La ministra y la pobreza como regalo

Las declaraciones de la ministra de Ciencias, Ximena Lincolao, al afirmar que haber crecido en la pobreza fue "uno de los mejores regalos" de su vida, suscitaron una oleada de críticas comprensibles. Se le reprocha romantizar la pobreza, trasladar al individuo una responsabilidad que es del Estado, y confundir aquello que muchas personas desarrollan a pesar de su condición con un supuesto mérito de esa condición. Las críticas son razonables: decir que la pobreza "regala" algo a quien la sufre corre el riesgo de diluir su carácter inaceptable y de aliviar la urgencia política de combatirla. En un país que todavía debe cuentas enormes en materia de desigualdad, ninguna autoridad debería dar pie, siquiera involuntariamente, a una lectura que relativice el daño que la pobreza inflige. Con todo -no olvidemos la lógica política-, si las mismas declaraciones las hiciera Pepe Mujica, ¿estaría la oposición que ha salido a criticar, y especialmente el Frente Amplio, igualmente indignada?

Dicho eso -y concediendo la razonabilidad de la crítica-, me parece que hay algo más que puede ser pensado a partir de esta controversia. Sospecho que la expresión de la ministra, más allá de su acierto (o desacierto) comunicacional, está formulada en un registro distinto del que se ha usado para interpretarla y juzgarla. Todo el debate se ha hecho desde un único lugar: la pobreza como problema de política pública. Es un lugar legítimo, incluso imprescindible, pero no es el único. La pobreza también puede pensarse como lugar existencial. Entonces la conversación cambia por completo.

Probablemente una de las comprensiones más profundas de la pobreza así entendida es la que ofrece la tradición cristiana. Dios se encarna en un Jesús que nace pobre, vive entre los pobres y muere pobre. Desde ahí, la Iglesia Católica articula una opción preferencial por los pobres que, y esto es clave, no se agota ni alcanza su máxima expresión en la noción de la pobreza como objeto de la caridad (concepción que está emparentada con aquella de la pobreza como problema político), sino como un modo cristiano de habitar el mundo. La clave, dicha de manera muy simplificada, es que vivir con lo esencial abre una cierta libertad y desprendimiento que permite poner el corazón, menos distraído por tantas cosas, en aquello que es realmente importante en la vida.

No esperaría que esta comprensión, que trasciende la lógica técnico-política, tenga representación masiva en el debate público. Pero creo que la expresión de la ministra está formulada más bien en ese nivel. Cuando dice que la pobreza la "despojó de conexiones que facilitaran su camino", no parece estar celebrando a la pobreza como una escuela formadora de personas exitosas: más bien, parece describir una experiencia de desnudamiento que, en su vida, tuvo consecuencias que ella lee como fecundas. Otra discusión -que aquí no alcanzo a abordar- es en qué condiciones es o no prudente que una ministra de Estado se permitiera hablar en un registro diferente (¿Trascendente? ¿Religioso?) en un espacio público que opera casi íntegramente en clave técnica y secular, sobre un tema -la pobreza- de gran complejidad y relevancia. No es una pregunta menor.

Ahora bien, tampoco se trata de presentar la pobreza como un objeto idealizado por el cristianismo. Sería una caricatura peligrosa. Es imposible ignorar la contribución de la teología de la liberación -con todas sus limitaciones importantes y hasta sus excesos en algunas variantes- en mostrar que el Evangelio exige una liberación real de las estructuras sociales injustas como parte misma del proceso de redención del ser humano. La pobreza material concreta -la que enferma, la que humilla, la que condena a vidas truncadas- no es un regalo: es una violencia que hay que combatir. Cualquier lectura espiritual de la pobreza que no sostenga con la misma fuerza esta exigencia termina siendo, en efecto, una romantización.

Lo que la tradición sí sostiene, y me parece valioso traerlo a la conversación aunque sea a contracorriente, es que una vez aseguradas las condiciones dignas de vida, una existencia sencilla (como la que, en todo caso, Pepe Mujica vivía) y despojada de lo superfluo puede ser una vida más libre, más atenta y, en algún sentido genuino, más rica que una vida saturada de bienes.

Evidentemente, no es lo mismo la austeridad elegida que la miseria impuesta; nadie podría afirmar que la ministra no capta esta distinción. Pero entre ambas cosas hay una región intermedia que nuestra imaginación pública, tan colonizada por el consumo, apenas se permite pensar (o derechamente no es capaz de pensar).

Quizás el problema de fondo sea ese: que hemos perdido el vocabulario para hablar de la pobreza de otro modo que no sea el de la política pública. Y cuando alguien lo intenta -torpemente o no-, sólo sabemos escucharla mal.