Como se ha sugerido en reiteradas ocasiones, el pasado gobierno del presidente Boric optó tempranamente por un pragmatismo que sorprendió a varios. En términos de proyectos, bien sabemos que las diferencias entre el Frente Amplio y el Socialismo Democrático fueron, son y serán más bien irreconciliables. En la nueva izquierda -como lo ratificamos en la reciente campaña presidencial de Gonzalo Winter- existe el convencimiento de que sus otrora "aliados" fueron responsables de la consolidación de aquellas estructuras que permitieron "las lógicas neoliberales" de las últimas décadas.
Esas diferencias nunca fueron enfrentadas en los cuatro años de administración, sino simplemente escondidas bajo una alianza pragmática que permitiera gobernar. Más que puntos comunes, lo que se empujó fue una agenda ecléctica, como si se estuviera gobernando con principios ajenos (ni los suyos ni los de ellos). Por lo mismo, cuesta creer que alguien en el Frente Amplio celebre con genuino entusiasmo los logros alcanzados. En estos cuatro años se fortalecieron las AFPs, se consolidó la Constitución de Pinochet, se privatizó el litio, se fortaleció la libertad y el financiamiento de Carabineros (sin los prometidos cambios estructurales), se siguió cobrando el Crédito con Aval del Estado y se celebró el TPP 11. Razonablemente, sectores autoflagelantes del progresismo podrían arguir que se ha tratado del más exitoso gobierno de derecha de los últimos 16 años.
Algo de esto se evidenció con la absolución de Claudio Crespo y la eventual aplicación de la Ley Naím Retamal, con el Frente Amplio abandonando el buque -incluso con el presidente Boric en la habitual lógica de "no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pensé"- y con el Socialismo Democrático tildándolos de "desleales" que "no han aprendido nada". El resultado bien lo sabemos: una crisis final que terminó con el Partido Socialista renunciando a los comités políticos y negándose a pactar con sus jóvenes amigos.
Todo esto se dio, precisamente, porque por largos momentos a La Moneda le bastó con esa "alianza de gobierno" que, por defecto, tenía fecha de caducidad.
No era una alianza para el país, ni un proyecto de sociedad, sino simplemente la gestión de lazos débiles que permitieran aguantar esos cuatro años. Terminando su mandato, el presidente Boric bien advirtió el error, jugándosela por la unidad y la visión de conglomerado. Pero el problema es que ya era muy tarde, tal como lo expresaba la DC al ser invitada al último cónclave oficialista, cuando sus tres senadores declararon que no eran parte de este "mal gobierno" y que nunca lo serían. Ese tren de inclusión ya había pasado y lo que se hiciese de allí en adelante iba a sonar a "burla" y "chacota", tal como expresaron los parlamentarios de la Falange.
Saliendo de lo sustantivo, el gobierno del Presidente Kast debiese tomar especial nota de esta situación, pues está naturalmente llamado a materializar eso que los salientes no fueron capaces de hacer: ofrecer un proyecto sólido pensando en el mediano y largo plazo. No se trata de una alianza para gobernar, sino más bien de un plan para desarrollarnos y crecer, trabajando las bases programáticas para lograr cohesión y confianza.
La primera crisis que se está viviendo demuestra que se trata de una tarea más que difícil, tensionando ciertos lazos débiles y provocando fuego amigo. El tema, entonces, es cómo se trabaja esa unidad en un contexto de constante crisis, sin luna de miel y con alta desaprobación. Si se logra transmitir un proyecto político convocante a la ciudadanía -superando la beligerancia de la campaña-, los réditos podrían ser significativos, más si pensamos que la izquierda seguirá dividida, intentando solucionar los mismos problemas que evadieron por los últimos cuatro años.
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