¿Luna de miel?

Pocas imágenes resumen mejor la fragilidad de un cambio de mando que la de marzo de 2010, con el Congreso moviéndose bajo las réplicas del 27-F mientras Michelle Bachelet le entregaba la banda a Sebastián Piñera. Aun así, el rito republicano siguió adelante. Esta vez no tiembla la tierra, pero sí el clima político. Y Chile llega al relevo entre Gabriel Boric y José Antonio Kast con esa misma sensación de ceremonia cumplida en medio de un país todavía inestable.

Hay cambios de mando que abren una etapa. Y hay otros, como éste, en que una parte importante del país parece haber votado menos por un nuevo comienzo que por la esperanza de dejar atrás un ciclo largo de desgaste. Por eso, más que entusiasmo, lo que rodea esta víspera es una mezcla de incertidumbre, cansancio y expectativa cautelosa.

No solo porque se trata de dos liderazgos que emergieron desde los márgenes del sistema político tradicional, sino porque la experiencia reciente ya enseñó algo importante: una cosa es llegar al poder con pulsión refundacional y otra muy distinta es ejercerlo. A Boric el golpe de realidad lo moderó. La pregunta ahora es si a Kast le ocurrirá algo parecido, o si intentará gobernar prolongando más el tono de la campaña que el de la noche de su triunfo.

La transición veraniega ayuda poco a despejar esa duda. Estos tres meses entre la elección y la instalación del nuevo gobierno se hicieron eternos como nunca, entre otras cosas, porque el traspaso fue innecesariamente ripioso. El cable chino, el "yo dije, él dijo", el quiebre de las reuniones bilaterales, las recriminaciones cruzadas y la posterior recomposición del diálogo dejaron la impresión de una institucionalidad funcionando a tirones, más pendiente de administrar desconfianzas que de asegurar al menos algo de continuidad. A un día del cambio de mando, esa aspereza no es un detalle: es el clima de entrada del nuevo Presidente.

Por lo mismo, Kast no parece llegar a una luna de miel. Llega, más bien, a un país agotado y a un mandato que él mismo decidió cargar de presión al prometer un "gobierno de emergencia". Y cuando alguien se presenta de esa manera, no pide tiempo: se expone desde el primer día a una evaluación severa. En el corto plazo no se le va a exigir que resuelva problemas estructurales ni que produzca milagros. Pero sí que entregue señales nítidas de conducción. Si en sus primeros seis meses logra reinstalar una mínima sensación de orden, fijar prioridades reales y mostrar que el Estado vuelve a funcionar mejor en materias que afectan directamente la vida cotidiana, podrá decirse que el arranque fue exitoso. Si, en cambio, septiembre encuentra al gobierno atrapado en el mismo ruido, las mismas peleas y la misma sobreactuación, entonces la emergencia habrá sido solo una consigna.

La otra incógnita recae sobre el oficialismo saliente en su nuevo rol opositor. Frente a Sebastián Piñera hubo momentos en que una parte importante de la izquierda optó por la lógica de "negar la sal y agua", incluso en medio de la mayor crisis político-institucional que ha enfrentado Chile desde 1990. Ahí estuvieron también las acusaciones constitucionales contra el entonces Presidente, que Boric respaldó políticamente, aunque la segunda no pudo votarla por estar con licencia médica. La pregunta ahora es si ese sector será capaz de actuar con más responsabilidad de la que exigió cuando le tocó gobernar, o si volverá a confundirse entre fiscalización y bloqueo. Más aún cuando ya hay señales de que no existirá una sola oposición, sino una más institucional y otra más inclinada a la confrontación.

Al final, la prueba de madurez es doble. Para Kast, significará demostrar que gobernar no es administrar una consigna de emergencia, sino construir eficacia, contención y rumbo. Para la oposición, significará entender que oponerse no equivale a incendiar. Después de años de maximalismos, Chile no necesita una nueva guerra de trincheras. Necesita algo bastante más sobrio y más difícil: un gobierno que funcione y una oposición que no sabotee. Eso, a estas alturas, ya sería bastante.

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