Una Cuenta Pública débil en la forma y en el fondo

La primera Cuenta Pública del Presidente Kast me pareció decepcionante tanto en la forma como en el contenido. Desde el punto de vista formal, el discurso abusó de lugares comunes, frases hechas y apelaciones genéricas que podrían haber sido pronunciadas por prácticamente cualquier autoridad.

Expresiones como "queremos un Chile mejor para nuestros hijos", "todos debemos trabajar unidos por el futuro del país" o "las legítimas diferencias no deben impedir los acuerdos" forman parte de un repertorio retórico conocido y, en determinadas circunstancias, incluso necesario. Sin embargo, cuando constituyen el núcleo del mensaje presidencial terminan transmitiendo una sensación de vaguedad y falta de profundidad.

Por momentos, el relato pareció oscilar entre dos extremos igualmente problemáticos. Por una parte, una retórica excesivamente generalista; por otra, una enumeración de cifras y ejemplos tan específicos y coyunturales que difícilmente permiten evaluar tendencias reales o políticas públicas consolidadas.

Un caso evidente fue la insistencia en mostrar supuestos avances en materia de seguridad mediante comparaciones de corto plazo. Resulta arriesgado presentar como prueba concluyente de éxito gubernamental la disminución de determinados delitos durante algunas semanas o algunos meses. Las variaciones estadísticas de corto plazo pueden obedecer a múltiples factores y no necesariamente reflejan la eficacia estructural de una política pública.

La paradoja es aún más evidente cuando el propio gobierno reconoció recientemente dificultades en esta área al reemplazar a su ministra de Seguridad. Si la situación era suficientemente preocupante como para justificar un cambio ministerial, parece contradictorio exhibir simultáneamente un panorama de éxitos consolidados.

Algo similar ocurre con algunas de las medidas emblemáticas anunciadas durante la campaña presidencial. La promesa de que cientos de miles de inmigrantes abandonarían el país rápidamente ha ido siendo reemplazada por formulaciones mucho más prudentes y realistas. Lo que en campaña se presentó como una solución inmediata terminó reconociéndose como un proceso complejo, sujeto a limitaciones legales, diplomáticas y administrativas. En otras palabras, la realidad terminó imponiéndose sobre la retórica.

Pero más allá de las debilidades formales, el problema principal del discurso es de fondo. La Cuenta Pública transmitió la impresión de que el desarrollo nacional descansa casi exclusivamente en dos conceptos: seguridad y libertad económica. Ambos son importantes, sin duda. Un país necesita seguridad para funcionar y necesita condiciones adecuadas para el emprendimiento y la inversión. Sin embargo, reducir el proyecto nacional a esas dos dimensiones resulta insuficiente.

Llamó la atención la escasa profundidad dedicada a materias como educación, medio ambiente, cultura, equidad territorial, fortalecimiento de la democracia, derechos humanos, investigación científica o movilidad social. Son temas que forman parte de cualquier discusión seria sobre el desarrollo contemporáneo y que no pueden quedar subordinados exclusivamente a una agenda de seguridad pública.

Tampoco quedó suficientemente claro qué entiende el gobierno por "libertad". El concepto apareció reiteradamente asociado a la iniciativa privada y al emprendimiento, pero mucho menos vinculado a otras dimensiones igualmente relevantes: la libertad de pensamiento, la autonomía personal, la igualdad de oportunidades o la capacidad efectiva de las personas para desarrollar sus propios proyectos de vida.

Otro aspecto discutible fue la reiterada apelación a referencias religiosas y familiares como elementos constitutivos de la identidad nacional. Es legítimo que el Presidente tenga convicciones religiosas y las exprese en el ámbito personal. Sin embargo, en una sociedad pluralista y en un Estado laico, resulta conveniente distinguir entre las creencias particulares de una autoridad y los principios que deben representar a la totalidad de los ciudadanos.

Cuando un mandatario invoca reiteradamente la bendición divina o presenta una determinada concepción de familia como fundamento esencial de la nación, corre el riesgo de confundir convicciones personales con principios universales compartidos por toda la ciudadanía.

En definitiva, la primera Cuenta Pública de este gobierno dejó la sensación de un relato más apoyado en consignas que en una visión estratégica de largo plazo. Hubo abundancia de frases inspiracionales, pero escasez de ideas transformadoras. Hubo énfasis en los síntomas, pero menos reflexión sobre las causas estructurales de los problemas.

No esperaba un discurso revolucionario ni una redefinición completa del proyecto de país. Pero sí esperaba una mirada más amplia, más ambiciosa y más consistente respecto de los desafíos que enfrenta Chile en el siglo XXI.

Por ahora, la sensación predominante es que el gobierno continúa mostrando las mismas limitaciones que ha exhibido durante sus primeros meses: una fuerte capacidad para identificar problemas, pero muchas menos herramientas para ofrecer soluciones profundas y duraderas.