En memoria de un grande de la política, Clodomiro Almeyda Medina

El 25 de agosto de 1997 murió Don Cloro, socialista toda la vida y líder del Partido en largos periodos de su fecunda militancia, que formó parte del gabinete del Presidente Allende en dos ministerios, la Cancillería y Defensa, que se constituyó en eminente intelectual de la izquierda chilena y cuya excelencia como pensador y estadista tuvo un reconocimiento universal. 

La dictadura le apresó en la Escuela Militar y luego le hizo pagar su valentía y lealtad con sus valores socialistas y con el gobierno del Presidente Allende, recluyéndole en la Isla Dawson y otros centros de encarcelamiento. Pero no se doblegó y se burlaba de sus carceleros haciendo clases de marxismo en las que aludía “al barbón de marras”.

Una vez en el exilio, desde 1975 al 87, siguió luchando por la democracia para Chile y fue interlocutor de los principales personeros políticos del sistema de Naciones Unidas y del Movimiento de Países No Alineados que le reconocieron como una de sus figuras más destacadas. Tuvo homenajes y respeto, siendo escuchado como interlocutor válido del Chile oprimido de aquel entonces.

Pero no estuvo tranquilo sino hasta que volvió a Chile, su tierra añorada, porque Almeyda era un intelectual de pensamiento universal capaz de trascender la estrechez nacionalista y el espíritu sectario que tanto daño hacen a los pueblos, y al mismo tiempo, fue un chileno que vibraba con las voces y entonaciones, bailes y motivaciones de su país, del que le habían alejado por la fuerza, pero qué nunca dejó en su conciencia y compromiso vital.

Almeyda retornó de manera ilegal a Chile. Como a miles de compatriotas, la dictadura le prohibía el regreso a la patria y él se arriesgó, cruzó la cordillera incorporándose con audacia a la clandestinidad e hizo añicos esa arbitraria disposición, presentándose ante los Tribunales de Justicia para exigir su derecho a vivir en la patria. Ante el rudo control castrense que veía en las calles sentía que su pecho se ahogaba por la opresión del militarismo pinochetista.

Pero consiguió propinarle una clara derrota al régimen denunciando la prolongación del exilio y logró aportar a la unidad del conjunto de los demócratas chilenos, en particular, su presencia dio un mayor impulso al proceso de unidad de los socialistas chilenos, entonces dispersos en diferentes orgánicas que reducían fuertemente su gravitación en la lucha por la libertad y la democracia.

La dictadura tomó drásticas represalias en su contra. Primero lo relegó a Chile Chico en la Región de Aysén, después le arrebató sus derechos políticos usando el hoy derogado artículo 8° de la Constitución, recluyéndole en prisión le impidió participar en la gesta del NO para el Plebiscito del 5 de octubre de 1988 y luego le negó la opción de asumir una candidatura a senador en 1989. 

Ante el Tribunal Constitucional de la Junta Militar, que suprimió sus derechos políticos no se sometió y en su alegato de defensa, con fundada y auténtica rebeldía definió al régimen como “autocrático, totalitario y terrorista”. Así creció su peso moral y político que puso a disposición de la formación de la Concertación y del esfuerzo por la Unidad Socialista. En ese proceso, aún en la cárcel, fue un artífice de la política del NO para derrotar a Pinochet en el Plebiscito del 5 de octubre de 1988.

Por eso, fue especialmente trascendente en la ardua brega política de Almeyda, la unidad socialista, concretada el 29 de diciembre de 1989. Así se materializaron parte esencial de sus esfuerzos para impulsar una fuerza socialista que fuese el “gozne articulador” de un ancho bloque político y social restaurador de la democracia y actor de profundos cambios estructurales en Chile.

Una vez reinstalado el régimen democrático, con el Preidente Aylwin como Jefe de Estado, Don Cloro viajó como embajador a Moscú, aún existía la Unión Soviética y él pensaba en la restauración del socialismo, en un arduo y complejo proceso que lograse conjugar sus principios y potencialidades con el ejercicio de la democracia.

Como se sabe, en el mes de agosto de 1991 se desplomó la Unión Soviética, colapsó por un putsch fracasado que intentaba una regresión autoritaria. Lo que ocurrió fue una acelerada instauración capitalista con graves penurias en toda Rusia y un trastorno estratégico incalculable, del que en parte se ha repuesto en los últimos años.

Almeyda a su vuelta ahondó sus reflexiones sobre el socialismo, la izquierda y su futuro. De sus conclusiones sabemos su categórica afirmación que el camino al socialismo es gradual. Decía “…el atraso y la miseria, la ignorancia y el embrutecimiento, no permiten un salto automático e inmediato a una sociedad de hombres y mujeres libres”; así concluyó que imponerlo a “marchas forzadas” condujo a deformaciones autoritarias y burocráticas que lo desplomaron, dejando claro que no hay ni revolución ni cambios estructurales si no existen las condiciones para ello.

Del mismo modo, Almeyda retomó con vigor la tradición socialista chilena de no copiar ni imitar “modelos” ajenos, inclinación que en forma lamentable se recrea cada cierto tiempo, ante la carencia de contar con un pensamiento autónomo con un bagaje conceptual suficiente para sostener una propuesta sólida, que responda a la realidad de cada país.

“No debemos pensar describir un modelo o un ideal de sociedad, cuando se nos pregunta sobre el futuro de la humanidad sino, a lo más, precisar las tendencias, las direcciones, los rumbos: el sentido que van tomando los acontecimientos, pero de manera alguna intentar dibujar una imagen acabada de ese mundo del porvenir. Porque ese mundo del futuro así cristalizado, como meta, como objetivo terminal no existe y no va a existir jamás”, advertía en mayo de 1990.

Almeyda aclara un concepto fundamental, el tratar de imponer un determinado “modelo”, un dogma prefijado que sin importar los costos sociales se establece a raja tabla, condujo a aberraciones históricas que causaron un daño incalculable a las ideas y al movimiento socialista, coadyuvando por su ceguera dogmática al auge global de la ideología neoliberal.

Hay que saber seguir un camino propio de acuerdo a cada realidad nacional. Así no se caerá en el inmovilismo o el desencanto a la espera de condiciones que no llegarán para llevar a la práctica ese arbitrario modelo, que al surgir de un esquema teórico nunca va a ocurrir como tal; por eso, se trata de avanzar y profundizar la democracia, darle derechos y contenidos sociales, así como la fortaleza institucional que vayan plasmando los valores socialistas en la vida diaria. 

Por eso, Almeyda escribió en abril de 1992. “Esta interrelacion entre socialismo y democracia se refleja en que el socialismo sólo puede realizarse a cabalidad cuando los derechos y libertades humanas estén plenamente garantizados. Y se traduce también en que el gobierno “del pueblo, por y para el pueblo” que define a la democracia, solo puede llevarse a cabo cuando la riqueza y el poder estén equitativa y racionalmente repartidos”.

Asimismo, Almeyda fue un tenaz promotor de la misión de los partidos políticos en la construcción democrática. En tal sentido, planteaba que “la función esencial del Partido es gravitar en la sociedad, influir en el Estado y demás poderes públicos, para que estos devengan en agentes del cambio social que se trata de producir”.

“Se trata de combatir la fácil inclinación de la izquierda política a convertirse simplemente en vocero o agente de los diversos intereses o aspiraciones segmentarias de carácter corporativo de los diversos sectores de la población. La tentación de optar por el fácil camino populista es grande”.

Así, en su larga vida política tomó distancia del demagogo o populista que asume como novedosa la vieja bandera del rechazo a los Partidos, de uso inevitable en los proyectos individualistas o de grupos sectarios que se proclaman dueños de la verdad y cuyas propuestas, dicen que van a difundir directamente en la ciudadanía, cuando en realidad van fomentando la desunión y la desorganización en las fuerzas populares.

Almeyda defendía no sólo el papel de las fuerzas políticas, rechazaba el apoliticismo y  la desideologización que el neoliberalismo conservador, cuyos valores se fundamentan en la primacía del dinero, fue sembrando en el sistema político, rompiendo incluso valores éticos y republicanos de larga data que se han visto cuestionados o lisa y llanamente, abandonados. 

El fenómeno de corrupción registrado en estas primeras décadas del siglo XXI, no tenía la envergadura que se ha descubierto cuando en los años 90 Almeyda dejó sus reflexiones sobre la democracia y la opción socialista en el nuevo contexto global, pero hubiera condenado las vergonzosas coimas, que han remecido el sistema político en Argentina, Brasil, Venezuela, Perú y el caso Penta, SQM y Corpesca en Chile.

La decepción por la corrupción de ciertos personeros y el acomodo oportunismo de otros, han roto las confianzas en las fuerzas políticas, ante ello, Almeyda, dirigente relevante en la historia de la izquierda, que fue grande en su lucidez y austeridad, es un ejemplo de lucha por los ideales socialistas y por la justicia social en democracia.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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