Cada cierto tiempo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Banco Mundial (BM) publican "Health at a Glance: América Latina y el Caribe", un informe que compara, con indicadores homogéneos, el desempeño de los sistemas de salud de 33 países de la región. Su sentido no es armar un ranking, sino ofrecer un espejo: mostrar quiénes han avanzado y dónde el gasto y las políticas aún no se traducen en una mejor salud. La edición 2026 concluye que se debe pasar de ampliar la cobertura a mejorar la calidad y reducir las desigualdades.
Chile ocupa un lugar destacado en el informe. Con cerca de 81 años, tenemos la mayor esperanza de vida de la región. Registramos la menor mortalidad evitable, es decir, aquellas muertes que una buena prevención y una atención oportuna podrían impedir; así como tasas muy bajas de mortalidad infantil, materna y de natalidad adolescente. También destacamos en gobernanza: somos de los pocos países con un plan de calidad costeado, monitoreado y con participación ciudadana institucionalizada. Somos, además, quien más gasta por persona en salud.
Sin embargo, el espejo también muestra tareas pendientes para nuestro país. La primera es de prevención y salud mental: Chile presenta el mayor consumo de tabaco entre mujeres de la región, una alta prevalencia en hombres, la mayor frecuencia de depresión y cifras preocupantes de obesidad y de consumo excesivo de alcohol en adolescentes. Son desafíos que se abordan, sobre todo, desde la atención primaria y la comunidad.
La segunda es financiera. El gasto de bolsillo, que refleja el desembolso directo que las personas deben realizar al enfermar, es el que más ha aumentado en la última década pese a iniciativas como Copago Cero y el GES.
La tercera es de capacidad: radioterapia y camas de salud mental limitadas y sistemas de información que no conectan la atención primaria, el hospital y los requerimientos de tecnologías y medicamentos. La cuarta es demográfica: hacia 2050, uno de cada cuatro chilenos tendrá 65 años o más, con solo 2,3 personas en edad de trabajar por cada adulto mayor.
La lección es clara: los buenos resultados no garantizan la sostenibilidad. No basta con gastar más; se requiere, además, hacerlo mejor, prevenir antes y coordinar las redes asistenciales para cuidar a una población que envejece. Chile tiene, sin duda, los cimientos para lograrlo.