El puesto de alcalde de Interior no existe

Mantener contacto cotidiano con la ciudadanía es una virtud, saber llegar a acuerdos es otra, un ministro del Interior requiere de ambas para cumplir su cometido. Rodrigo Delgado puede descubrir que no tiene suficiente experiencia en este segundo aspecto. Alguien habituado al diálogo que permite acuerdos amplios trata, desde el inicio, de obtener una disposición positiva de todos, incluyendo detractores. Los adversarios surgen solos, pero no se les llama.

Cuando en el punto de partida, el nuevo ministro define su misión como la de “buscar los espacios de diálogo para que el obstruccionismo (de la oposición) sea minoría”, comete un error de principiante porque formula su objetivo en términos negativos y porque define una frontera de intransigencia que nadie la había anunciado. Cierra puertas antes de tocarlas.

No se puede decir que este sea un manejo experto. Un liderazgo con características ejecutivas suele considerar que la velocidad con la que toma la iniciativa es muy importante. Quien busca acuerdos también lo considera una buena práctica, siempre y cuando la velocidad con la que se avanza no se dirija directamente contra un muro.

Lo que suele ver la opinión pública de la labor de alcalde es a un personaje en terreno defendiendo la demanda de sus vecinos. Eso, por definición, tiene muy buena presentación. Para hacerse un cuadro completo de su comportamiento debiera vérselo, también, en las sesiones de Concejo Municipal, que es donde se producen los acuerdos a nivel local.

Si se observa en detalle este último aspecto, puede que la buena opinión sobre el alcalde se confirme, pero también puede suceder que se matice. Algunos predominan tanto sobre el Concejo que más están acostumbrados a imponer que a convencer. Otros han llegado a algún tipo de acuerdo con algunos concejales que les entrega la mayoría y estos acuerdos pueden ser muy variados, verdaderamente variados.

En la cúspide del poder político no se encuentra el predominio unilateral que se puede encontrar a una escala menor. El Ejecutivo parte con la ventaja de la iniciativa, pero los otros poderes del Estado también existen y saben jugar.

En el caso de Delgado encontramos una propensión excesiva a hacer declaraciones de buenos propósitos, tal como si concretarlas fuera un asunto de voluntad. Así, su primera declaración en la mesa social del Covid fue, “vamos a hacer lo que nunca quisieron hacer cuando lo pedí como alcalde”. Nuevamente lo tenemos levantando resistencias innecesarias antes de empezar a actuar. Lo peor sería que ni siquiera tuviera plena conciencia de lo que provoca.

El mismo ministro se declara como ansioso al iniciar su gestión. No tendría ni que decirlo. No se está dando tiempo para conocer a plenitud las condiciones de ejercicio de su nuevo puesto, y el que se acorta espacios es él mismo con su exceso de declaraciones.

En el más que complejo entramado de la debilitada coalición oficialista entra con una declaración de partida: “Mi gran desafío es poder ser un conductor de Chile Vamos”. Definitivamente, van a faltar callos para tanto pisotón.

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