de la máxima libre circulación de las mercancías. Dónde la fuerza de trabajo es una más de ellas.

Cierto, que una cuarentena no puede ser nunca total. Pero dónde se dice que ocurre de esta forma, se distingue entre la sobrevivencia colectiva y la individual.

La culpa en este caso no era mía, pueden también decirlo. No es cierto que esta tormenta o pandemia nos encuentre en el mismo barco a todos. Estamos sí en la misma marea. Pero algunos están en humildes botes, otros en lanchas o incluso  elegantes cruceros. La fuerza de las olas nos golpea a todos pero de manera muy diversas.

Resulta esencial en este tiempo, poder transformar el dolor en sufrimiento y el temor en prevención adecuada. Aquel es posible entenderlo como sensaciones displacenteras a nivel de nuestro cuerpo, sin posibilidad de alcanzar representación psíquica. Quedando mudo y distante de nosotros mismos.

El sufrimiento en cambio nos permite apropiarnos de el, representar ese dolor, que se vuelve comunicable y más conciente, inhibiendo la posibilidad que coagule en algún síntoma físico o emocional, invalidante o crónico. Como una marca que se tatúa en nuestra alma o  incluso que se transmita intergeneracionalmente.

El aporte de cada uno es ayudar a procesar todos estos estímulos, que como información se reciben. Confrontarlos, evitando los chivos expiatorios u objetos únicos de odio, para no quedar en el desvalimiento que provoca el pánico. Ayudar a pensar.

Confiar en el poder pacificador de la palabra, en el reforzamiento del lazo social, que ponga en juego redes solidarias. La respuesta eficaz pasará por vencer el mito individual y privado de la solución, en aras de la capacidad de sostenernos desde lo colectivo y lo público. El lazo social que hace posible la vida colectiva.
Por eso quedarse en casa, es unos de esos derechos que se torna un privilegio. ¿Hay algún derecho que para el neoliberalismo no lo sea? Pero como es un privilegio, para los que sí pueden hacerlo, se torna una responsabilidad ética.

La contribución propia para ayudar también, a los que día a día tienen que exponerse, para no desfallecer.

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