El deterioro del debate público en Chile a menudo se atribuye a factores visibles, como la polarización política, la crisis de confianza en las instituciones o la fragmentación social. Sin embargo, hay una dimensión más profunda y menos discutida, ella es la transformación del lenguaje mismo. No se trata solo de que discutamos más o menos, sino de que ahora hablamos de manera diferente. Esa transformación -caracterizada por la velocidad, la agresividad y la saturación- puede entenderse como si viviéramos en una auténtica manada de palabras, una verdadera jauría. La metáfora no es algo insignificante, pues imagina a una jauría que no piensa ni discute, sino que reacciona, persigue y se enciende ante estímulos inmediatos. Cuando el lenguaje funciona así, deja de ser un simple medio de comunicación simbólica y se transforma en un campo de fuerzas, donde las palabras dejan de unirnos en un mundo compartido y, en cambio, lo dividen, lo amplifican y, en ocasiones, lo destruyen.
Durante gran parte del siglo XX, la teoría social creía que el lenguaje llevaba, al menos como una esperanza de entendimiento, la promesa de conectar a las personas. Siguiendo la tradición de Jürgen Habermas, hablar era abrirse a la posibilidad de convencer y de ser convencido, siempre bajo las condiciones de la racionalidad comunicativa (Habermas, 1987). Aunque este ideal nunca se alcanzó por completo, desempeñaba una función civilizadora, pues contribuía a mantener el conflicto dentro de límites aceptables. Hoy, ese horizonte se ve un poco más borroso, especialmente en el ecosistema digital, en conversaciones sobre situaciones políticas contingentes, seguridad pública o identidades; el lenguaje suele ser muy reactivo y las personas no buscan persuadir, sino más bien hacerse escuchar; no intenta dialogar, sino sumarse a una corriente. Las discusiones muchas veces se deciden en un instante, con apoyo o rechazo inmediato.
En este contexto, la idea de "jauría de palabras" adquiere aún más profundidad y significado. No es solo una variedad de voces, sino una acumulación de enunciados que se refuerzan mutuamente. Cada intervención no solo reemplaza a la anterior, sino que la vuelve aún más fuerte, más categórica, más emocional y más definitiva. La crítica se transforma en descalificación; la discrepancia, en una sospecha moral. Desde la filosofía del lenguaje, podemos entender este fenómeno a través del giro performativo propuesto por J. L. Austin. El lenguaje no solo describe la realidad, sino que también tiene el poder de actuar sobre ella (Austin, 1962). En situaciones de gran conflicto, esta capacidad performativa adquiere un significado especial porque al decir algo, podemos sancionar, excluir o herir. La "jauría de palabras" no es solo un exceso en el discurso, sino también una forma de acción colectiva mediada por el lenguaje.
Desde una perspectiva sociológica, la metáfora ilumina cómo se comportan las masas. Gustave Le Bon señaló que cuando las personas se agrupan, a menudo dejan de lado su pensamiento crítico y actúan de manera impulsiva (Le Bon, 2005). En el mundo digital, esta tendencia se intensifica aún más por la velocidad, la visibilidad y la viralidad, que hacen que las reacciones emocionales se disparen con rapidez. Además, la multitud no necesita estar físicamente presente; puede participar en línea, conectarse y reaccionar desde cualquier lugar con facilidad.
A esto se suma una transformación del lenguaje más cálida y cercana. No solo hay más palabras, sino también palabras que transmiten más emociones, ya que desde una mirada que valora tanto su aspecto material como su aspecto afectivo, el lenguaje actual se presenta como una acumulación de sentimientos intensos, como la indignación, el miedo y la frustración. Como menciona Byung-Chul Han, la hipercomunicación no siempre genera mayor comprensión, sino más ruido y saturación (Han, 2013). La "jauría de palabras" refleja precisamente este desbordamiento: un volumen discursivo que dificulta la reflexión.
Este fenómeno no es neutro. El lenguaje también desempeña un papel importante en las relaciones de poder; según Michel Foucault, los discursos ayudan a crear y mantener ciertos regímenes de verdad, generando efectos concretos en la realidad (Foucault, 1992). Así, una "jauría de palabras" puede funcionar como un mecanismo difuso de sanción social que establece estigmas, socava legitimidades y delimita lo que se puede decir. No se trata solo de agresiones verbales, sino de prácticas discursivas con consecuencias materiales, donde la paradoja es clara: ahora tenemos más formas de expresión que nunca, pero, a la vez, el lenguaje parece estar más cerca de perder su capacidad de convencer y persuadir. Más palabras no siempre significan más entendimiento, sino que a menudo significan más fragmentación. Así, el espacio público se convierte en un escenario de emociones intensas en lugar de argumentos sólidos.
Esto no significa que debamos sentir nostalgia por un pasado perfecto ni juzgar de forma simplista las tecnologías digitales. La cantidad de palabras no es solo una cuestión de cada persona, sino que responde a condiciones estructurales, como las plataformas diseñadas para fomentar la interacción, los mecanismos de visibilidad que favorecen la radicalidad y un clima social lleno de desconfianza. Pero al entender estas condiciones, no podemos eximirnos de nuestra responsabilidad, sino que, por el contrario, nos invitan a reflexionar más a fondo sobre cómo usamos el lenguaje en la esfera pública. Aunque las palabras pueden volverse un torrente de indignación, todavía tenemos la oportunidad de mantener la distancia, el matiz y la escucha. La verdadera pregunta no es solo cómo podemos mejorar el debate, sino qué tipo de lenguaje estamos dispuestos a apoyar como comunidad política. La pregunta, en definitiva, es incómoda pero ineludible: ¿qué estamos haciendo cuando hablamos? Y, más aún, ¿en qué estamos convirtiendo el lenguaje cuando dejamos que la jauría tome la palabra?
Referencias