Provocadores y violencia

Hay límites que en democracia simplemente no se cruzan. Amenazar a un parlamentario o agredirlo físicamente no admite relativizaciones ni excusas: es inaceptable, siempre. Las amenazas contra el diputado Araya y los golpes que recibió el diputado Olivares deben ser condenados con total claridad, sin peros, sin dobles lecturas.

Condenar sin matices la violencia, no implica, eso sí, renunciar a pensar el contexto en que esta ocurre. Porque la política no sucede en el vacío, y cuando quienes ejercen cargos de representación optan por la provocación deliberada, contribuyen a un clima que inevitablemente se vuelve más tenso y riesgoso.

En el caso del diputado Olivares, los hechos son bastante claros y admiten poco espacio para la confusión: ¿Provocó? Sin duda. ¿Buscó provocar? Sí. Lo reconoció en "Sin Filtros". ¿Era predecible que esa provocación generara una reacción? Por supuesto que sí. ¿Es aceptable que le pegaran a él y a su asesor? No, nunca. ¿Es justificable? Por ningún motivo.

Esa secuencia, que parece de sentido común, es precisamente la que a veces se pierde en medio de la polarización. Porque reconocer que hubo provocación no es justificar la violencia. Pero negarlo, o fingir sorpresa ante las consecuencias, tampoco contribuye a un debate honesto.

Presentarse en el Congreso con una capa que emula a Pinochet no es una performance inocua ni un gesto anecdótico. En Chile, ese tipo de símbolos están cargados de significado histórico, dolor y fractura. Utilizarlos como herramienta política es, en sí mismo, una forma de intervención agresiva en el espacio público. Y como toda provocación consciente, busca generar reacción.

Algo similar, aunque en otro registro, ocurre con el diputado Araya. Amenazar por medio de infinidad de trabas, provocando un "tsunami de indicaciones", significa dilatar el funcionamiento de un proyecto de ley de reconstrucción en un país que se enfrenta a un conjunto de problemáticas. Ello no es una simple estrategia legislativa. Es una señal de irresponsabilidad que pone en entredicho la prioridad del interés general. Cuando se juega con iniciativas de esa naturaleza, el mensaje que se transmite es que la política puede transformarse en un juego de bloqueo permanente.

Nada de esto habilita la violencia. Sí obliga a exigir estándares más altos a quienes ejercen representación popular. La democracia no solo se defiende reaccionando frente a los excesos más evidentes; también se resiente cuando el debate se llena de gestos provocadores, amenazas cruzadas y símbolos que dividen.

El problema de fondo es más profundo: cuando los propios actores políticos normalizan la provocación como herramienta, el espacio público se degrada. Y en ese terreno, siempre hay quienes están dispuestos a cruzar un paso más allá. Necesitamos que nuestros parlamentarios no tensionen al máximo cada discusión ni que conviertan la política en un espectáculo de confrontación. Si necesitamos representantes que entiendan el peso de sus actos y las consecuencias de sus palabras. Porque en democracia, la responsabilidad no es opcional: es la base mínima para que todo lo demás funcione.