Cuando se lee el documento de la Conferencia Episcopal de Chile "Declaración de los Obispos de Chile en Comunión con el Santo Padre León XIV", surge una mescla rara de alegría, esperanza pero también de desilusión y cansancio, en esta columna expresaré las razones de mi crítica, porque creo que a esa declaración le falta audacia profética, se siente una suerte de frialdad académica y la ausencia de una pasión, de una épica en su adhesión al papa.
El texto peca de una excesiva neutralidad que raya en la ambigüedad. Si bien menciona que las declaraciones del presidente de los EE.UU. motivan la nota, el documento evita nombrar directamente las injusticias o a los responsables específicos de la violencia y de la guerra.
La misión profética de la Iglesia Católica y sus pastores implica denunciar el mal por su nombre. Al decir que la guerra es una "derrota de la humanidad" es un concepto abstracto, que diluye la responsabilidad individual de los gobernantes y los grupos de poder (como la industria armamentística por ejemplo) que la causan, la promueven y la mantienen. Falta una condena enérgica contra quienes financian y ejecutan la guerra, más allá de una siempre necesaria invitación general a la oración, para los creyentes.
Evitan señalar el pecado estructural o el pecado social que ella expresa, la guerra tiene nombres y apellidos: el complejo industrial-militar, el imperialismo y la acumulación de capital. Parecen olvidar los obispos que la guerra no es un accidente moral, sino el resultado de sistemas económicos y políticos opresores.
En el método ver-juzgar-actuar, los obispos fallan en el "ver". No analizan por qué el presidente de EE.UU. descalifica al papa; evitan mencionar que el poder hegemónico busca silenciar la voz de los oprimidos que el papa intenta representar.
La paz no es la ausencia de conflicto, sino el resultado de la justicia social. La declaración define la paz como una "exigencia moral fundada en la justicia", pero la mantiene en un plano abstracto. No hay una demanda de reforma de las estructuras que causan la guerra.
Los obispos piden "diálogo" y "entendimiento" -quien podría estar en contra de este anhelo-, sin embargo olvidan que Jesús no vino a traer una paz de los cementerios, que mantiene el statu quo, sino una que nace de "la liberación de los cautivos". La declaración suena a una diplomacia que evita incomodar radicalmente al poder.
Se entiende, se valora y es lo que nos alegra de la declaración, la adhesión al papa León XIV y la defensa de su figura, pero sigue faltando el fervor, no por su jerarquía, sino por el rol que asume de profeta en defensa de las víctimas. La adhesión descrita como "filial, afectiva y efectiva" parece un contrato, le falta la pasión del Cristo sufriente que hoy se ve en el rostro de los niños/as, las mujeres, los muertos y heridos, los desplazados por la guerra. El texto parece ser un ejercicio de protección institucional ante ataques externos, más que un manifiesto de solidaridad con las víctimas de las bombas.
Pedir oración es un paso, para los que creemos: vital, pero no basta ese importante acto personal y comunitario de encuentro con Dios, hace falta que los padres obispos convoquen a la movilización, al boicot de la economía que produce la guerra y a la resistencia civil contra las políticas de agresión. La invitación de los obispos es segura y cómoda, no exige un sacrificio real, no saca de la comodidad a la curia y al creyente frente a esta tragedia mundial.
Este documento se escucha como una palabra tímida. Es un texto que busca la unidad interna de la Iglesia Católica ante una ofensa política, pero que no se atreve a ser "voz de los que no tienen voz". Al no denunciar la raíz del sistema que produce la guerra, la declaración se queda en un "idealismo moral" que no transforma la historia. Chile, la humanidad, necesita de una iglesia jerárquica comprometida, que sea capaz de ofrecernos, declaraciones valientes que interpelen al poder y que tomen partido por los pobres y oprimidos, pastores que sean profetas de su tiempo.