Justicia para Frei

Impacto transversal en nuestro país y fuera de nuestras fronteras causó el pasado 30 de enero el fallo del juez Alejandro Madrid sobre la muerte del Presidente Eduardo Frei Montalva.

La condena de 6 hombres por el asesinato del Jefe de Estado, luego de una extensa investigación 37 años después del homicidio, cambió nuestra historia y la vida política chilena para siempre.

El fallo de la justicia chilena, basado en 62 tomos y 811 páginas, confirmó el primer Magnicidio de la historia del país por órdenes directas de Augusto Pinochet Ugarte durante la dictadura militar.

Dos semanas después de la sentencia, donde según la última encuesta Cadem, el 62% de los chilenos cree que efectivamente se trató de un homicidio y no de una negligencia médica, el panorama se ha tornado casi tan siniestro como aquel hecho sucedido el 22 de enero de 1982.

Siniestro en el sentido que se repite aquel mismo afán por parte de la derecha y los medios de comunicación adscritos a ella de  relativizar el fallo, cubrirlo de un manto de dudas a través de la palabra escrita por parte de sus plumas emblemáticas, probablemente por órdenes directas de sus superiores. Y la pregunta que nos debe abordar a todos es ¿Cómo es posible?

Si tras tres décadas de terminada aquella dictadura feroz y tras treinta y siete años de ese asesinato, muchos chilenos hacemos los esfuerzos por vivir en una Democracia, luchando día a día para que nuestro país alcance de una vez esa tan necesaria paz y reconciliación, con todas las dificultades que implica ¿cómo es posible que estos medios de comunicación, especialmente los dos grandes diarios, que en su tiempo fueron cómplices de esa dictadura, continúen con ese vicio informativo de querer transformar la realidad?

Evidentemente ya no les ha de resultar tan sencillo como en aquel entonces, donde gracias al milagro de Internet y las redes sociales la verdad se sobrepone ante la mentira como un puñetazo arriba de la mesa.

Aquellos medios de comunicación que se empecinan hoy en esa campaña de desprestigio, de un fallo que inherentemente habrá de cambiar los textos de historia que leerán nuestros hijos y sus hijos, también los nietos de esos hijos, tienen ya sobre sus hombros el peso de aquella historia, de ese thriller que no hubiese podido imaginar ni el mejor novelista de suspenso en cualquier lugar del mundo, tampoco un guionista de Hollywood.

Pero no solo dichos medios de comunicación deberán cargar con la culpa de encubrir y ser cómplices de uno de los crímenes de Estado más feroces de los que se tenga memoria.

La Pontificia Universidad Católica, aquella casa de estudios que se vanagloria desde siempre de su excelencia, exclusividad y férreo cristianismo, tiene y tendrá idéntica responsabilidad de amoralidad sobre el magnicidio de Frei, cuyo rector Ignacio Sánchez ha tenido la prepotencia de ponerse por sobre un fallo de la justicia chilena al proteger corporativamente a dos de sus miembros, hoy condenados por el homicidio de su ex alumno y profesor, el primer Presidente de la República de Chile, ex alumno de sus propias aulas.

La Universidad Católica ha pretendido evitar que esos mismos futuros libros, cuyos alumnos deberán leer para obtener su licenciatura en Historia, narren su complicidad en el asesinato de uno de sus propios miembros.

Sin duda es una bomba que les estalla en la cara de su propio prestigio, pero, ¿no es más decente aceptar la realidad, pedir disculpas a la familia, a los ciudadanos y ponerse de parte de la víctima, aceptando su participación y ofreciendo su colaboración?

Aquello a todas luces hubiese sido un acto de valentía que estoy seguro hubiese obtenido la aceptación de quienes sufrieron una pérdida irreparable. Sin embargo, no han tomado ese camino, sino todo lo contrario, dinamitando doblemente su ya minada credibilidad.

Es así como el mapa respecto al homicidio de Eduardo Frei Montalva se va configurando en una historia que sobrepasa los límites de la ficción en una dolorosa realidad, donde  los ciudadanos y ciudadanas se han puesto de parte de la familia Frei, contrarios a los representantes de la derecha chilena de nuestra vida política.

Esa derecha no solo ha guardado obsceno silencio, sino ha caído además en la gruesa ordinariez de negar el asesinato.

En esa zafiedad se incluye también aquella derecha progresista, que se autodenomina democrática y que no escatiman en condenar la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela y sus atrocidades, pero que ha sido incapaz en la práctica de condenar aquel mismo magnicidio, en una doble moral tan característica de ellos, que hoy los sitúa en la bajeza humana característica de quien posee discursos democráticos solo cuando les conviene, de por sí deleznable.

Hoy, en pleno 2019, todos y todas nos encontramos en una realidad social y política dividida, donde el agotamiento de los viejos modelos del poder han caído en una desconfianza tal que ha provocado tener opiniones que con mayor frecuencia ubicamos en los extremos, me refiero en las trincheras de la extrema izquierda o en la extrema derecha.

Pero es un ejercicio saludable, para todos, sin excepción, detenernos un minuto en lo que sucedió con Eduardo Frei Montalva, en su tiempo uno de los Presidentes de la República más admirados y queridos del país.

Cuando hablamos de Eduardo Frei Montalva, lo hacemos sobre un presidente que tras dejar el poder y convertirse en el principal opositor político a una dictadura militar, a un dictador sanguinario, fue asesinado por el simple motivo de pensar distinto y por tratar de proteger a sus ciudadanos del horror. Hablamos de un presidente que fue envenenado. El llamado es sobre todo a la derecha y la neo derecha chilena que se autoproclama democrática y defensora de los Derechos Humanos.

El llamado es a la Pontificia Universidad Católica, que pone por delante los valores de la cristiandad.

El llamado es a los medios de comunicación que deben sobrevivir ante el difícil escenario de los medios impresos para la supervivencia ante la amenaza del gigante de la red.

El llamado es a todos ellos a proteger nuestra Democracia, y protegerla significa a aceptar el fallo por parte de la justicia chilena, con humildad, a pedir disculpas y a prometer a todos los chilenos y chilenas, como auténticos demócratas que supuestamente dicen ser, que nunca más volverán a aceptar, ni tolerar, ni proteger una atrocidad semejante.

Será un paso importante, que desde luego se agradecerá. Dependerá solo de ellos.

Respecto al Presidente Eduardo Frei Montalva, tenemos muchos la tranquilidad que después de una gran lucha, encabezada por su hija Carmen Frei, estoica y valiente, al fin descansa en paz.

Es la justicia que merece Frei, otro de los mártires de la dictadura.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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