Neoultraderecha: forma y fondo de su estrategia política

Si hubiera que sintetizar las características de la neoultraderecha contemporánea -tanto a nivel global como en su expresión chilena-, podrían destacarse dos rasgos principales: la forma de difusión de su discurso y la centralidad de la mentira como única estrategia política.

La forma: el ecosistema digital

Así como el nazifascismo utilizó con gran eficacia los avances tecnológicos de principios del siglo XX -especialmente la radio y el cine- para difundir su propaganda, la neoultraderecha ha sabido aprovechar el ecosistema digital. De hecho, fue una de las primeras corrientes políticas en comprender el enorme potencial de las redes sociales para expandir su narrativa.

Mientras muchas fuerzas democráticas continuaban comunicándose con lógicas tradicionales, la neoultraderecha ya operaba plenamente en el espacio digital. Allí encontró su principal trinchera para difundir un discurso basado en la polarización política, el nacionalismo excluyente y la movilización de emociones primarias como el miedo y el odio.

En ese marco, se construyen enemigos recurrentes: migrantes pobres, feministas, la comunidad LGBTIQ+ y sectores progresistas etiquetados peyorativamente como "cultura woke". La viralización de estos mensajes -favorecida por los algoritmos de las plataformas digitales cuyos dueños son tecnooligarcas de neoultraderecha- permite amplificar estas narrativas e influir en el debate público y en los procesos electorales, especialmente entre las generaciones que se informan principalmente a través de internet.

El fondo: la mentira

El segundo rasgo central de la neoultraderecha es el uso sistemático de la mentira como herramienta política. En las redes sociales se ha configurado un espacio donde proliferan narrativas que compiten con los hechos verificables, construyendo verdaderas realidades paralelas.

El objetivo no es demostrar la veracidad de una afirmación, sino instalar percepciones que favorezcan su agenda política. En ese contexto, la desinformación constante termina saturando el debate público y dificultando la discusión democrática basada, esencial y éticamente, en datos y evidencias.

El estratega político ultraderechista Steve Bannon sintetizó crudamente esta lógica cuando afirmó que la manera de enfrentar a los medios de comunicación es "inundarlos con mierda", es decir, con desinformación permanente.

El caso chileno

El ascenso político del Partido Republicano y de su líder, José Antonio Kast, se inscribe en esta tendencia internacional. Uno de los ejes centrales de su discurso ha sido la construcción del inmigrante pobre como chivo expiatorio de casi todos los problemas nacionales, siguiendo el modelo de sus correligionarios europeos y norteamericanos, demonizándoles a todos como criminales hasta deshumanizarlos.

Este mecanismo tiene precedentes históricos en el nazifascismo europeo: consiste en identificar a un grupo vulnerable no nacional como responsable de los males del país, creando una dicotomía entre nacionales y extranjeros que alimenta el miedo, el odio y, por tanto, la polarización social.

Sin embargo, diversos indicadores internacionales muestran una paradoja en el caso chileno. Aunque el crimen organizado ha crecido en los últimos años, el país continúa ubicándose entre los más seguros del mundo según distintos índices comparativos. Aun así, la percepción de inseguridad se mantiene extraordinariamente alta posesionando a Chile como el país más miedoso de planeta.

Esta brecha entre percepción y realidad en la amenaza de seguridad pública ilustra el impacto de discursos políticos y mediáticos que amplifican el miedo como única herramienta electoral, que fue el caso de la última elección presidencial con la que ganó la neoultraderecha.

La disputa por los sectores populares

Otro fenómeno significativo ha sido la capacidad de la neoultraderecha para atraer el voto de sectores trabajadores que históricamente apoyaban opciones progresistas. Parte de esta estrategia consiste en responsabilizar a los inmigrantes pobres de la pérdida de empleos o del deterioro de las condiciones laborales, convirtiendo a los trabajadores inmigrantes en el caballo de Troya para ganarse el voto del trabajador chileno menos pobre que el trabajador inmigrante.

De este modo se fomenta una confrontación entre trabajadores nacionales y extranjeros que comparten, en la mayoría de los casos, situaciones de precariedad muy similares.

El verdadero problema de forma y de fondo

Sin embargo, ni los inmigrantes pobres, ni las feministas, ni la comunidad LGBTIQ+, ni los movimientos progresistas constituyen el problema estructural de Chile ni de ninguna de las sociedades occidentales. El verdadero desafío sigue siendo la creciente desigualdad económica. En Chile, distintos estudios muestran que una proporción muy reducida de la población -menos del 1%- concentra una parte significativa de la riqueza generada: casi el 50% de las ganancias totales del país. Esta desigualdad alimenta el descontento social y crea el terreno fértil para discursos simplificadores como los de la neoultraderecha. Es decir, la desigualdad intrínseca del neoliberalismo ha creado a la neoultraderecha que es apologista de esta escuela económica.

La defensa de la verdad y del debate público basado en hechos verificables sigue siendo un principio fundamental ético de la democracia. Frente a ello, a la máxima de Adolf Hitler, que tan bien hacen operativa sus alumnos: "Vencer es más importante que la verdad", la de Mahatma Gandhi: "Más vale ser vencido diciendo la verdad que triunfar por la mentira".

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