Una deuda dolorosa

Es un error de la autocomplacencia del gobierno, dar por concluido el proceso de reconstrucción por las graves secuelas del terremoto y tsunami que asolaron las costas de la región del Bío-Bío y de un vasto territorio de la zona central del país.

En particular, que el Presidente de la República haya señalado en el curso de esta semana que dicha tarea está cumplida en un 98% no se corresponde con la realidad.Esa cifra indica que lo que falta es mínimo o insignificante.

Ese es, sencillamente, un balance acomodaticio y superficial de las consecuencias de una tragedia cuyo impacto es muchísimo más duro y más profundo de lo que la autoridad en el poder quiere admitir y reconocer.

Además, no cabe ninguna duda que la situación efectiva, concreta y duradera en el tiempo, es de una crudeza que va mucho más allá de aquello que la estadística oficial pretende establecer artificialmente y por mera conveniencia mediática.

En un hogar de adultos mayores de la comuna de Tomé he visto todo el rigor de la catástrofe.Dos hermanas residentes en la esquina de Enrique Molina con Werner, cuyas edades superan los setenta años, viven en una pieza estrechísima, fría, húmeda; en cualquier situación mínimamente normal sería inhabitable, pero que las cobija ante la ausencia de un subsidio que el Estado les debió haber entregado ya que su residencia cayó destruida por la violencia terrible del 27-F.

Ese drama se repite y extiende a lo largo de muchas comunas y localidades. Las familias no tienen espacio en los números "formales". Son excluidas de las distintas "fichas" o mediciones.

En definitiva, la autoridad no ha realizado una acción de un volumen y de una envergadura que se hiciera cargo de los múltiples aspectos que iban a presentarse como consecuencia de la tragedia.

Tampoco la acción gubernativa ha permitido o impulsado la labor de los municipios para que estos, en cuanto gobierno local, pudiesen coadyuvar a mitigar las penurias generadas por la magnitud del sismo y luego por la debilidad del Estado en su esfuerzo de reconstrucción y reparación.

Por eso es que hiere profundamente la sensibilidad de los hogares humildes,que la ansiedad de autoalabanza del primer mandatario de por resueltos problemas, demandas y necesidades que no lo están. Se quiere presentar como gigantesca una tarea que no lo es.

No se trata de desconocer los empeños sinceros de muchas reparticiones y funcionarios, pero en el balance, mirando al conjunto del desafío que se planteó al país, en aquella madrugada en que los humanos nos sentimos como una simple partícula sin destino, el esfuerzo que queda por realizar es enorme.

La entrega de subsidios sin casas construidas se siente como una burla dolorosa.

He podido palpar un nuevo tipo de desencanto en las personas, se trata para muchos que la autoridad simplemente les desprecia a ellos, a sus casas y pertenencias, las mismas que el impacto del terremoto desplomó, fracturó, quebró o inutilizó.

Los pobres  como todos, piensan, tienen sus propias convicciones y sienten que no se han merecido tanto atraso, tramitación y menoscabo.Saben que no son culpables para sufrir tanta desidia.

En lo personal, apenas instalado el actual gobierno, en conjunto con los senadores Ignacio Walker y Ricardo Lagos, ofrecimos nuestra colaboración y entregamos al entonces recién asumido ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, un completo proyecto de ley para crear una Agencia Nacional de Reconstrucción que fuera capaz de encabezar y dar continuidad al esfuerzo del Estado en la encrucijada que se vivía. Ni siquiera se nos dio respuesta.

Hoy resulta evidente que el esfuerzo de un organismo especializado hubiese dado seguridad y seguimiento adecuado a tantas urgencias y requerimientos. No se hizo.

Ahora para este gobierno es tarde. Se retirará con un balance en contra, no hay tiempo para revertirlo. El reiterado ejercicio de auto elogios no podrá tapar el sol con un dedo.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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