Violencia invisible e invisibilizada contra las mujeres mayores

Alejandra Fuentes-García
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  • Coescrita con Paulina Osorio, antropóloga social, doctora en Sociología e integrante Red Transdisciplinaria sobre Envejecimiento de la U. de Chile

El pasado 25 de noviembre se conmemoró el día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Y aunque, como país, sabemos que la violencia de género afecta a mujeres (y disidencias) de todas las edades, y que tenemos una responsabilidad social ante ello, la violencia sexual y de género contra las mujeres mayores parece invisibilizada u oculta.

Por ejemplo, solo fue hasta la "Cuarta versión de la Encuesta de Violencia contra la Mujer en el Ámbito de Violencia Intrafamiliar y en Otros Espacios (ENVIF-VCM)" (Subsecretaria de Prevención del delito, Ministerio del Interior y Seguridad Pública) que se incorporó a las mujeres mayores de 65 años como parte de la muestra a la cual se le aplicó el instrumento. Es decir, en las tres versiones anteriores fueron excluidas o no incorporadas como un grupo objetivo relevante para el fenómeno en estudio, la violencia contra la mujer.

Los resultados de la Cuarta Encuesta (2019) señalan que, en efecto, sí existe violencia de género contra las mujeres mayores, declarando 30% de las entrevistadas haber sido víctimas durante su vida de violencia intrafamiliar psicológica, 16% física y 9,5% sexual. Y habiendo, 15% de ellas, sufrido algún tipo de violencia del tipo aislamiento o exclusión social (que le dejen de hablar o no la tomen en cuenta, que la dejen sola o la abandonen), psicológico (que le griten, le insulten u ofendan; que le digan que es un estorbo), económico-financiero (que le quiten dinero o sus pertenencias), o físico (que la hayan lastimado o golpeado).

La invisibilidad de la violencia contra las mujeres mayores surge y se perpetúa desde ese propio entramado patriarcal que tiñe las normas y valores ético-morales que sustentan las formas de convivencia social y familiar. Esto es la "normalización", "hacer parte del cotidiano" y "hacer parte de la vida", aquellas violencias micro y macroestructurales.

Nuestras actuales generaciones de personas mayores -hombres y mujeres- nacieron y se criaron con prácticas y tipos de relaciones sustentadas en estereotipos, prejuicios y discriminaciones que permitían el ejercicio constante de la violencia sexual y de género en todos los ámbitos de la vida social. Desde la casa, hasta la calle, el trabajo y la escuela; la normalización del rol "inferior" de la mujer, así como las conductas violentas y las frases y conductas sexualizadas e irrespetuosas que recibíamos en los espacios públicos, nos hacían pensar que la calle era un lugar para temer, así como lo era, para muchas (y muchos) los espacios privados de la casa y de la escuela.

Si usamos algunas de las herramientas analíticas que nos otorgan las Ciencias Sociales para observar la realidad, podemos darnos cuenta de que la posición de las mujeres mayores está fuertemente influida y vulnerada tanto por su edad (que implica acumulación de ventajas y desventajas tanto materiales como simbólicas como ser parte de una experiencia y socialización generacionales), su género (y el valor de este en la sociedad chilena), como por sus condiciones materiales de vida (en Chile con la impronta de políticas públicas y subjetividad neoliberal, que ofrece, en general, malas condiciones de vida o empeoramiento de las existentes cuando se cruza el límite de la jubilación).

La manifestación simbólica de la violencia contra las mujeres mayores nos sitúa especialmente en la encrucijada de la doble discriminación, de acciones edadistas y sexistas, que producen, a su vez, tanto asimetrías en las relaciones de género como en las relaciones generacionales. La violencia simbólica no es una violencia física, ni explícita, sino que es una violencia soterrada; que excluye y que marginaliza, despojando de valor y menospreciando a la otra persona. Esa violencia se ejerce con los cuerpos (especialmente) de mujeres envejecidas, invisibilizadas, sin voz, con una existencia social que se va anulando, por no ser escuchadas ni vistas en los distintos ámbitos de la vida cotidiana.

Las formas de resistencia han sido y siguen siendo para muchas mujeres mayores callar, "aguantar", no contradecir. Resistir desde la pasividad y el silencio han sido los pilares culturales incorporados a lo largo de sus cursos de vida. Sin embargo, para problemas estructurales como el de la violencia de género, se requieren también respuestas estructurales. No basta con esa resistencia silenciosa, se requieren acciones de política pública que visibilicen la violencia sexual y de género, fomenten la educación en pro de la erradicación de estereotipos y prejuicios discriminantes y estigmatizantes, generadores de conductas violentas en la vejez; así como que dignifiquen las condiciones materiales de vida en esas últimas décadas de nuestra ya longeva existencia. Un gobierno feminista no puede dejar atrás a sus mujeres mayores, ni olvidar que la violencia de género no es un problema que se "extinga" a medida que pasan los años y envejecemos. Requerimos acciones para afrontarlo y transformarlo.

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