Me opongo, luego existo. Republicanos es un partido que llegó al gobierno, pero que no salió de la oposición. Ha ganado un mayor número de autoridades electas y, sin embargo, está claro que crecer no es lo mismo que madurar. Los electores se decepcionan rápido de quienes ejercen el poder y eso, finalmente, favoreció a un grupo fundamentalista y de posiciones extremas que supo mimetizarse con el descontento, sin tener que probar sus capacidades ejecutivas.
Sus méritos electorales son indudables, la disciplina partidaria les permite un funcionamiento de equipo que se ha vuelto difícil de encontrar en otros partidos, pueden simplificar su discurso y decirles a los electores lo que quieren escuchar, callando con astucia lo que sabe que irrita a muchos y mantuvo la opción presidencial de Kast en las duras y las maduras.
Nada de lo mencionado habilita para ofrecer un buen gobierno y lo que tenemos no es una combinación virtuosa. Republicanos, como partido, apoya todas las iniciativas de gobierno, pero más allá, se alinea con posiciones que fija por sí mismo y con prescindencia de todo lo demás, como si ser oficialista fuera algo accesorio, que no requiere de ninguna modificación en la línea política que venía siguiendo.
Es un partido que, cuando explica sus actuaciones más polémicas, siempre hace referencia a sus convicciones y a sus rechazos, pero que no hace mención nunca a sus responsabilidades de Estado, ni a las consecuencias de lo que hace. Es una brújula que en los cuatro puntos cardinales señala hacia sí mismo. Es difícil saber en qué consiste el liderazgo de Kast cuando este se ejerce sin dar directrices que permitan a los partidos oficialistas confluir en una línea común.
El Mandatario exhorta, predica, hace llamados a la calma, apoya a sus colaboradores hasta que los cambia, no parece alterarse con nada. Lo que no hace es dar una conducción efectiva que se aprecie desde fuera. Su particularidad consiste en no moverse de la posición original. Más que un faro, es un poste.
Bajos instintos
El partido eje de gobierno parece estar tomando vacaciones de sus responsabilidades. Es la centroderecha la que hace los llamados a la prudencia desde el ejercicio del poder. Fueron derrotados con su candidata presidencial, pero se han convertido en los encargados se hacer recordar a todos que la mantención de la gobernabilidad es parte de las tareas de Estado.
Sobre todo RN y, en parte, Evópoli, parecen los encargados de salvar al oficialismo de si mismo, de sus bajos instintos. El problema es que cada vez lo tienen que hacer más a menudo y la irritación creciente se les nota.
La modestia nunca ha sido una nota característica en la derecha, pero a los moderados no les está quedando otra que practicarla. Porque hay que tener paciencia cuando se tiene experiencia en la conducción del Estado y se está subordinado a principiantes que entran dictando cátedra. Pero, bueno, un espíritu religioso diría que más de algún pecado estarán expiando.
Al contener al oficialismo de caer y recaer en sus peores tendencias, Renovación Nacional y parte del gremialismo no hacen otra cosa que protegerse a sí mismos y mantener la viabilidad de la estrategia dialogante que más los identifican. La tienen muy difícil porque el silencio presidencial es, en definitiva, permiso para que los más duros se desplieguen con todas las facilidades.
Esto tiene algo de autodestructivo por rebote. Republicanos es un partido que partió tan reducido como irreductible. No eran muchos, pero navegar contra la corriente, es decir, contra el consenso mayoritario, les llegó a ser connatural.
Lo normal ha sido que se opongan a quienes están en el poder. Como ahora no pueden hacerlo porque quienes están en La Moneda es su propia gente, entonces no les queda otra que seguir practicando sus costumbres más arraigadas convirtiéndose en la oposición de la oposición.
Es decir, es un grupo político que trabaja a favor de la polarización porque es su impronta y porque fue cuando el país se polarizó cuando llegaron al poder. Piensan que, para mantener sus actuales posiciones, deben perseverar en la misma conducta, esto es, sin claudicaciones y sin diálogo.
Pero si la centroderecha deja que el clima político se enerve cada vez más en beneficio de los extremos, la profecía de sus poco queridos socios se hará realidad y, de tener un revés electoral, pasarían a ver consolidada su subordinación política. Y no es lo mismo estar con arresto domiciliario que cumplir pena aflictiva.
Dialogantes en la clandestinidad
De manera que la centroderecha tiene que cuidar al gobierno y no morir en el intento. Para que eso suceda tiene que caminar por la cuerda floja, porque tiene que ser leal a su sector puesto que, gane o pierda, es allí donde pertenece. Pero tiene que ingeniárselas para hacer viables acuerdos transversales que les permita colaborar manteniendo, al mismo tiempo, su propia identidad.
La situación política del oficialismo muestra toda su complejidad porque para orientarse en el cuadro actual no basta con identificar el tradicional corte izquierda-derecha. También importa la distinción entre dialogantes e intransigentes, democráticos y autoritarios. Y la contienda política se da en este cuadrilátero, no a través de una línea simple, como tal vez lo fue en un pasado remoto.
El bien común en Chile se identifica con el entendimiento entre los dialogantes de ambos lados del espectro político. Los sectarios pueden reunir fuerzas como para imponerse, lo que no está en sus manos es darles perdurabilidad a sus triunfos.
A su vez, la administración con mando republicano está buscando tener éxito sin atender a los costos que va acumulando por el camino. A nombre del crecimiento económico está debilitando el Estado y en beneficio de sus rechazos más acendrados, está llevando adelante iniciativas, como la acusación constitucional, que sacan de quicio instituciones que se abren a la posibilidad de seguir usándola como un arma que se volverá contra quienes primero la usaron.
La centroderecha no se podrá recuperar sin que mejore la calidad de la política que se está practicando cotidianamente entre nosotros. Al mismo tiempo, tampoco mejorará sin que la centroizquierda comprenda que al frente no tiene un todo homogéneo, sino un conjunto diverso donde las diferencias son algo más que matices al margen.
Tampoco vamos a avanzar mucho sin que en ambos lados de la cancha se impongan liderazgos constructivos que vean más allá de los intereses de un partido en particular. Vamos mal porque estamos conducidos por tácticos del poder cuando debiéramos poner a cargo a políticos cabales que sepan mirar lejos.