El impacto del siglo XXI ha acentuado la urgencia y lo inmediato como un criterio dominante. Hemos aprendido a vivir para trabajar como lo marca el modelo capitalista globalizado. Casi no se distingue entre ser y tener. Esta dinámica debilita nuestras relaciones sociales, haciendo más frágiles instituciones que antes cumplían funciones integradoras, como la familia, la escuela, los sindicatos, los gremios, entre otros.
La convivencia y la vida social son procesos humanos que van más allá de la mera existencia física. Implican el aprendizaje de compartir y comprometerse con otros. Sin embargo, en nuestros modelos de sociedad contemporánea, las personas tienden a centrarse en sus propias necesidades, volviéndose más impositivas y menos tolerantes. Es como le llama Galeano, "la sociedad del desecho y del consumo". A pesar de ello, coexistir implica reconocer que nuestra visión del mundo no es la única ni necesariamente la mejor.
La violencia social ha aumentado, manifestándose en diversas formas que atentan contra la convivencia pacífica, como fenómeno que lleva a cuestionar la naturaleza humana y a debatir si, en efecto, somos inherentemente agresivos. Cepal (2025) expone que América Latina sigue siendo la región más violenta del mundo, con una tasa de homicidios tres veces superior al promedio mundial y un crimen organizado en constante aumento. En Chile, según ENUSC y Estudios del Senado, destaca 8,5% de hogares víctimas de delitos violentos al año pasado, una tendencia al alza en homicidios con tasas de 70%, superiores a hace siete años, junto con un aumento del 73% en denuncias por explotación sexual infantil.
¿De qué manera podemos frenar esta espiral de incivilidad? Me parece que la respuesta se encuentra en una cultura de la paz, como el pilar fundamental para reconstruir el tejido social. Eso requiere cultivar valores, actitudes y comportamientos que se orienten hacia la resolución pacífica de conflictos, el respeto por los derechos humanos y la convivencia armónica entre diferentes grupos sociales. Es un compromiso con la democratización de instituciones y procesos sociales, fomentando proyectos de incidencia colectiva para el buen vivir y el bien común.
A través de la educación y la sensibilización, la cultura para la paz fomenta el diálogo y participación de todos los sectores de la sociedad en la creación de un antídoto a la violencia social, al inspirar la inclusión y objetivos comunes. Así, no solo se contribuye a la prevención de la violencia, sino que también fortalecen sociedades resilientes y equitativas.
En este proceso, cada uno de nosotros y nosotras tiene un papel que desempeñar, desde el Estado hasta las ciudadanías. De hecho, las universidades pueden aportar fuertemente en una educación para la paz, involucrando a agentes del mundo público, privado y de la sociedad civil, para cultivar un aprendizaje que fomente el discernimiento crítico y la transformación de conflictos en oportunidades de crecimiento. Acá, la colaboración es fundamental, pues se requiere de un esfuerzo colectivo para promover alianzas y compromisos para construir una sociedad donde todos se sientan valorados y seguros. Ahora bien, ¿estamos dispuestos a asumir este desafío?
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