¿Quién audita a la inteligencia artificial?

Cada cierto tiempo, aparece una nueva predicción anunciando el fin de alguna profesión. En estos tiempos, le ha tocado al contador auditor. La irrupción de la inteligencia artificial ha instalado la idea de que muchas de las tareas que históricamente realizaban estos profesionales podrán ser ejecutadas por algoritmos.

Sin embargo, en mayo pasado se desarrolló la Conferencia Académica Permanente de Investigación Contable (CAPIC) "Investigación Contable en tiempos de IA", cuya discusión dio cuenta que el verdadero desafío para la profesión no es su desaparición, sino su transformación.

La velocidad con que avanzan las herramientas de inteligencia artificial es impresionante. Hoy pueden procesar miles de registros en segundos, analizar bases de datos complejas, identificar patrones, detectar anomalías e incluso generar informes completos. Actividades que hace algunos años requerían horas de trabajo especializado, hoy pueden realizarse en cuestión de minutos.

Y no se trata de una tendencia futura. Según la encuesta CFO Signals Q4 2025 de Deloitte, el 87% de los directores financieros considera que la inteligencia artificial será extremadamente o muy importante para las operaciones de sus departamentos en 2026. El debate, por tanto, ya no es si estas herramientas llegarán a la profesión, sino cómo conviviremos con ellas y cómo las utilizaremos de manera responsable.

Frente a este escenario, es comprensible que surjan inquietudes. Muchos estudiantes se preguntan si vale la pena estudiar Contabilidad. Algunos profesionales observan con preocupación cómo ciertas tareas comienzan a automatizarse. Y las universidades enfrentamos una pregunta que resulta inevitable: ¿Qué tipo de profesionales debemos formar para un mundo donde la inteligencia artificial será parte de la vida cotidiana de las organizaciones?

La respuesta no parece estar en competir contra la tecnología. Las máquinas serán cada vez más eficientes procesando información. El desafío estará en desarrollar capacidades que permitan supervisar, interpretar y validar aquello que producen.

Durante la conferencia se abordó un aspecto particularmente relevante: las denominadas "alucinaciones" de la inteligencia artificial. Aunque estos sistemas pueden entregar respuestas sofisticadas y convincentes, también pueden equivocarse, inventar datos o construir conclusiones erróneas con una apariencia de absoluta certeza.

Imaginemos que una herramienta de inteligencia artificial interpreta incorrectamente una norma tributaria, clasifica erróneamente un gasto o recomienda una decisión financiera basada en información equivocada. El error podría tener consecuencias económicas importantes. Sin embargo, no será el algoritmo quien responda ante inversionistas, organismos fiscalizadores o ciudadanos.

Y allí surge una pregunta fundamental: si la inteligencia artificial genera información financiera, análisis o recomendaciones, ¿quién verifica que sean correctas? ¿Quién evalúa los riesgos? y ¿quién asume la responsabilidad de las decisiones tomadas a partir de esa información? La respuesta sigue siendo la misma: las personas.

La esencia de la profesión contable nunca ha sido únicamente registrar números. Su verdadero valor radica en generar confianza: empresas, inversionistas y organismos públicos toman decisiones basadas en información financiera que debe ser confiable y transparente. Esa responsabilidad no desaparece, porque exista una herramienta tecnológica más avanzada. Por el contrario, mientras más automatizada sea la generación de información, más relevante se vuelve la capacidad de analizarla críticamente. El juicio profesional, la ética y la independencia seguirán siendo esenciales para distinguir entre una respuesta correcta y una respuesta simplemente convincente.

Durante décadas hemos puesto un fuerte énfasis en la enseñanza de contenidos técnicos. Sin embargo, el contexto actual exige fortalecer con igual intensidad competencias como el pensamiento crítico, la comunicación efectiva, la adaptabilidad, el aprendizaje continuo y la formación ética. Quizás el debate no debería centrarse en cuántos empleos serán reemplazados por la inteligencia artificial, sino en qué competencias estamos desarrollando hoy para que los futuros profesionales puedan supervisarla críticamente.

Una de las ideas más potentes compartidas durante el encuentro fue que debemos formar "contadores auditores para gobernar los sistemas". La frase refleja un cambio profundo en la manera de entender la profesión. Ya no basta con aprender a utilizar herramientas tecnológicas; será necesario comprender cómo funcionan, cuáles son sus limitaciones, qué sesgos pueden contener y cómo supervisar adecuadamente sus resultados.

El verdadero riesgo no es que la inteligencia artificial reemplace a los contadores auditores. Es que no preparemos a las nuevas generaciones para trabajar con ella de manera crítica, ética y responsable. La pregunta no es si la IA puede analizar estados financieros o detectar errores, sino quién supervisará, cuestionará y validará aquello que las máquinas producen.

Porque al final, cuando la inteligencia artificial se equivoca, los datos son inconsistentes o las decisiones tienen consecuencias para las personas, la responsabilidad sigue teniendo nombre, apellido y criterio profesional. Y esa es una tarea que, al menos por ahora, ninguna máquina puede asumir.