Los olvidados de los extremos

Conviene volver a Dickens. Volver a esos niños de "Oliver Twist" y de "Tiempos difíciles", criaturas de ocho años que entraban a las fábricas inglesas a las cinco de la mañana y salían cuando ya era de noche, con los pulmones quemados de algodón y los dedos rotos en los telares. La Revolución Industrial prometía progreso para todos y devoró primero a los más pequeños. Dickens los nombró uno por uno, con rostro y biografía, porque entendió antes que los economistas que una sociedad que sacrifica su infancia no construye desarrollo: construye una factoría de futuros pobres.

Cito a Dickens porque estamos otra vez en una bisagra de la historia, y otra vez los niños están en el filo. La inteligencia artificial puede ser, como lo fue el telar mecánico, la nueva máquina que parte el mundo en dos: los que la dominan y los que son dominados por ella. O puede ser, por primera vez en doscientos años, una palanca igualadora. Una herramienta que llegue a la cuna del niño de La Pintana al mismo tiempo que a la cuna del niño de Vitacura. La diferencia no la marcará la tecnología. La marcará la decisión política.

Porque la brecha de la desigualdad no se abre en la universidad ni en el primer empleo. Se abre antes. Se abre en los primeros mil días de vida. En el vocabulario que un niño escucha entre los cero y los tres años. En si su madre tuvo controles prenatales o no. En si la sala cuna a la que asistió tenía libros, juegos y educadoras formadas, o no tenía nada. La desigualdad de cuna se convierte en desigualdad de oportunidades, y la desigualdad de oportunidades se convierte, treinta años después, en desigualdad laboral, salarial y previsional. Toda la cadena del fracaso chileno arranca antes de que el niño aprenda a hablar.

Y Chile, mientras tanto, mira para otro lado. Se piensa hacia afuera, no hacia adentro. Se enorgullece de sus embajadores plenipotenciarios, de sus tratados de libre comercio, de su silla en la OCDE, de los foros internacionales donde un canciller habla un inglés impecable. Bien por todo eso. Pero la verdadera inserción de un país en el mundo no se firma en una embajada: se construye en una sala cuna, en una escuela básica de Lota, en un liceo técnico de Coronel, en un instituto profesional de Iquique. Un país se inserta en el siglo XXI cuando sus niños leen, sus jóvenes programan, sus trabajadores se reciclan y sus mayores no son tratados como un bulto a la espera de la jubilación.

Y aquí hay que decir lo que tantos eluden: una sociedad es moralmente aceptable -o no lo es- dependiendo de cómo trata, entre otros, a sus mayores, a sus niños y a sus jóvenes. Esa es la vara. No el crecimiento económico, no la inversión extranjera, no el ranking de competitividad. La vara moral de un país son los que no pueden defenderse solos: el que aún no llega y el que ya entregó. Si los abandonamos, no importa cuánto crezcamos: estamos fallando en lo único que justifica que una sociedad exista.

Frei Montalva lo dijo en términos que el país parece haber olvidado: el desarrollo pleno de una nación está íntimamente ligado al nivel educativo y cultural de su pueblo. Y obró en consecuencia. En seis años amplió la cobertura escolar, construyó miles de aulas, formó decenas de miles de profesores, creó el CPEIP, la PAA, el Simce. No fue milagro, fue decisión. Fue entender que la educación no es un gasto sino la única inversión que una sociedad hace en sí misma. Hoy, 60 años después, repetimos los discursos de la equidad mientras dejamos a los niños en sala cuna sin estímulo cognitivo, a los jóvenes con un CAE que los persigue por décadas y a los mayores con pensiones que no alcanzan para vivir.

Hay que decirlo con todas sus letras: este país tiene que volver a preocuparse de los suyos en los dos extremos de la vida. De los niños y de los viejos. De los que aún no producen y de los que ya produjeron. Una sociedad a escala humana se mide ahí, no en el PIB ni en el riesgo país. Se mide en si una abuela puede ir al consultorio sin esperar tres meses, y en si un niño de cuatro años llega al colegio sabiendo nombrar las cosas del mundo. Lo demás -el crecimiento, la inversión, la productividad- viene después, y viene como consecuencia, no como condición.

Y aquí conviene oír a la voz que nos lo dijo con más claridad que nadie. Gabriela Mistral, maestra rural antes que poeta y antes que diplomática, escribió palabras que deberían estar grabadas en la entrada de cada Ministerio de Hacienda del mundo: "Muchas de las cosas que nosotros necesitamos pueden esperar. Los niños no. Ahora es el momento: sus huesos están en formación, su sangre también lo está y sus sentidos se están desarrollando. A él no podemos contestarle mañana. Su nombre es hoy". Mistral no estaba haciendo poesía cuando dijo eso. Estaba haciendo política pública. Estaba diciendo, con la autoridad de quien enseñó a leer a niños pobres en escuelas rurales del Valle del Elqui, que la primera infancia no admite postergación. Que el "mañana" es la coartada favorita de las sociedades que ya decidieron, en los hechos, abandonar a sus niños.

Y lo mismo vale para el otro extremo. Un mayor que llega a los 70 sin pensión digna, sin red social, sin acceso a la tecnología que ya gobierna su banco, su consultorio y su trámite municipal, es un mayor al que el país le dijo: tu nombre es ayer. Y eso es tan injusto como decírselo a un niño.

Ahí entra la inteligencia artificial, y ahí entra la propuesta. Convertir la IA en política pública de igualación. Que cada sala cuna tenga herramientas digitales adaptadas a la primera infancia. Que cada escuela rural tenga acceso a tutores de IA que personalicen el aprendizaje. Que cada trabajador desplazado por la automatización tenga garantizado un programa de recalificación gratuito y de calidad, con certificación reconocida por el mercado. Que cada adulto mayor tenga, si lo desea, alfabetización digital con dignidad, no como caridad sino como derecho. Transformar a los abandonados en trabajadores y profesionales calificados en acto, no en jubilados anticipados ni en cesantes crónicos.

Esto no es ciencia ficción ni voluntarismo. Es lo que están haciendo Estonia, Finlandia, Singapur, Corea del Sur. Países que entendieron que el siglo XXI premia a las sociedades que invierten en cabezas, no a las que esperan que el chorreo llegue solo. Chile sigue debatiendo si los empresarios pagan más o menos impuestos. La discusión que importa es otra: cómo hacemos para que el próximo niño que nazca en Alto Hospicio tenga, a los tres años, las mismas trescientas mil palabras escuchadas que el niño de Las Condes. Eso es desarrollo. Lo demás es contabilidad.

Dickens cerraba sus novelas con una pregunta que sigue vigente: ¿Qué clase de país queremos ser cuando la siguiente revolución industrial pase por encima de nosotros? Podemos repetir la historia y producir otra generación de niños quemados por una máquina que no entendemos. O podemos, por una vez, ponerlos en el centro. Decidir, como decidió Frei en 1964 y como pidió Mistral toda su vida, que la educación y el cuidado son la primera prioridad y no la última. Decidir que los embajadores plenipotenciarios son útiles, pero que el verdadero embajador de Chile en el mundo es un niño de seis años que sabe leer, un joven de veinte que sabe pensar y un mayor de setenta al que el país no abandonó.

Lo demás, parafraseando al maestro inglés, son tiempos difíciles que nosotros mismos nos estamos fabricando.