La sociedad que queremos construir

Las sociedades no se definen únicamente por sus leyes o por sus instituciones. También se definen por cómo se tratan unos a otros. Cada 18 de junio se conmemora el Día Internacional para Contrarrestar los Discursos de Odio, una fecha que nos invita a reflexionar sobre uno de los desafíos más complejos de nuestro tiempo: cómo construir espacios públicos con un diálogo sano, constructivo y respetuoso.

Vivimos una época extraordinaria. Las redes sociales y las plataformas digitales han democratizado la conversación pública. Sin embargo, esa misma oportunidad nos plantea una responsabilidad ineludible: la de construir una cultura digital basada en el respeto, la verdad y la convivencia democrática. El desafío se vuelve aún mayor cuando el anonimato o la distancia que ofrecen las plataformas digitales generan la sensación de que es posible decir cualquier cosa sin consecuencias. Expresiones que difícilmente tendrían cabida en una conversación cara a cara encuentran un espacio de validación y amplificación en el entorno virtual, erosionando los estándares básicos de respeto que hacen posible la convivencia entre personas y comunidades distintas.

Recientemente, el Congreso Judío Latinoamericano, a través de su Observatorio Web, publicó su informe anual sobre antisemitismo en plataformas digitales de habla hispana. Los resultados merecen atención. Chile aparece en el quinto lugar entre los países analizados en la red X, con un nivel de contenido antisemita superior al de países como Argentina, Estados Unidos y Venezuela. Más preocupante aún es la tendencia observada en los últimos años: mientras en 2022 el antisemitismo representaba 10,5% de los contenidos analizados en Chile, en 2025 esa cifra supera el 21%.

Las cifras, por supuesto, no cuentan toda la historia. Pero sí permiten identificar tendencias. Y la tendencia es clara: el espacio digital se ha vuelto impune, sin filtro, más agresivo y más polarizado en función a narrativas ideológicas.

El antisemitismo constituye una de las expresiones más antiguas de ese fenómeno, pero no es la única. Lo observamos también contra migrantes, minorías religiosas, pueblos originarios, y tantos otros grupos que periódicamente son objeto de hostilidad en el debate público. Los destinatarios cambian; el desafío es el mismo.

La crítica, el debate e incluso el desacuerdo profundo son parte esencial de una democracia sana. Sin embargo, una democracia también requiere ciertos mínimos de convivencia. Cuando dejamos de discutir ideas para descalificar personas; cuando la identidad reemplaza al argumento; cuando no se verifica la veracidad de la información, el prejuicio se normaliza bajo la apariencia de opinión, la calidad del debate público comienza a deteriorarse.

La respuesta exige educación. Pero también herramientas adecuadas. La ausencia de consecuencias claras frente a expresiones abiertamente discriminatorias puede terminar generando una sensación de impunidad que normaliza aquello que como sociedad debiéramos rechazar. Robustecer la legislación, perfeccionar los mecanismos de denuncia y fortalecer la educación en materia de convivencia y respeto son tareas que no pueden seguir postergándose.

El Día Internacional para Contrarrestar los Discursos de Odio no es únicamente una fecha para reflexionar sobre aquello que nos divide. Es también una oportunidad para reafirmar aquello que nos une: la convicción de que toda persona merece ser tratada con dignidad, que ninguna identidad debe transformarse en motivo de discriminación y que una sociedad democrática se fortalece cuando es capaz de proteger a todos sus integrantes. Los desafíos que plantean el antisemitismo, y otras formas de discriminación, nos recuerdan que la defensa de la convivencia democrática requiere una vigilancia permanente. Promover el respeto, rechazar la deshumanización y asumir responsabilidad por nuestras palabras son pasos esenciales para construir una sociedad más justa, inclusiva y cohesionada.